28 semanas después

Por Israel Paredes

La carrera de Juan Carlos Fresnadillo se ha ido asentando con lentitud pero con contundencia. Tras el éxito del su cortometraje Esposados (nominación al Oscar incluida, cuando no era tan normal que un director español en ese medio lo consiguiera) pudo rodar una película como Intacto, una de las obras más singulares que ha dado el cine español en los últimos años y que obtuvo un buen impacto a nivel internacional situándole en una buena posición de cara al futuro. Su película era innovadora y, sobre todo, ampliaba el contexto del cine español hacia otras latitudes que, quizá, y de diferente manera, tan sólo Alejandro Amenábar y Pedro Almodóvar han conseguido (pero en una carrera de mucho más trayecto que Fresnadillo). Pero tras ellas, varios años de silencio hasta que reaparece con 28 semanas después.

A priori, parece extraño que un cineasta con una mirada tan personal (a pesar de su corta obra, es algo patente) acepte el hacerse cargo de una secuela; además, de una película como 28 días después, que en teoría no tiene demasiado que ver con sus intereses y que viene firmada por Danny Boyle, una cineasta cuya marca de identidad es muy definida. A primera vista puede parecer la aceptación de un encargo, donde hay dinero tanto británico como español y norteamericano, para lanzarse a otros mercados; o un medio para recuperar los años anteriores sin haber rodado y hacerlo, además, a través de una película que le puede colocar bien alto. Sin embargo, tras ver la película, se constata que Fresnadillo se ha tomado el tema muy en serio, y 28 semanas después no es una simple continuación de su predecesora, si no un intento de personalizar un punto de partida anterior.

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Si 28 días después quedaba en suspenso, cerrando una historia pero no la situación general en la que se enmarcaba, 28 semanas después se sitúa precisamente como su título indica, seis meses después de que Inglaterra quedara desolada tras la propagación de un virus infeccioso producto de la liberación de unos monos de las jaulas de investigación por parte de un grupo de ecologistas, virus que se propaga de manera muy rápida a través de la sangre. La película comienza en un paisaje que no presenta los rasgos apocalípticos más genuinos pero sí de desolación, con las calles de Londres aún vacías, una presencia humana nimia y una militar mayoritaria; las construcciones están prácticamente intactas, lo que se hecha de menos es la presencia humana: en esto, el paisaje apocalíptico es contundente. Fresnadillo deja claro que lo más le interesa son las consecuencias humanas del virus, aquello que ha afectado a la población para, después, irse centrando en una serie de personajes, en concreto en una familia que se viera separada a causa del brote epidémico: los dos hermanos acaban a salvo en España mientras que el padre tiene que abandonar a su esposa al ser atacada por un grupo de infectados cuando la casa donde se ocultan en el campo es asediada. Reunidos padre e hijos, no sólo tienen que hacer frente a la reconstrucción que se iniciará de manera global, sino que también deben de afrontar un reencuentro traumático, con la ausencia de una madre y esposa muerta (más aún para él, que sabe que la abandonó, aunque nada pudiera hacer en ese momento).

De ahí que el componente dramático de 28 semanas después sea superior a su predecesora, porque donde allí importaba más lo atmosférico aquí lo hace lo emocional, lo personal. Fresnadillo busca en esa familia rota las consecuencias de una desgracia colectiva, intentando asir algo de lo que a las personas pueden o no unir. La reaparición de la madre y el drama que se genera tras ello (que mejor no desvelar) no viene sino a corroborar ese interés de evaluar las culpas que se generan en toda relación, el alcance de la mentira y como sobrevivir a todo ello después. Situados en un contexto hostil incluso cuando el virus no se ha vuelto a manifestar, la familia debe de reorganizarse, porque tan sólo seis meses son más que suficiente para derribar todo aquello que la ha sustentado anteriormente. Si, además, una vez que el virus comienza a extenderse nuevamente, las propias figuras paternas se alzan como peligrosas, entonces, todo se convierte en una reconsideración sobre el núcleo familiar y, de paso, sobre la presencia de los niños en él dentro de un conflicto.

