9º Festival de cine alemán

Por S. Vargas y J.D. Cáceres

Miradas de Cine estuvo presente en el noveno Festival de Cine Alemán que se celebró el pasado junio en el madrileño cine Palafox. Esta edición dedicó su habitual retrospectiva (titulada “Películas que tocaron el cielo en Los Ángeles”) a los tres filmes germanos que han alcanzado la dorada estatuilla del oscar —El tambor de hojalata (Die Blechtrommel, Volker Schlöndorff, 1979), En un lugar de África (Nirgendwo in Africa, Caroline Link, 2002) y La vida de los otros (Das Leben der Anderen, Florian Henckel von Donnersmarck, 2005)— a lo largo de la historia (dos de ellas, como se puede ver, muy recientemente). El clásico de los años veinte, la época dorada de esta cinematografía, seleccionado para esta edición (en lo que viene siendo una tradición desde los comienzos del Festival) fue Fausto (F. W. Murnau, 1925), una vez más con acompañamiento musical en vivo, en esta oportunidad a cargo de Aljoscha Zimmermann y Sabrina Hausmann al piano y al violín respectivamente.

Y como todos los años, al margen de la retrospectiva y del clásico, una variada selección de largometrajes germanos recientes, algunos cortos previos a ciertas proyecciones y otros componiendo un ciclo especial Next Generation 2007, y la presencia de varios directores al finalizar las sesiones — prestos a resolver las cuestiones de los espectadores. Intentamos asistir a la mayoría de los pases, o al menos a las que nos permitían nuestros verdaderos y miserables trabajos de nueve a siete. Y es que algunas sesiones eran por la mañana y otras a las cinco de la tarde, y aunque lo intentamos aún no hemos conseguido el don de la ubicuidad, ni que el escribir de cine nos retire de lo otro. Y así, les dejamos con unas breves líneas sobre lo visto.

Schwere Jungs (Una cuestión de peso)
Marcus H. Rosenmüller, 2006

El festival se inauguró con la segunda película de Marcus H. Rosenmüller. Una cuestión de peso es una película simpática y amable, perfecta para una sesión de sobremesa con toda la familia, que tal vez no desencajase en la ceremonia de apertura, y que tampoco va mucho más allá (aunque tampoco lo pretende). El prólogo nos cuenta una carrera de bobsleigh (abreviatura de "tirarse como unos locos en una especie de vaina por un tunel resbaladizo y rodeado de nieve a una velocidad endiablada") entre chiquillos en el invierno del 36. Vencedores y vencidos. Son niños, pero es un pueblo pequeño y esas cosas marcan de por vida. Así, en 1952, cuando Alemania anuncia que mandará dos equipos a los juegos de Invierno de Oslo, el principal derrotado (humilde carpintero) y el gran triunfador (dueño de una de las empresas cerveceras más importantes) reunirán a sus viejos equipos para luchar por una plaza en la competición. Si bien la película no aporta demasiado cinematográficamente, es cierto que consigue hacerse pronto con la complicidad del espectador gracias a su sentido del humor. Pese a todo, al final se resiente de que éste es demasiado moralmente correcto, y de que empieza convenciendo pero acaba dejando una sensación de haber desperdiciado una buena historia (basada en hechos reales, por cierto) a manos de un conservadurismo que no resulta todo lo creíble que debiera. Es lo que tienen las películas para toda la familia, que hay que fomentar buenos valores como el amor y la amistad, y así aunque lo normal (o al menos lo más realista, porque si Mariano Rajoy no sabe decir lo que es normal yo tampoco me atrevería) sería que los alemanes perdiesen el título y todo quedase en una pugna personal entre los eternos rivales, pues no es difícil imaginar que unen sus fuerzas en pos del bien común, del bien nacional, y todos tan amigos. Y las espinas clavadas en la infancia, y hundidas profundamente durante la adolescencia y madurez, desaparecen sin más.

