Desde la década del 70 Hollywood bendice las posibilidades visuales de la literatura de Stephen King, ese autor que, seguido de Philip K. Dick, es el que más adaptaciones al cine amasa. Hay en su literatura, a pesar de mejores o peores filmes, una calidad audiovisual intensa que escapa a las páginas de sus libros y que se transfiere validamente en decenas de piezas cinematográficas donde el estilo claustrofóbico de King crea mayores trastornos en el público. De hecho, por las ciudades del mundo caminan muchas personas pensando, en cierta forma validadas por la costumbre y el aparato publicitario hollywoodense, que King es en realidad un director de cine y no un escritor, a tal contradicción ha llegado el poder de sus adaptaciones. La obra de King, entonces, gracias a películas como Carrie (Brian De Palma, 1976), Christine (John Carpenter, 1983), Cujo (Lewis Teague, 1983) o Firestarter (Mark L. Lester, 1984) y de la tan odiada por King The Shining (Stanley Kubrick, 1980) está solamente intacta cuando los fotogramas se mezclan con las páginas de sus novelas y cuentos. Es una sola masa de horror si, además de las palabras, las imágenes se desencadenan.
1408, dirigida por el sueco Mikael Håfstrom, es la más reciente adaptación al cine de la literatura de Stephen King, cuyas últimas andanzas audiovisuales se vieron por la cadena TNT en los ocho episodios de la miniserie de televisión Nightmares and Dreamscapes, a mediados de 2006. Este nuevo film también es la primera de las películas de una flamante ola de adaptaciones de la obra de King que incluye proyectos como la nouvelle The Mist y la novela Cell (el que dicen será el próximo filme de Eli Roth, ahora empapado de la sangre de Hostel, segunda parte). En el caso puntual de 1408, cuento incluido en la colección Everything’s Eventual: 14 Dark Stories (Scribner, 2002) nos encontramos ante un thriller psicológico que nuevamente explota los espacios cerrados y los personajes atrapados en universos injustificables por la razón: Stephen King clásico.

John Cusack interpreta al bestseller Mike Enslin, un escritor que tiene entre sus títulos libros de la talla de 10 casas encantadas y 10 hosterías embrujadas. A pesar de su oficio burdo —una fanática le recodará en un pasaje de la película que alguna vez escribió una novela realista muy conmovedora— Enslin es un no creyente y un hombre cansado de la retahíla de clichés que envuelve su trabajo, el cazafantasmas de carne y hueso que necesita ver para creer. Así repite en sus giras promocionales que jamás ha sido víctima de un espectro ni ha experimentado un fenómeno fuera de los cánones conocidos, lo desea, sí, no obstante, nunca le ha sucedido en alguna de las hosterías embrujadas que ha reseñado en sus libros. Tenemos, pues, el retrato de un Enslin sin miedo, curioso, incluso incrédulo. Sabemos desde ya que el primer nudo de la trama insertará una carnada para Mike Enslin. En su momento más monótono del día, a la hora del café y las tostadas, el escritor revisa su correspondencia y da con una postal que lo induce a seguir las huellas de la habitación 1408 del Dolphin Hotel de Nueva York. Una habitación que no se puede reservar, un cuarto clausurado por la gerencia, pues la historia oficial señala 55 personas muertas dentro de su perímetro. Y que ahora obsesiona a Enslin por sobre todas las cosas.
El cordial administrador Gerald Olin (Samuel L. Jackson) tratará vanamente de convencer a Enslin del peligro de su aventura: “That’s a fucking evil room”, le dirá antes de darle la llave del cuarto. Pero todo está predicho y Enslin se convertirá, desde luego, en el nuevo huésped del 1408. De ahí en más, la destrucción física y psicológica colmarán la pantalla. Todo empezará a alterarse cuando, mordazmente, la pequeña radio de la habitación se encienda por libre albedrío y comience a tocar la canción We’ve Only Just Begun del dúo los Carpenters, anticipando la personalidad antisocial de esas cuatro paredes.
Håfstrom utiliza dentro de la habitación un estilo apoyado en primeros planos para crear roces y mayor cercanía entre el protagonista y la pieza. Como en una pelea, se trata de un enfrentamiento entre dos naturalezas, una lucha psicológica. La habitación 1408 oprime los botones y juega con la mente de Enslin, así como el ordenador Hal 9000 lo hacía con los astronautas en la más famosa de las películas deKubrick. En contraste con el slasher movie (Black Christmas, Hallowen o Scream) Håfstrom omite la sangre y las cazas para perturbar a su personaje con progresivas manifestaciones fantasmagóricas (antiguos huéspedes que optaron por el suicidio, por ejemplo) y recuerdos dolorosos como la muerte de la pequeña hija del protagonista, Katie (Jasmine Jessica Anthony). Un pasaje en exceso punzante en el que Enslin busca el llanto de un bebé a través de las paredes nos recuerda el mismo efecto fantástico que Julio Cortázar provoca en el cuento La puerta condenada (Final del juego, 1956), también ambientado en un cuarto de hotel.

Aunque Håfstrom elige construir pequeños bloques perturbadores, acentuando su energía con cada nuevo nivel, hacia la mitad del filme es obvio que existe una cuenta limitada de trastornos que pueden utilizarse dentro de una habitación (algo que pocos directores suelen concretar sin caídas: Hitchcock en Rope, Polanski en Repulsion y The Tenant), pues en cierto momento los fantasmas se repiten, la animación digital empieza a reemplazar a la imaginación y al misterio y el discurso de Enslin se convierte en una perorata: No acabarás conmigo. No acabarás con el ser humano. Sumado a eso, retorna el abuso sonoro, que tanto daño causa al cine de horror basándose solamente en cortes y flechazos diegéticos que sorprenden en primer término pero que de la misma manera nos dan demasiada información espacial. En vez de sumar todas sus cualidades a favor de la interiorización y el suspenso, como en los mejores pasajes del film, Håfstrom vuelve a caer en la periodicidad del horror por medio de efectos sonoros, aislando el miedo y privándonos de una consumación ideal en el plano íntimo. Lo que sentimos es un terror sincrónico, calculado, y no uno de sorpresas y efectos subjetivos que expandan el imaginario o lo trastoquen. Existe en algunas secuencias (la ambigüedad en la reaparición de la hija de Enslin puede ser una), sin embargo en el todo resalta otra vez la prolongación de una técnica que solamente crea miedos momentáneos pero no imperecederos como Kubrick logró en El Resplandor, finalmente se trata sólo de un efecto fugaz y cansado y no de una sombra inaguantable y perenne, sobre todo porque el cierre del filme intenta manipular los símbolos de héroe y villano, arruinando la premisa original de la cita fatal entre el victimario y su víctima.
John Cusack, quien por momentos incluso nos hace reconocer al Orson Welles de Touch of Evil (Welles, 1958) en aquella recordada secuencia de destrucción en el cuarto del hotel de frontera, cumple un papel importante, siempre dentro de los límites de su registro, desesperado, odioso cuando debe serlo, pero encauzado, sin escapar de lo que sabe hacer bien. Quizá si el final de la película hubiese correspondido con el planteamiento inicial de la misma: las fuerzas incontenibles de la maldad y el fatalismo absoluto tragándolo todo, hoy estaríamos hablando de un film que obliga a mantener encendidas las luces de la pieza, o celebrando a otro Jack Torrance, velado para siempre, tomado por dentro y por fuera, como suelen ser los personaje caídos que se eternizan en la pantalla.