No voy a comenzar este artículo arremetiendo contra la miopía de los programadores de este país que, después de 22 años, estrenan el debut en el campo del largometraje de Gus van Sant. En primer lugar, me alegro de la valentía —en realidad, quizás debería escoger otro adjetivo ya que ahora la apuesta por el autor de Last days conlleva poco riesgo— de los que han permitido acercarnos a sus primeros pasos a través de la pantalla grande. A modo de ejemplo, y situándonos en el nacimiento del nuevo siglo, ya han pasado cinco años del estreno de Eureka de Shinji Aoyama o No cuarto da vanda de Pedro Costa, cosa que nos lleva a la incómoda disyuntiva de convertirnos en delincuentes internautas o en procurar que nos transformemos en sapo a la espera de toparnos con el príncipe de turno. Para muchos, supongo, por fin ha llegado la última opción. En segundo lugar, me satisface haber disfrutado esta Mala noche después de los vuelcos que ha dado la filmografía de Gus Van Sant. Lo cómodo hubiera sido, en su momento, situar la opera prima del director estadounidense en el desgastado saco del cine independiente. 22 años después, resulta igualmente fácil hablar acerca de Mala noche en los mismos términos pero, no cabe duda, que obras como Mi Idaho privado, Elephant o Last days confieren a la obra de Gus Van Sant un fondo y una importancia que en otra coyuntura habríamos pasado por alto.
Mala noche es hija del cine underground, concubina de la obra de Andy Warhol. Los protagonistas de la cinta están emparentados con los personajes de Lonesome cowboys pero, afortunadamente, han pasado por el tamiz de un autor cinematográfico. La impronta de Gus Van Sant parece clara en el filme. Basada en la autobiografía de Walt Curtis, nacido en Portland, como el propio director, cuenta la historia de amor imposible entre el dependiente de un drugstore y un espalda mojada mexicano. La homosexualidad del primero no encontrará cabida en el joven inmigrante, más pendiente de otros menesteres (mujeres incluidas). La película se erige en un retrato de seres al borde del desencanto vital, constituye una radiografía de personas hundidas en el pozo de la desesperanza, de sujetos sin rumbo fijo ni ubicación en las que construir una identidad que les satisfaga. Justamente las mismas coordenadas espaciales en las que años después Gus Van Sant iba a situar a unos adolescentes homicidas en Elephant o a los personajes que pueblan la enorme Last days.

Rodada cuando el director cumplía 33 años, tuvo que amoldarse, por motivos presupuestarios, a las incomodidades de los 16 milímetros y al blanco y negro. Sin embargo, Gus Van Sant supo sacar provecho de las limitaciones. El aspecto poco cuidado de la cinta entronca con el fondo de la misma, mudando el imperativo técnico en un acierto estético. Además, el blanco y negro subraya la pesadumbre de la historia, su desasosiego. En buena parte del metraje no podremos ver el rostro de los personajes, escondidos en las penumbra, o simplemente mal iluminados. En contrapartida, el director inserta imágenes en color, rodadas por los personajes con una cámara de Super-8. Se trata de instantáneas de felicidad, de imágenes que quieren aprehender la ilusoria sensación de bienestar de los personajes.
Mala noche también es una historia de perdedores. Su catálogo lo recorren outsiders, inmigrantes, chaperos. Dos calles más allá del colmado que regenta Walt, casi podemos adivinar las correrías de Bob Hughes, el protagonista de Drugstore cowboy; bastante más lejos, presentimos el largo caminar de los antihéroes de Gerry. Los mismos personajes, situados en lugares distintos pero revestidos de la misma sensación de soledad ante un mundo inhóspito. Los paisajes, el devenir de las nubes, son los mudos testigos de la, de antemano, fracasada determinación de buscar un destino que todavía desconocen.
Drugstore cowboy, el filme que sigue a Mala noche conservaba de éste el gusto de narrar, de contar cosas, con la imagen. Esa bajada de pantalones que, para algunos, supuso el mini-ciclo iniciado con Todo por un sueño y finalizado con Descubriendo a Forrester, quebró de cuajo este rasgo, ese carácter propio que Gus Van Sant imprimía a sus películas. Desde hace años, desde el estreno de Gerry, el director viaja en la misma dirección de sus inicios pero por caminos distintos. Vuelve con la habilidad y la destreza de contar cosas mediante las imágenes. Pero, esta vez, desposeyéndolas de atrezzos, buscando la máxima expresión en planos nihilistas, suspendidos en el tiempo, como si Tarkovsky le hubiese ganado la partida a Welles. Seguramente Gus Van Sant ha roto con la narrativa clásica pero no creo que el poso de Paranoid Park sea muy diferente de la huella que deja esta, ya lejana, Mala noche.