Es complicado situar 28 semanas después dentro del género de terror, a pesar de no faltarle momentos de gran intensidad al respecto, como la secuencia con cámara subjetiva en el interior de los túneles de metro (en este sentido formidable), por ejemplo, o toda la secuencia de apertura en la casa campestre. Sin embargo, el horror no llega tanto en lo que el virus afecta, como podría darse en la primera entrega, si no en aquello que ha generado a su alrededor, como la presencia militar, americana, como fuerza de ayuda y reorganización, o la debilidad con que todo está controlado, siempre con el miedo de que pueda de nuevo reaparecer el virus (como sucederá). Hay una sensación estimulante de que el género no es más que una excusa para tratar otros temas que a Fresnadillo le interesan más, siendo los momentos de terror una consecuencia del resto de la narración y no a la inversa, donde el peso dramático impera sobre el terrorífico. La mirada de Fresnadillo es respetuosa, tanto a la película de partida como al género, pero no por ello deja de lado su personalidad y juega en todo momento con sus intereses por encima de lo anterior.

Lo llamativo es como el terror real que la película transmite no llega por la reaparición de los afectados por el virus, si no más bien por lo que rodea a estos, como la presencia militar y la situación caótica que se produce una vez que se vuelve a manifestar, dejando claro lo limítrofe de toda situación de emergencia. En este aspecto, no es complicado sacar conclusiones políticas en relación a la actualidad, basta con trasladar diversos momentos de la película y la atmósfera creada a determinados contextos actuales para hacerlo. Quizá sea más conveniente generalizar antes que entrar en analogías concretas, porque la visión que 28 semanas después transmite parece tener que ver más con una visión sobre la condición humana que sobre sucesos del mundo actual; una cosa diferente es que éstos sean consecuencia de lo anterior y, por ende, no sea complicado el llegar a ver la película como un grito antibelicista contra la presencia militar norteamericana en Irak. La secuencia quizá más terrorífica, y, también, posiblemente la que más sentido político pueda tener, es aquella en que los militares se ven obligados a emprenderla a tiros con todo ser humano que sale de un edificio, dado que desde sus posiciones no pueden discernir quien está afectado por el virus y quien no. La masacre de civiles es indiscriminada, colateral, como otras que diariamente se producen. Resulta demoledor como Fresnadillo lo muestra en toda su crudeza, porque es consciente de que ese momento es más revelador que cualquier ataque de los infectados; porque son todos seres humanos, los que disparan y los que son disparados, estos últimos, sumidos en un doble fuego, el militar y el de los infectados que les persiguen. No saben donde ir, porque están en peligro en cualquier lugar. Son un blanco. Y todo tiene tanto que ver con la situación particular de algunos países como con la condición humana en momentos de crisis, donde el caos hace su aparición y la vida de cada persona acaso vale nada.

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Todo lo anterior sitúa a 28 semanas después en un punto muy interesante, porque logra ser una secuela (sin traicionar a su predecesora), una película de género (con variaciones, pero respetando en la medida posible ciertas coordenadas), pero aumentando su sentido con la introducción de ciertos elementos que sirven, a su vez, para que Fresnadillo no entregue una película al uso, sino una obra medida y contenida en algunos rasgos (no deja de ser una superproducción) pero con los suficientes toques personales para darle un sentido dentro de su por ahora corta pero interesante carrera. De ahí que las imágenes de 28 semanas después oscilen entre varios registros, buscando una puesta en escena tan efectiva como personal, con el uso de la cámara en mano y el montaje rápido, así como primeros y primerísimos planos, creando momentos donde antes que verse lo que se hace es intuir, sentir una presencia, hacer que el terror sea algo más sensorial que físico. El terror nace del interior de los personajes ante una amenaza física antes que por esta misma, de ahí que muchas secuencias tengan valor más por como son recibidas por los afectados que por el impacto visual de las mismas, que aún teniéndolo queda minimizado por aquello que revela de cada personaje en cada momento.

Podría decirse que Fresnadillo ha barajado demasiados elementos en una película donde no tenía todo el control, algo que cae por su peso. Quizá expresa demasiadas ideas y las deja inconclusas, puede que buscando que cada uno las complemente a su modo. Sin embargo, quedan momentos donde la espectacularidad impresa en la película, producto del dinero invertido, no desencaja de los momentos más íntimos, como aquella que a través de una magnífico plano aéreo se asiste a la exterminación de todo signo de vida en una aérea de Londres, viendo como el fuego se apodera de las calles y sintiendo como en ocasiones la vida puede ser cuestión de tan sólo un instante, porque siempre hay quien está dispuesto a quitarla. Aunque su presencia sea en teoría para todo lo contrario.