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Gefangene (Cautivos)
Iain Dilthey, 2006

Bastante diferente es la propuesta de Iain Dilthey (nacido en Escocia), diametralmente opuesta a lo que se suele entender por cine comercial. Aburrida, dirán unos, minimalista, otros, rara, tal vez la mayoría. En cualquier caso hay que valorar lo arriesgado de la propuesta, sobre todo porque con apenas diálogos, escasez de escenarios, y un puñado de buenos actores (un par durante la mayor parte del metraje) logra provocar en el espectador la incomodidad unida a la atracción. Que los extremos se toquen puede resultar tan paradójico (o no) como puede serlo el comportamiento de su protagonista. Irene es una bióloga que resulta secuestrada en su propia casa por un preso fugado de la cárcel de enfrente. Nada que ver con Átame, por si alguien lo piensa, de todos modos. No es precisamente el síndrome de Estocolmo la razón por la que no se desprende de su captor (ocasiones tiene), sino más bien su deseo reprimido de dejar de lado una vida con la que no está satisfecha (ni en el trabajo, ni en el plano amoroso, ni tampoco sexualmente; todo ello mostrado con envidiable economía narrativa en tres o cuatro secuencias dispersas durante la primera parte del filme) La puesta en escena es cruda, sin apenas música, con planos abiertos que dejan a los personajes espacio, demasiado para su casi permanente inmovilidad, y pone al espectador a prueba con escenas como la que rompe la tensión sexual entre secuestrador y víctima o el desenlace en la cabaña, que simboliza (de forma exagerada) otra ruptura, la de Irene con su vida anterior.

Blöde Mütze (Un verano inolvidable)
Johannes Schmid, 2007

Como la mayoría de películas vistas durante el festival, este film juvenil es una muestra, casi se diría que un recetario, de una forma de ver la vida sin atender a su aspecto más desagradable, subrayando (histéricamente) el lado más ingenuo, inocuo y seguro. No se puede hablar de fábulas o de un predilección por la belleza; no a lugar. Dentro de parámetros narrativos perfectamente identificables, y tan desgastados (o inadecuados o torpes, o las tres cosas a al vez) que producen el mayor de los sopores, los responsables de este inofensivo y conservador trabajo ofrecen el dibujo de tres jóvenes adolescentes sin ningún tipo de pudor en acudir a todos los clichés imaginables, para venir a concluir lo que todos sabemos, siempre, claro, desde una perspectiva idealizada: los padres hacen lo mejor para sus hijos, aunque se equivoquen; la firmeza de la familia es irremplazable (el divorcio inminente de los padres de uno de los protagonistas es un contrapunto de lo más tendencioso, resuelto además con una armonía final coherente con el ideario del film pero tremendamente tramposa); los amigos son el complemento o sustento ideal; qué bonitas eran las tardes de verano con los amigos del colegio en el lago... Los tres chavales protagonistas van, faltaría más, al cine, aunque Un verano inolvidable tampoco se preocupa demasiado del tema.

Wer Früher Stirbt ist Länger Tot (Decisiones de ultratumba)
Marcus H. Rosenmüller, 2006

De nuevo una película de Rosenmüller, responsable de Una cuestión de peso. Esta es su primera obra y resulta más interesante. El enfoque es exactamente el mismo. No hay nada que reprochar por querer hacer un cine para todos los públicos si se hace con oficio y en ese aspecto la película no defrauda. Decisiones de ultratumba es lo que suele llamarse un viaje iniciático, el del pequeño Sebastian, que, como todos alguna vez, comienza a preguntarse por la muerte, el sexo, la música (¿en qué piensan sus mayores?; con once años y no sabe quien es Hendrix), y en general lo que vienen siendo las inquietudes normales y corrientes de cualquier niño de esa edad. El humor en esta ocasión no peca tanto de conservador como en la primera película de Rosenmüller proyectada (aunque como en aquella se nutre mayoritariamente de situaciones de enredo, eso sí, muy conseguidas), siendo de hecho bastante corrosivo en algunos momentos (por ejemplo, cuando tras ver Frankenstein, Sebastian trata de resucitar a un conejo aprovechandose de las bondades resurrectorias de la electricidad y termina embadurnado de sangre junto a su amiga), y por supuesto todo va encaminado a un final feliz. Estéticamente también resulta mucho más interesante que Una cuestión de peso, en gran parte por la colorida y preciosista fotografía de Stefan Biebl, beneficiándose también de secuencias como las de las pesadillas de Sebastian, que a pesar de repetitivas denotan un gran poderío visual.

