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La pareja formada por los hermanos Mychael y Jeff Danna es responsable de algunas de las bandas sonoras más hermosas de la última década. La boda del monzón, Agua o El diario de Noa son títulos indispensables para los aficionados a la música de películas. Eso sin mencionar su ya larga colaboración con Atom Egoyan, para quien han creado auténticas maravillas como Exótica, o su brillante paso por la música celta, que alcanzó la perfección en el álbum La leyenda de Deirdre. La delicadeza y lirismo de sus obras, así como su facilidad para cambiar de género e investigar en las raíces de la música folclórica, les convierten en dos de los compositores más completos de la actualidad.
En Tideland exploran como nunca su capacidad para recrear atmósferas oníricas no exentas de un fondo triste y melancólico, como la visión de la infancia que propone Terry Gilliam, un viaje fantástico hacia al reverso tenebroso de la niñez. Alicia en el país de las pesadillas. La partitura está dominada por un conmovedor tema para cuerda y piano que evoca las dos caras de la infancia: la mágica y la perturbadora. Ese tránsito entre ambos mundos es la proyección cinematográfica de los pasajes más alucinantes de los cuentos de los hermanos Grimm, a quienes no por casualidad Gilliam rindió tributo en su anterior filme. Pero, sin duda, la mayor virtud de Tideland es su evolución tonal, pareja al viaje exploratorio de la niña protagonista de la historia, desde la ingenuidad propia de la puericia hasta el escepticismo caníbal del mundo adulto.
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En una película de terror pueden suceder dos cosas: que la música sugiera (Alien) o que subraye (La profecía). Ninguna opción es mejor que la otra; todo depende del tono del filme, esto es, terror implícito (psicológico) o explícito (físico). 28 semanas después se alinea claramente en la segunda categoría y la composición de John Murphy, que repite en la franquicia, apuesta por recalcar, y además en negrita y con rotuladores de colores fosforitos. La máxima es “cuanto más ruido y más fuerte, mejor”. Sobre una base electrónica con feroces solos de guitarra eléctrica, 28 semanas después se revela como una obra apocalíptica y brutal, tan violenta y sanguinolenta como los sucesos que vemos en pantalla. Ahí radica su tremenda efectividad. El último trabajo de Murphy, además, apuntala una tendencia habitual en los últimos títulos del género en su vertiente más gore (Amanecer de los muertos y las nuevas versiones de La matanza de Texas y Las colinas tienen ojos), y que no es otra que la sublimación de la violencia hasta límites casi insoportables. El hombre es un lobo para el hombre; y los lobos devoran sin piedad.
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Steve Jablonsky es la nueva joya de la cantera de Media Ventures, la empresa creada por Hans Zimmer para dar salida a nuevos talentos-pupilos seguidores de su estilo. Su primer trabajo de impacto fue La isla, a las órdenes de Michael Bay, que ha vuelto a contar con él para ambientar la lucha mortal entre los Autobots y los Decepticons. Fiel al espíritu mediaventurero, caracterizado por el empleo de fanfarrias y temas de acción a base de sintetizadores, Jablonsky ha forjado una partitura frenética que brilla sobre todo en la última media hora de metraje, cuando se enfrentan los robots alienígenas. Se trata de una obra meramente ambiental, descriptiva, sin un tema principal ni piezas asociadas a personajes concretos. No es ésta una regla que deba aplicarse siempre, por supuesto, pero una cinta de buenos y malos tan plana como Transformers, carente de un guión que explique las motivaciones de los personajes, necesita unas mínimas referencias sonoras que ayuden al espectador a implicarse en la historia. Sin éstas, el resultado es una sucesión de temas vibrantes pero sin personalidad, como la propia Media Ventures, convertida en una máquina de clonar la peor versión de Zimmer (Piratas del Caribe 2).
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Se trata de divertirse, y David Holmes lo hace como nadie. Fijo en la saga, la tercera partitura del británico es una delicia sonora que derrocha glamour y buen rollito por los cuatro costados. Si Truman Capote estuviera vivo, la llevaría en su iPod a las fiestas de Manhattan. Holmes ha logrado conciliar el tono ligero de la primera entrega con los momentos más intimistas de la segunda, y la suma es una obra a medio camino entre el jazz fusión contemporáneo y la música de guateque (Henri Mancini que estás en los cielos) que luce orgullosa sus múltiples referencias, de la bossa nova sesentera al Lalo Schifrin más gamberro, el de Bullit y Misión: Imposible. El particular toque electrónico de Holmes homogeniza un cóctel que, si los miembros de la Academia de Hollywood tuvieran sentido del humor, debería competir en la próxima edición de los Oscar. Un detalle: la próxima vez que la música de un anuncio te llame la atención, hay un alto porcentaje de probabilidades de que pertenezca a Ocean’s 13. Los creativos siguen sacando petróleo de las dos primeras partes (ese Elvis de A Little Less Conversation...).
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La saga del niño mago pierde fuelle a pasos agigantados. No es lugar para comentar la progresiva debilidad que afecta a la dirección, pero esa anemia ha acabado mermando la calidad de todos los apartados de una franquicia que funciona por la regla de tres: tantos millones de lectores, tantos millones de espectadores (y sus padres). El capítulo musical era de los pocos que mantenía el nivel, pero en esta quinta entrega ha sufrido un bajón considerable probablemente causado por la inexperiencia en pantalla grande de su autor. La Orden del Fénix es la primera “gran película” de Nicholas Hooper, y eso se nota, como se nota en las dudas narrativas de su también bisoño director, David Yates, hasta ahora circunscrito al ámbito televisivo. La mala noticia no es que Hooper renuncie a la herencia temática de John Williams o al logrado tenebrismo de Patrick Doyle, porque es legítimo que cada compositor trate de imponer su estilo. La mala noticia es que Hooper no ha encontrado el tono adecuado para describir esta historia. Y no me refiero al uso de una serie concreta de instrumentos más o menos asociados a las películas de magia, como el fagot, sino a las claves de las notas, que definen el tono de una partitura. En función de las claves, un piano puede sonar alegre, triste o patético. Hooper no ha dado con las claves ni el tono que demandaba esta historia. La obra se escucha con agrado, es sólida y acompaña muy bien ciertas secuencias del filme, como el vuelo sobre Londres, pero no alcanza a representar la lucha del protagonista contra Lord Voldemort y, lo que es más importante, sus propios miedos. Hooper se queda en la superficie del drama.