Fast food nation

Por Alejandro Díaz

Hay mierda en la carne (o de cómo Richard Linklater vuelve a salirse con la suya en el seno del cine americano)

En una de las secuencias iniciales de Fast Food Nation, última realización, por el momento, del prolífico cineasta estadounidense Richard Linklater, un alto cargo de la compañía de comida rápida Mickey’s (nombre ficticio pero fácilmente asociable al de algunas marcas del negocio que estarán en la mente de cualquiera) charla con uno de sus empleados, Don Anderson —interpretado por Greg Kinnear—, y trata de exponerle delicadamente los problemas que se derivan de unos análisis de los que han sido objeto las hamburguesas de la compañía. Ante la incapacidad de Don por terminar de comprender lo que ocurre, el ejecutivo le suelta a las claras la frase que encabeza este párrafo, dejando estupefacto a su interlocutor. Basada en la novela de Eric Schlosser (asimismo firmante del guión junto al director), se trata, efectivamente, de un severo correctivo cinematográfico a la industria multinacional de la alimentación y su falta de escrúpulos a la hora de ofrecer auténtica mierda (ustedes disculparán el lenguaje empleado, pero creo que en este caso está justificado cuando hablamos literalmente de excrementos en la comida) a los consumidores; eso sí, presentada en envoltorios de colorines y acompañada de todo tipo de merchandising proporcionado, generalmente, por grandes empresas del entretenimiento audiovisual. Linklater sortea sin problemas cualquier atisbo de corrección política y ofrece datos verídicos y contrastados, de modo que sin duda algunos espectadores de su film se lo pensarán dos veces antes de volver a hincarle el diente a uno de esos productos a poco que valoren la importancia de la nutrición de sus organismos.

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Pero, evidentemente, un título tan ambicioso como Fast Food Nation implica la radiografía general de toda una sociedad. La presencia de la comida basura y los entresijos de la industria que la comercializa sirve como ménsula para un relato coral que atraviesa verticalmente casi todos los estratos sociales: desde los inmigrantes que aceptan ser explotados laboralmente a cambio de una versión pobre del sueño materialista occidental hasta los adolescentes con inquietudes activistas, pasando por personas de “clase” y edad medianas y por gente acomodada en el modelo capitalista. Algunos de estos personajes más o menos fugaces están interpretados por personalidades de cierta fama: además del mencionado Kinnear, podemos toparnos con, entre otros, Catalina Sandino Moreno, Patricia Arquette, Kris Kristofferson, Lou Taylor Pucci, Avril Lavigne, Bruce Willis o Luis Guzmán, éste último un actor característico de ciertos productos fronterizos en los que se entrecruzan historias con múltiples personajes. Pero, aunque pueda dar esa impresión en algún momento, la película no se ajusta al modelo de obras como, por poner un ejemplo conocido, 21 gramos (21 grams, 2003), realizada por ese grandilocuente falsario cinematográfico llamado Alejandro González Iñárritu, en la que una puesta en escena de apariencia documental esconde la reincidencia en dramaturgias convencionales.

Uno de los “peros” que se podrían achacar a Fast Food Nation es la presencia de figuras tópicas de cada uno de los ambientes descritos. El caso más llamativo puede ser el de los inmigrantes hispanos y sus disputas sentimental-pasionales. En uno de esos instantes, for instance, un empleado del matadero que acostumbra a seducir/acosar sexualmente a sus empleadas mantiene relaciones con una de ellas en su coche al compás de los sonidos pegajosos y calenturientos de una de las piezas más famosas de ese “estilo musical” conocido como “reggaeton”. En lugar de intentar romper con el tópico de un modo visible o de pretender la “denuncia” directa, la estrategia de Linklater es mucho más sutil, pues se dedica a observar a casi todos sus personajes desde su consideración de supervivientes en (o productos de) una sociedad tan basura como la propia comida que consume. El realizador es consciente de que, en el fondo, los mencionados tópicos han acabado convirtiéndose en modelos sociales del capitalismo que son imitados por la realidad. Y es que, a poco que miremos a nuestro alrededor, podremos observar cómo determinadas personas y situaciones terminan pareciéndose (en un ejercicio cansino y francamente aburrido) mucho a dichos modelos; cómo los tópicos y sus materializaciones se clonan mutuamente en un juego de espejos hermético y totalmente previsible.

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En el caso de Richard Linklater, la vocación comercial o el nivel presupuestario de sus proyectos nunca establece una división en su obra, de modo que no resultaría acertado acercarse a su figura aplicando una línea de análisis distinta para trabajos como Waking Life (2001) o Escuela de rock (School of Rock, 2003). No deja de resultar curioso que un hombre preocupado por el significado del término “personalidad” en el ámbito humano (un vistazo a su reciente A Scanner Darkly —2006— basta para constatarlo) haya sido capaz de hacer notar siempre su presencia tras la cámara en todas las películas que ha abordado a lo largo de los años. Cada paso en su filmografía supone una vuelta de tuerca más a una serie de preocupaciones de origen filosófico en forma de cuestionamientos e interrogantes continuos sobre nuestra relación con cada realidad contemporánea. Volviendo de nuevo a Fast Food Nation, su estructura de shortcuts en realidad ya puede apreciarse en Slacker (1991), el primer largometraje de Linklater. Además, entre las apariciones/cameos anteriormente señalados nos encontramos también a Ethan Hawke, uno de los actores más habituales del universo linklateriano, presente en obras como Antes del amanecer (Before Sunrise, 1995), Tape (2001), o Antes del atardecer (Before Sunset, 2004). Su intrusión en la película asegura un link con los personajes que interpretó anteriormente y supone un pequeño oasis frente al resto del metraje, en el que el director aplica un escepticismo absoluto ante lo que muestra, aunque sin plantear sus dudas de modo explícito en forma de diálogos. Un Linklater tan escéptico como siempre, incluso respecto a aquellos personajes con los que más pueda llegar a alinearse ideológicamente, como prueba el modo en que muestra las dificultades que encuentran los jóvenes más aparentemente idealistas para poder llevar a cabo acciones que cambien las cosas. Y tal vez un Linklater más escéptico que nunca respecto a su propia toma de posición (incluso moral) como cineasta, a su propia personalidad artística, que probablemente seguirá perfilándose dubitativamente durante los próximos pasos de la carrera del que es uno de los cineastas más apasionantes del cine estadounidense.