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Autopiloten (Autopilotos)
Bastian Günther, 2007

Escrita y dirigida por Bastian Gunther, Autopilotos es su debut en el largometraje. Un intenso drama coral, que constituye una de las contribuciones más interesantes del festival. Sus personajes se hallan desubicados, pero avanzan con el piloto automático puesto (apenas sé alemán, aunque creo que tal vez Pilotos automáticos sería una traducción más apropiada de Autopiloten), y un rumbo indeterminado en sus vidas. El avión secuestrado que da vueltas en torno a la ciudad sin que se sepan las pretensiones de los secuestradores, tema de fondo que va dejando su eco durante toda la película en un continuo segundo plano (en televisores, emisiones radiofónicas), resulta una apropiada metáfora que simboliza los caminos de los personajes, algo tópicos, pero no por ello menos creíbles (una vieja gloria de la canción que conoció tiempos mejores; un entrenador de fútbol cuyo Schalke no levanta cabeza y cuya familia se desintegra; un fotógrafo separado que intenta encauzar la relación con su hijo; un vendedor ambulante agobiado por su matrimonio…), tanto por un guión bien elaborado que logra bascular perfectamente entre una y otra historia, como por unas veraces interpretaciones.

Das Wahre Leben (Así es la vida)
Alain Gsponer, 2006

Probablemente Así es la vida es la mejor película que se proyectó en el festival (por supuesto para mi gusto), aunque sus perspectivas de estreno son ínfimas al lado de superproducciones como Cuatro minutos (Vier minuten, Chris Kraus, 2006), que inexplicablemente arrasan con todos los premios en los festivales de su país y alguno del extranjero. El filme narra las dificultades de una familia de clase media para hacer frente a algo tan simple como la vida diaria. Con un tono de comedia negra, la película no titubea a la hora de pasarse al drama con franca dureza. El tema de la pérdida de los seres queridos y sus consecuencias en los que quedan entre los vivos, latente durante todo el metraje, se refleja de forma continua aunque veladamente hasta casi la conclusión en la entrañable y extraña relación que une a la espabilada Florina y al torpe Linus. A destacar la excelente interpretación de Hanna Herzsprung en el papel de la primera y sobre todo la de Ulrich Noethen en el pellejo del padre de familia que termina perdiendo el norte (lo extraño es que no lo pierda antes en ese entorno) y deconstruyendo su propia casa en la búsqueda de algo tan complicado como la felicidad. Un final abierto a la esperanza es el broche perfecto a una nueva constatación —junto a películas, salvando las distancias, que por supuesto no quiero comparar, entre otras cosas porque no es tan burra como estas, como Visitor Q (Bijitâ Q, Takashi Miike, 2001), La felicidad de los Katakuris (Katakuri-ke no kôfuku, Takashi Miike, 2001), Gritos y susurros (Viskningar och rop, Ingmar Bergman, 1972) o Sonata de Otoño (Höstsonaten, Ingmar Bergman, 1978)— de que la familia es la célula de la sociedad moderna, aunque sea cancerígena desde la edad de piedra.

