MICEC'07

Por Antoni Peris i Grao

Cine europeo, cine invisible

Por tercer año la Mostra Internacional de Cinema Europeu Contemporani (MICEC), auspiciada por la Universitat Pompeu Fabra, ofrecía la oportunidad de rescatar numerosas cintas no estrenadas (¿estrenables en nuestros circuitos comerciales?) y coincidía significativamente con la aparición en prensa de la edición española de Cahiers que envió a la Filmoteca una selección de películas destacadas.

Dado que el don de la ubicuidad no es mi fuerte, hubo que escoger entre las proyecciones  y algunos de los debates. Opté por aquellos que giraban, precisamente, en torno al supuesto cine europeo. Dispersos por la multitud de participantes en cada mesa, oscilaron en torno a un tema identitario que, no obstante, no parecía el mismo para cada ponente. Se destacó la mirada que Europa dirige a Asia, cuyo cine es ahora más visible pero que de por sí recupera a faros europeos como Rosellini, Antonioni y a la propia Nouvelle Vague; una situación con más referencias que mestizaje. Los franceses de Cahiers (Frodon) reivindican por su parte esta identidad diferenciada de Asia que, dicen, pervive en las producciones europeas de Suwa o HHH y que no sucede con el cine procedente de Africa ni con el cine yanqui hecho en Europa (Ferrara, Lynch). Ya se sabe, pero, que Francia adopta a determinados recién llegados por lucir el orgullo de acoger esta diferencia. Roberto Cueto apuntó que en tanto que la modernidad europea ganaba la batalla de la calidad frente a Hollywood, perdió la batalla del cine comercial con la decadencia de los grandes estudios, desde la década de los 70, abocándole a una supervivencia vinculada bien al concepto imitativo de USA, bien al concepto autoral. Al surgir ahora una suerte de cine asiático marcadamente autoral, el cine europeo queda atrapado entre dos frentes. ¿Existe, pues, el cine europeo? Parece más lógico hablar de una sensibilidad común, una subsconsciencia europea, más que étnica o política o industrial, Línea que apuntó un incómodo Pedro Costa que planteó el vacío de numerosos estrenos frente a la ausencia de filmes necesarios y la elaboración de su obra como una continuidad de la memoria (en la estela de Bresson, Straub o JLG) pero sin desvincularse de Tourneur o Walsh. En este sentido, decía, el cine debe mantener, sea cual sea su identidad, un rigor profesional, dado que el espectáculo popular (como también JE Monterde apuntó) radica en la televisión.

La diversidad europea, a su vez, da pie a la reflexión regional. ¿Se puede hablar de cine europeo o siquiera de cine del Reino Unido si hay diferencias industrias en el cine de Escocia, Gales, Irlanda o Inglaterra? Es posible que estemos en una situación en la que la identidad sea más local que europea, aunque paradójicamente las tendencias cinematográficas vayan más allá de la nacionalidad, como apuntaron desde el British Film Institute. Así, el cine europeo se constituiría por un sumatorio de nacionalidades sin existir en sí mismo. A todo esto, nos podríamos quedar con las reflexiones citadas de Tavernier (el cine europeo como cuestionador, como cine de la duda) o Wenders (cine federalista que crea un imaginario colectivo, permite intercambio cultural y une en la diversidad más allá de los intereses comerciales).

No obstante, ello da pie a la observación en que la bipolarización extrema entre autor y comercialidad es más marcada que nunca en el cine europeo, que ha acabado delimitando según Frodon, un cine mundo que sigue el modelo USA y un cine regional que ralla lo experimental. ¿Hay que reivindicar la boutade de Straub que en el 68 reivindicaba la existencia del cine en el momento que desapareciese la industria? En este sentido, Angel Quintana recordaba los fenómenos regionales (Rumanía en la actualidad) como vinculados no sólo a una situación industrial sino a su aparición o reclutamiento para el festival de Cannes o Venecia de aquel año. Y contrapuso también esta argumentación de nacionalidad a otra más pragmática. La posibilidad de aparición de una industria, surgida bajo mínimos económicos pero con voluntad autoral, que enfrenta una creación personal modesta, íntima, frente a una industria más potente en otro punto del estado (léase cine catalán independiente vs. Industria española radicada en Madrid) que actualmente tiende de nuevo al europudding o la superproducción. El cine nacional sería, en consecuencia, el cine regional. Y la melange de estos cines regionales daría lugar, en Europa, a un tipo de cine que va más vinculado al lenguaje cinematográfico usado que al origen geográfico.

