Mala noche (Gus Van Sant, 1985)

Por José Francisco Montero

Mi Portland privado

Resulta bastante insólita la carrera que hasta ahora ha seguido Gus Van Sant. Si bien no son nada raras las irregularidades en la carrera de muchos directores, o que en distinto grado se alternen las películas personales con las meramente comerciales, en el caso de Van Sant se trata de períodos considerablemente prolongados y en ocasiones con desconcertantes cambios tremendamente bruscos entre un período y otro. Después de unos primeros films (Mala Noche —1985—, Drugstore Cowboy —1989—, Mi Idaho privadoMy Own Private Idaho. 1991— y Ellas también se deprimenEven Cowgirls Get the Blues. 1993) de índole indudablemente personal, más allá de que los resultados sean más o menos satisfactorios, Van Sant atraviesa un período (constituyéndose en este sentido Todo por un sueño To Die for. 1995en una película de transición entre ambas etapas, conteniendo características de una y de otra) en que se convierte en un realizador muy impersonal, al frente de productos sin apenas interés y horriblemente rutinarios (El indomable Will HUnting Good Will Hunting. 1997—, Psicosis Psycho. 1998— y Descubriendo a Forrester Finding Forrester, 2000—[1], para, a partir de Gerry (2002) —además de este filme, formarían parte de esta nueva etapa Elephant (2003), Last Days (2005) y Paranoid Park (2007)—, cuando parecía que Van Sant era uno de tantos cineastas prometedores cuyas esperanzas se veían definitivamente frustradas, resucitar como un autor de enorme interés, elaborando un cine aún más experimental que en sus inicios, despojado de algunos elementos accesorios que perjudicaban a sus primeras películas.

Más de veinte años después de su realización, y a tenor de la evolución posterior de la obra de Van Sant, es imposible no ver Mala noche en función de esta carrera de la que se constituye en primer eslabón (al menos en el terreno del largometraje [2]). Desarrollada en Portland, ciudad en que el director vivió algunos años, y basada en una novela autobiográfica de Walt Curtis, no son pocos los elementos que aparecen aquí por primera vez y que luego van a constituir algunas de las señas de identidad más pertinaces del cine del autor de Last Days: el interés por el mundo marginal, por la homosexualidad, frecuentemente también inscrita en personajes y ambientes marginales e incluso algunos recursos estilísticos luego utilizados recurrentemente por él: la combinación de imágenes en blanco y negro y en color [3], la determinante y simbólica presencia de la carretera, planos de cielos poblados de nubes,..., entre otros.

Pero Mala noche no pasa de ser un borrador poco logrado del cine posterior de su director. La película procura hacer convivir una historia intimista, la pasión de Walt Curtis (Tim Streeter), el dependiente de una cochambrosa tienda, por Johnny Alonso (Doug Cooeyate), un inmigrante mexicano que no le hace ningún caso, el innegable carácter del film de diario filmado, con la observación de las condiciones de vida de los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos, pero es evidente que a Van Sant le interesa mucho más el primer aspecto que el segundo. El acercamiento del cineasta a esta historia no pretende en ningún momento ser realista ni desde luego sus intereses están puestos en un cine de vocación social o política (los filmes de Van Sant de mayor carga ideológica, de denuncia, son los cortos Thanksgiving Prayer y Ballad of the Skeletons, dos variaciones sobre una misma idea a cargo de dos voces distintas, la de William S. Burroughs y la de Allen Ginsberg, pero, aunque puesto en primer término, al director parece interesarle menos el contenido explícitamente político de estos cortometrajes que su formalización en la pantalla, el diálogo que establecen los poemas con las imágenes que los contrapuntean). Las imágenes de Van Sant están traspasadas siempre por cierto esteticismo, tanto en este filme como en los posteriores, a pesar de retratar en ellos la vida de unos yonkis o de unos chaperos, o de centrarse en acontecimientos ocurridos realmente, como la matanza de Columbine o los días previos al suicidio de Kurt Cobain; y asimismo toda su obra está construida a partir de un evidente distanciamiento sobre su material narrativo —que en Mala noche, como en Mi Idaho privado, Ellas también se deprimen o Todo por un sueño, se produce con frecuencia por la vía del humor, y en la conocida como trilogía de la muerte (Gerry, Elephant y Last Days) por la de la ritualización y la abstracción, a través de una mirada behaviorista e inmediata que en su aparente gelidez e impasibilidad, a través del vaciado del sentido aparente de sus imágenes, resalta aún más lo estremecedor y absurdo de lo mostrado.

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Ver Mala noche le suscita a uno el recuerdo de Who's That Knocking at My Door? (1968) o Permanent Vacation (1981), sendas operas primas de Martin Scorsese y Jim Jarmusch, películas muy irregulares pero redimidas por su sinceridad, como ocurre con la de Van Sant. Filme típicamente primerizo, la narración está muy deslavazada, dando con frecuencia la sensación de que muchos episodios están añadidos artificialmente para llegar a una duración estándar (véase, por ejemplo, el “sueño” de Walt en que se arrodilla a los pies de Johnny suplicando su amor) y en que la tendencia a la fragmentación y a la desarticulación narrativa del mejor cine de Van Sant aquí parece menos un estilo conscientemente buscado que consecuencia de una torpeza narrativa que no se ha podido eludir.

No obstante, Mala noche es una primera película, a diferencia de tanto cine americano presuntamente independiente realizado en las décadas de los 80 y los 90, que más allá de sus virtudes y defectos no parece realizada sólo para llamar la atención de los estudios e integrarse su autor a partir de su siguiente película en el cine más adocenado de Hollywood (aunque fuera lo que algo después, temporalmente, pasara). En este sentido, Mala noche es la película de Van Sant que exhibe una mayor coherencia formal en relación con su argumento: el frecuente interés de Van Sant por la marginalidad aquí está expresado con unos modos cinematográficos similarmente marginales, los propios de un cine underground del que Mala noche se constituye en una modesta y más bien fallida muestra.

[1] En 2001, en el momento de que media entre la última de estas películas y su radical ruptura con Gerry, Van Sant supo reirse, tal vez porque la estaba dejando atrás, de esta etapa de su carrera, en la estúpida Jay y Bob el silencioso contraatacan, de Kevin Smith, en que se interpreta a sí mismo, mostrándose como un director exclusivamente interesado en el dinero y absolutamente despreocupado por la película que está rodando, la segunda parte de El indomable Will Hunting.

[2] Tres años antes había dirigido The discipline of D.E. Este corto y otros dos, Thanksgiving Prayer (1991) y Ballad of the Skeletons (1997), están directamente vinculados a la generación beat (y más concretamente a dos de sus más conspicuos representantes, William S. Burroughs y Allen Ginsberg), tan presente en la obra de este cineasta.

[3] Dialéctica que alcanza incluso a Psicosis, aunque sea en relación con la película que le sirve de base: este denostado filme es un remake en color de la famosísima película de Alfred Hitchcock, filmada en blanco y negro, como todo el mundo sabe. De la travesía del desierto creativo de Van Sant probablemente es ésta la película más interesante —a pesar de que fue la peor recibida— por su condición de experimento —unido a su carácter suicida en relación a su previsible, luego confirmada, acogida crítica—: en su adaptación, repitiendo casi plano por plano el clásico de Hitchcock, Van Sant demuestra, a pesar de todo y no sé si involuntariamente, que en el cine, al contrario que en literatura, no puede existir un Pierre Menard, que la reescritura en cine siempre es escritura, sugiriéndose así la maravillosa e inquietante naturaleza irrepetible de lo filmado.