Vier minuten (Cuatro minutos)
Chris Kraus, 2006

Me veo en la obligación de defender al cine teutón del mal que le hacen este tipo de películas. Sobre todo porque nos la están vendiendo como la obra maestra alemana de este año, cuando en lo único que puede decirse que sea superior al resto de filmes proyectados en el festival es en su presupuesto. Podría decirse que es un despropósito, que es nefasta, que ya la hemos visto más veces y bien (o no tan mal) hecha, pero es que todo sería poco. Se trata de la típica historia de superación, siendo en este caso la protagonista una presidiaria que es al piano lo que Billy Elliot a la danza, lo que Eugene Martone a la guitarra o lo que Dewey Finn a la docencia musical; en definitiva, lo que “Pistachito” para Kiko Veneno: una crack. No hay más que verla tocando de espaldas con las manos esposadas (es lo que tiene estar presa). La anciana instructora de piano de la cárcel, se da cuenta del talento oculto (tan oculto como su homosexualidad que conoció tiempos mejores durante el régimen nazi) de ésta y la lleva de concurso en concurso. Si siguiéramos con las comparaciones chuscas, chuscas como el guión de Chris Kraus, principal responsable del fiasco que supone la película, podríamos decir que éste remite a los de Ana Obregón, pero tampoco es cuestión de hacer leña del árbol que se cae por su propio peso, y que arderá solo en un lapso de dos meses cuando todos lo hayamos olvidado. Así que diremos que desde luego la película luce una fotografía envidiable, que no goza de malas interpretaciones y que tampoco tendremos que preocuparnos por si la protagonista perderá su talento cuando las malvadas compañeras de celda le quemen las manos, o tras sufrir cualesquiera otras penalidades, no pocas, desde luego. Ya sabemos que no caerá esa breva. A pesar de los ciento doce eternos minutos (que no cuatro). Y tal vez me haya pasado, tal vez no sea tan mala (aunque me permito dudarlo al menos), pero me enerva que "esto" se estrene y dos o tres cosas majas que he visto terminen por anquilosarse en la televisión o en los videoclubs alemanes (en los pocos años que duren los videoclubs en general).

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Losers & Winners
Ulrike Franke / Michael Loeken, 2006

La fina ironía que no me caracteriza, me impide decir que a las cuatro de la tarde no hay nada mejor que meterse un documental entre pecho y espalda. Losers & Winners es precisamente eso, un documental del montón sobre unos chinos que, por cuatro perras, desmantelan una coquería en Dortmund pieza a pieza durante año y medio para llevársela a China y reconstruirla. Durante todo este tiempo, (y mientras los redactores, e incluso directores, de ciertas revistas cinematográficas cabecean en la confortable calidez de las butacas del Palafox —no daremos nombres, pueden estar tranquilos), los otros directores, los de la película, se dedican a registrar todo lo que acontece en la fábrica —la desolación de aquellos que ven como se quedarán sin trabajo después de haber echado allí toda su vida, como los chinos se pasan por el forro todo lo relativo a normas de seguridad, el microcosmos que se crea alrededor (toda una “pequeña China” donde las haya), y las razones de unos y otros para semejante, a priori, disparate. Todo registrado de forma plana y monótona logrando que el espectador atienda con escepticismo al principio, aburrimiento según va avanzando la película, salpicado de vez en cuando con alguna sonrisa ante determinadas ocurrencias de los orientales —o ante sus ¿improvisadas? declaraciones sobre lo que envidian a los alemanes y a su capacidad de trabajo, a su eficiencia, y sobre sus aspiraciones a llegar a ser, tal vez algún día, como ellos, ya que no superiores (sic)—, para finalmente terminar presa de la resignación hasta que todo termina y vemos, si no quedaba claro desde mucho antes, a donde iba a parar todo esto: El coque se revalorizó de forma brutal nada más reconstruirse la fábrica en China. ¿Quien iba a decir que los alemanes eran los perdedores del título, con lo eficientes que son?