En este entorno y semejantes, alcanzamos a ver un puñado de cintas interesantes. MICEC se abrió con Coeurs, la última película del emblemático Alain Resnais, de la que, junto con la retrospectiva que el micec dedicó este año a Jacques Rivette, ofrece una mirada un tanto reposada mi compañera en el texto complementario sobre la muestra.

Pero la variedad fue extrema. Elegía de la Vida de Sokurov, sobre el violoncelista Rostropovich y su esposa, la soprano Galina Visneskaya, dos auténticas fuerzas de la Naturaleza que aparecen bebiendo con Yeltsin o arrastrando del brazo a Sofía de España en un reportaje que limita su interés cinematográfico a unos muy breves instantes de travelling (al estilo del Arca Rusa) y al montaje alterno de las intensas actividades musicales de la pareja. Un documento más intenso por la calidad humana del personaje que por la habitual densidad del cineasta

Je pense a vous, de Pascal Bonitzer, critico de Cahiers, es un guión de relojería impecable, estructurado como un dramático vodevil dónde un Yago perverso destruye de modo gratuito un par de parejas. Lamentablemente, entre bromas y llantos, Bonitzer estropea el guión de Marina de Van con una puesta en escena carente de imaginación.

Jean-Daniel Pollet se dedicó a vivir y recrear el Mediterráneo con su cámara. Aislado en una masía del sur francés, tocado de muerte por un accidente, se comprometió durante el tiempo que pudiera sobrevivir a recoger su micromundo (cocina, comedor, terraza, jardín, frutales, cielo…) con un mínimo de una fotografía diaria. Jean Paul Fargier, amigo, colaborador y también cahierista,  completa en Jour après jour un emocionante collage bañado por la impecable sonoridad de la naturaleza (en un impresionante montaje sonoro que da movilidad a las fotografías) en un testimonio del ansia de vivir. 

Las resonancias a Buñuel o a Raoul Ruiz o la reivindicación de la libertad creadora no bastan para redimir Les anges exterminateurs de Jean Claude Brisseau. Cineasta machacado tras su obra previa (Choses secretes) por sus propias actrices y por otros agentes, Brisseau se lanza a una esotérica cinta sobre el cine erótico, los flirteos (aparentemente inocentes) con el porno, unos ángeles de tendencias opuestas y un director heroico que es capaz de enfrentarse con dignidad e integridad a las amenazas morales de su pareja, productores, equipo (¿artístico?) y policías corruptos. Defendida como peli gamberra y a la par como obra maestra por parte de la crítica, estos ángeles no tienen alas para largo vuelo. Tras un inicio angélico a lo Wenders y un interesante casting en busca de actrices no porno que hagan el amor en directo, la cinta culmina con un ensayo erótico suficientemente turbador para que, a continuación, la película y el director pierdan el norte hasta un final histérico, estéril y autojustificativo.

La influencia de Pedro Aguilera (ayudante de Carlos Reygadas en Batalla en el Cielo) trata de seguir los pasos de Jaime Rosales y llegó a Cannes junto a la segunda obra de aquel. La historia de la familia monoparental con pequeño, chica adolescente y madre depresiva tras perder el trabajo es seguida de modo exhaustivo, severo y agobiante, pero se queda muy lejos de su referente y también de otros citables como Kaurismaki, Haneke o Kore Eda. Hay más guión que trabajar. No obstante, Aguilera se revela, por el tratamiento global de la puesta en escena pero también por las silenciosas y turbadoras, secuencias en las dunas y las azoteas de Madrid (¡gemelos a los que Rosales presenta en La soledad!), como un director sugerente y a seguir con mucha atención.

