El cambio climático es el responsable de los grandes trastornos globales. Se plantea también que la probable desaparición de determinadas especies, aparentemente simples pero de elevada complejidad por sí mismas y por su impacto en el ecosistema, puedan determinar la supervivencia de la propia raza humana. Sería el caso de seres tan frágiles como las mismísimas abejas o las mariposas, unos especimenes de fragilidad casi mágica cuya evanescencia nos puede llevar a la reflexión más metafísica que biológica.

Hay también un cine mariposa, frágil y evanescente. Un cine ahogado por el cambio global de tendencia única que quizás sobreviva pero del que probablemente dependa la evolución del arte. Bolboreta, mariposa, papallona encarna adecuadamente este tipo de cine. Aun tratándose de una propuesta insuficiente en resultados, Pablo García demuestra su habilidad y su entusiasta capacidad para polinizar decenas de diversas propuestas. Bolboreta… está articulada en dos partes claramente diferenciadas, tal vez demasiado diferenciadas, que le dan su originalidad. Por una parte, el tramo rodado en Galicia en el que un actor (Fele Martínez) interpreta a un director que rueda escenas para un documental. Cine dentro del cine, mientras se reflexiona sobre lo que este arte significa para los pescadores y habitantes de un pequeño pueblo ribereño, García observa las idas y venidas de niños, adolescentes y marinos. De modo complementario, alternativo, los niños de un pueblo catalán emulan a los dos directores y simulan un rodaje con preguntas equivalentes a las que los adultos efectuaban. La diferencia es que sus herramientas de trabajo (lentes, cámara) están confeccionadas con envases de yogurt y cajas vacías y que los rushes no son sino recortes de fotografías impresas de las cintas del rodaje previo. El estimulante resultado es una observación del mundo tan frágil como acertada y, curiosamente, más coherente, más compleja, que la recogida por los profesionales en su primera parte. Bolboreta… deviene así una película que parece nacer por generación espontánea, no continuadora del rodaje previo, sino mariposa sutil nacida de una crisálida torpe. Su interés, precisamente, radica, más allá de la heterogeneidad de la propuesta, o de la rotundidad de resultados, en la capacidad de innovación narrativa y en la implicación de los niños como catalizadores o como creadores de mundos.
García era amigo del inefable Jordà y a buen seguro que esta apuesta le encantaría a Joaquim. Bolboreta… no sólo tiene la inmediatez de la realidad en muchas de las imágenes documentales y en la sinceridad infantil (que no en la candidez, puesto que la mayoría de los pequeños se revelan actores instintivos), sino en la capacidad creativa que surge casi espontáneamente de la especulación de los niños. El juego no consiste en dejar pistas para que el espectador las rellene, sino en generar pistas que van confeccionando la película de modo autónomo. Se genera también, en paralelo, el debate entre un cine sólido y cerrado, paradigmático, y un cine intuitivo, abierto a la reflexión y a la contemplación. Por supuesto que se le puede acusar de gratuito, de vacío y de insuficiente. No obstante, el alto riesgo asumido (por supuesto bajo condiciones de producción problemática) se acompaña de una simpatía por la propuesta que la hace valorar con el fiel de la balanza a su favor. No caigamos en la simpleza de hablar de cine poético (tampoco recurramos a Vigo o a Philibert, por que son otros planteamientos) pero reconozcamos que no todos los directores tienen el valor y la capacidad de compartir autoría con su propio material. Con un poco de suerte, esta polinización permitirá el crecimiento de las mariposas y de un determinado tipo de cine imprescindible para todo el ecosistema.