Who ist Fred (¿Quién es Fred?)
Anno Saul, 2006

Tuve la ocasión hace dos ediciones de ver en este mismo certamen el anterior largometraje de Anno Saul, Kebbab Connection (2005) —el cual se estrenó en España en salas de cine el año pasado—, una comedia gruesa, torpe y aburrida, que no tenía reparo alguno en conjugar a Shakespeare ("Romeo y Julieta", claro) con Bruce Lee, la explotation de acción y la comedia romántica más acaramelada. No esperaba nada bueno, por tanto, del realizador alemán. Y la expectativa se ha cumplido, aunque en este caso el tratamiento es tan plano, convencional y reaccionario que me ha resultado francamente irritante. Los chistes chuscos siguen siendo la marca de fábrica de Saul (y hay que reconocer que alguno es divertido o al menos graciosillo), pero en vez de consturir un pastiche genérico a mayor gloria de la nada, prefiere realizar un film de "buenos sentimientos", en el que convierte a su protagonista, Fred (un esforzado Til Schweiger), en un tramposo que se hace pasar por un tullido para conseguir un balón firmado por la estrella de basket local, que el hijo de su novia, con la que quiere casarse, le ha pedido para su cumpleaños. El resultado es una sucesión de sketchs llenos de malentenidos, y en general rodados con solvencia funcionarial (los que no, mejor olvidarlos), que servirán además para que Fred se dé cuenta de algo que a todos nos parecía obvio desde el principio, que su novia es una petarda y el hijo de esta un niño replente. Sin embargo este itenerario no es, como pudiera parecer, una crítica del matrimonio o una mirada agria a las relaciones, en absoluto: es una simplificación entre buenos y malos, en el que no existe la escala de grises, y en el que de antemano ya sabe quienes son unos y otros... un bodrío sin ínfulas, pero con ganas de dejar claras unas cuantas cosas, que resultan evidentes cuando no son una auténtica falacia.

Cortometrajes

Aim, proyectado antes de Cuatro minutos, es un corto horrible, el cual nos cuenta cómo un vaquero, apostado tras una roca, apunta a otro que le apunta a su vez, pero cuando este último dispara la imagen entra en un bucle infinito entre el momento de alzar el révolver y aquel en que la bala sale disparada, con lo que, después de unas veinte iteraciones, el primer vaquero se echa un cigarro en espera de que se resuelva la situación de una u otra forma, pero tras otras treinta iteraciones más, y viendo que la cosa va para largo, decide marcharse del lugar acompañado por los títulos de crédito. Al menos no pasa del minuto y medio. Tradition, visto en otro estreno (el de Decisiones de ultratumba), denuncia, mediante un montaje paralelo de dos viajes (el de un niño y el de una mujer, que finalmente convergen), una situación que todavía hoy, en un mundo civilizado (eso dicen), se sucede con bastante frecuencia: el asesinato de mujeres a cargo de miembros de su propia familia por asuntos de “honor”. Nueve minutos con algo de cine, y una única finalidad, la citada denuncia, remarcada tras la conclusión con el clásico mensaje en letras blancas sobre fondo negro que informa de la situación actual. Las imágenes no pierden fuerza, pero sí resulta tal vez innecesaria la explicación pues estas hablan por sí mismas. Fuera de las proyecciones generales, el festival programó una serie de cortos en una sola tanda bajo el título Next Generation 2007. Entre ellos destacamos en primer lugar Fair Trade sobre la adopción ilegal por parte de familias europeas en el norte de África: dividido en tres partes, la compra, el viaje y la entrega, este trabajo, a medio camino entre el thriller y el cine de terror, es un relato crudo, seco y violento que resulta imposible de olvidar por su realismo, que nos hiela el corazón solo con recordarlo... Bastante interesante es el corto de aniamción Sprössling, proyectado el pasado octubre en Sitges, que cuenta, con un extraño sentido del humor y una cierta crueldad, la aventura de una mujer para convertirse en madre, gracias a un un kit para plantar un bebé (sic). Del resto me gustaría reseñar la experimental y fascinante Whit, carrusel de tomas fijas de fachadas de casas rurales muy similares, que obliga a un esfuerzo por percibir cambios y diferencias, o simplemente es una elocuente y atractiva manera de constatar la indefinición que existe en la monotonía; L.H.O., un chiste alrededor de la conspiración sobre el asesinato de Kennedy, que tal vez no sea el mejor escenario (no me gusta la idea de frivolizar un suceso que nadie debería olvidar, en el que asesinaron a un presidente por motivos económicos y en el cual hasta el propio gorbierno americano pudo estar implicado), pero cuyo formato y ejecución cinematográfica funcionan bastante bien; y Double Room, un relato, aunque estropeado en parte por un final un tanto complaciente, interesante en cuanto permite comprobar cómo la noción inicial (en base a apariencias muchas veces) que tenemos de las personas varía en el momento en el que sabemos más sobre ellas, sobretodo si es un suceso íntimo y trágico: no podemos evitar pensar que podríamos encontrarnos en la misma situación.