Se ignora a menudo a Jacques Tati por blando, por naif, aun cuando su cine arrastraba, entre sus ondas de humor blanco y su melancolía, una fuerte crítica social. A un cineasta como Otar Iosellani le sucede otro tanto. En lugar de ser valorado como un exótico humorista, se le sitúa como un peculiar costumbrista afincado en Francia. Jardins en automne es otra de sus deliciosas sátiras, una durísima crítica social, en la que un humor aparentemente blanco oculta grandes capas de negrura: políticos venales, acólitos sin escrúpulos, amantes gold diggers hasta la saciedad (saciedad de consumo, claro), emigrantes ocupas que no dudan en acosar a legítimos dueños, curas alcohólicos… Iosellani no deja títere con cabeza. Y no obstante, es capaz de hacerlo manteniendo para sus personajes un mínimo de dignidad, dándoles una oportunidad, mediante la relajación, la bebida y un dolce far niente que puede redimir al más cruel. Una película que merece a gritos ser estrenada y una revisión tan placentera como la que otorgan unas imágenes cargadas con el placer de vivir.

Como deberían ser estrenadas las cintas que me reservaba para el final. Il regista di matrimonio sigue el estilo que ha acuñado Marco Bellocchio en su filmografía. La capacidad de especular, de imaginar, de lanzar al espectador a diversas obras en una. Si en Il sorriso de mia madre enfrentaba a su protagonista con una conspiración social rallando la locura con una canonización por objetivo y en Buongiorno, notte la custodia de un secuestrado Aldo Moro trataba de imaginar un final distinto, aquí lanza a un director de un folletín a buscar alternativas argumentales basadas en la vida real. La densidad que Bellocchio confiere a esta fábula de libertad y amor, llevándola del siglo XIX a un siglo XXI que parece retroceder en la mafiosa y asfixiante Cefalú, va pareja de un sentido del humor y una reflexión sobre el papel, testimonio o actor, de los creadores. Una película riquísima en matices morales, en subtextos y con la impecable intervención de un siempre espléndido Sergio Castellito.

¿Y qué decir a estas alturas de la película de moda? Juventude em marcha corre el riesgo de morir de éxito. De tener un metraje excesivo o un ritmo demasiado lento para el espectador al que se le ha anunciado, repetidamente, una obra maestra. Padece de ambas cosas. Y es, no obstante, eso, una obra irrepetible pero una obra a imitar. Pedro Costa, tras convivir durante años con los habitantes del barrio chabolista de Fontainhas sigue a algunos de ellos hacia sus nuevos domicilios. Pero lejos de crear un retrato social de una segunda migración, utiliza a estos originarios caboverdianos para analizar un mundo en mutación. Un mundo de miseria dónde la miseria es la esencia y no se puede evitar. Un mundo habitado por fantasmas por que no se puede concebir sin ellos. Más allá de las historias de droga y pobreza de Vanda y sus supuestos hermanastros, Juventude en marcha (¡y mira qué es irónica el Costa éste!) conmueve por el personaje (personaje/s debería decir) de Ventura. Un individuo digno, pobre de solemnidad, pero que reivindica su pasado mediante una letanía en el que él (y todos los que fueron, son o serán como él, apátridas, emigrantes, desarraigados, imposibilitados para integrarse ni para regresar a su hogar) recita aquellas pequeñas cosas que pueden permitir la ilusión de la supervivencia. Ventura, todos los Ventura por el parafraseados, ante él reencarnados, no son sino zombies de una vida anterior que permanecen en las periferias urbanas portuguesas sobreviviendo en un mundo que no acaban de aceptar. El vídeo digital y la manipulación de luz y texturas permiten así  a Costa la mágica solución de combinar el testimonio vital, realista, con una insólita crónica onírica, mágica, de gente que nace y muere ante nuestros ojos y enriquece el retrato social hasta extremos metafísicos. De Tourneur a Bresson, todo en uno.

¿Esperamos nuevas grandes obras para el MICEC 08? Nos gustaría que sí, aunque ello significará, claro, que no disponemos previamente de estreno de las mismas. Y para muestra un botón. No hay que ver más que el listado de Cahiers de cintas premiadas en festivales y pendientes de estreno… Esto es el cine europeo. Entretanto, disfrutemos de La Soledad que, habiendo tenido la suerte de estrenarse merece nuestra atención. No seamos los espectadores quienes lo hagamos invisible.