Bajo las estrellas (Felix Viscarret, 2007)

Por Arantxa Bolaños de Miguel

Mientras Un lugar en el mundo (Adolfo Aristarain, 1992) nos contaba en primera persona el inicio amoroso del protagonista en su aldea natal y la relación con sus padres (ambos intelectuales comprometidos), esta cinta huye del tópico romántico del pueblo como utopía de solidaridad, compañerismo y felicidad. El lugar al que regresa Benito Lacunza (genial Alberto San Juan dando vida a este personaje) no ha prosperado, ni se ha modernizado y ni tan siquiera parece que pasa el tiempo para las personas que viven allí, y esto lo digo en el peor sentido de la palabra, porque no han aprendido a madurar y a aceptar la vida, son unos outsiders. Por supuesto que no llegan a la violencia de Perros de paja (Sam Peckinpah, 1971) ni Deliverance (John Boorman, 1972), pero tampoco están próximos a El hombre tranquilo (John Ford, 1952). En cambio, esta película está más cercana a la realidad -pese a agradecer la atmósfera de optimismo y de ganas de vivir en un ambiente rural tras ver El hombre tranquilo- me parece que el clima de decadencia, anticuado y repleto de escasez mostrado aquí es más parecido a lo que es un pueblo en la actualidad.

Porque, lejos del idealismo hacia lo rural, la mayoría de las poblaciones, por lo menos en España, están plagadas de gente que no tienen posibilidades de prosperar en la ciudad, de provincianos que pasan la vida y se dejan decaer con el paso del tiempo añorando su juventud llena de sueños sin cumplir. Estos perdedores, los que Felix Viscarret llama "los chatarras de la sociedad", están "perdidos, náufragos de la sociedad, viven en medio de ninguna parte y no tienen dónde agarrarse, sólo unos a otros, pues si no están perdidos". [1] Si bien no llega al pesimismo de Calle Mayor (Juan Antonio Bardem, 1956), la entrañable Estella (Navarra), inspira, al igual que la película, una mezcla perfecta entre ternura y melancolía. [2]

Aquí se rompe la dicotomía ambigua entre la soledad de la ciudad y el romanticismo del campo pero, del mismo modo, es cierto también que la ciudad deshumaniza porque nos convierte en pasotas del otro y, con todo lo desfavorable que pueda haber en los pueblos, hay mayor contacto entre las personas. Al regresar Benito Lacunza (BeniLacun como nombre artístico de trompetista) a su entorno navarro tras la muerte de su padre, es cuando crece y se serena: de macarra impasible en la ciudad a implicado emocionalmente, porque va a corregir su conducta cuando se olvida de sus problemas (no ha triunfado como músico) y, al pensar en ayudar a las personas que él quiere y que le necesitan (su hermano, una antigua colega y su hija), se da cuenta de lo que verdaderamente merece la pena en la vida: estar rodeado de personas a las que quieres y que te quieren.

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Es un canto a la familia, no en un sentido tradicional, sino en el sentido de cómo nosotros llegamos a formar la familia con aquellas personas a las que queremos (Felix Viscarret) porque "se está bien donde estás con quien quieres estar". Es evidente además, en cada plano de la película, la cinefilia del director y está plagada de guiños: vemos la influencia de Cruzando la oscuridad (Sean Penn, 1995) en la mala conciencia del hermano por un homicidio accidental y de Una historia verdadera (David Lynch, 1999) en el hecho de utilizar el tractor como medio de transporte alternativo. Aunque del mismo modo crea nuevas escenas y diálogos que pasarán a la posteridad y muchos otros lo honrarán. Pues bien, no seré yo, como tantos otros críticos, quien os cuente la anécdota de cómo se conocieron Felix Viscarret y Fernando Trueba, porque lo podréis leer en otras crónicas, tan sólo haré hincapié en lo que me parece más importante: que esta parábola está abanderada por el siempre interesante y rescatador de buenos artistas (del cine y de la música), Fernando Trueba. Tan sólo el hecho de que esté detrás de la producción de esta película es sinónimo de calidad y también el haber conseguido los siguientes premios en Málaga: Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor (Alberto San Juan) y Mejor Guión Novel. Este director y productor, defendió precisamente la misma interpretación de la película, y así la definió como la expresión de «la transformación de la familia convencional transmisora de la propiedad privada y la neurosis en la familia del futuro, que es la asociación libre de seres humanos» [3].

Basado en la novela de Fernando Aramburu "El trompetista de Utopía", estamos ante una buena mezcla de tragedia, drama y comedia, tiene un humor muy sutil y lleno de sensibilidad, y así nos acercamos al personaje principal, crápula y perspicaz que, a través de su ironía, su picardía y su gracia, conecta con los demás; porque es su forma de expresar felicidad ante los pesares cotidianos, su arma con la que lucha frente a la melancolía imperante, además de la música. La banda sonora acompaña la acción y para ello se valió de una instrumentación pobre, que acompañara a la historia, y es de destacar la pieza final de Enrique Morente, llena de alma. No obstante, lo mejor, sin duda alguna, son los diálogos entre Benito Lacunza y la niña antisocial (la hija de una antigua compañera de juergas, encarnada ésta última por la siempre sentimental Emma Suarez) con la que entabla una singular amistad.

Para los que no nos apasiona el cine español, esta ópera prima no es tanto una esperanza (pues no deja de ser más que una excepción dentro del mediocre panorama patrio) sino más bien un placer, una apertura mental en contra de nuestros propios prejuicios y, sobretodo, una prueba de que las etiquetas no hacen sino simplificar de forma equívoca la realidad, pues no hay cines nacionales, ni estilos; el cine se debe dividir únicamente entre el bueno y el malo, y esta cinta se ha ganado por derecho propio el pertenecer al primer grupo.

[1] Entrevista recogida en www.reporterodigital.com

[2] Es un "western a la navarra", en palabras del realizador.

[3] http://www.reporterodigital.com