La última película del realizador Neozelandés Lee Tamahori, deviene sin quererlo en un claro referente de los derroteros que han llevado al cine más comercial de Hollywood a estancarse en un agujero oscuro y profundo, fomentado por la continua voluntad de mezclar, buscar e indagar sobre nuevas piruetas que no hace sino pervertir un producto que a priori podía tener su interés.
Y es que un género tan puramente norteamericano como el cine de acción (evasión) pura y dura, parece haber caído al olvido para resurgir en el nuevo milenio disfrazado de continuas e innecesarias fusiones cuyo único resultado es un constante fluir de productos perjudiciales para películas que en su día fueron (y en la memoria siguen siendo) referentes dentro de su género, y que hoy en día, pertenecen al olvido. Porque honestamente, habría que recordar largometrajes como La Jungla de cristal, La Roca, Cara a Cara o Máximo Riesgo por poner tan sólo cuatro ejemplos de un cine concreto hecho con respeto y calidad, con limitadas aspiraciones artísticas y e ilimitadas económicas, pero que destilaban una simplicidad y pureza que no daba lugar a engaño, siendo esa su principal baza, y el hecho que mucha gente hoy en día las siga recordando y etiquetando como patrón y estandarte a seguir en esa línea.
Por el contrario, en la actualidad parece haberse perdido esa capacidad de explotar una idea o un género. Hoy en día una película de estas características es poco menos que incompleta si no se mezclan dos o tres géneros en uno para que el espectáculo ser mayor, ya sea mediante la acción con la ciencia ficción, la ciencia ficción con los cómics, los videojuegos con la espada y brujería, el cine bélico con el terror… dando como resultados híbridos que no pertenecen a ningún mundo y por méritos propios caen relegados al olvido. Y si no que se lo pregunten a todas las terceras partes que han asolado este verano nuestras carteleras, que por muchos millones amasados, poca gente puede defender las últimas andanzas de Jack Sparrow, la nueva entrega del hombre araña o e retorno del ogro verde, por poner recientes casos sobre lo expuesto en estas líneas (Por suerte, la esperanza del cine comercial nos llega de gente que sí parece haber entendido el juego y no flirtea con el engaño como el último y excelente Bond, Christopher Nolan y su Batman, o Soderbergh y su cuadrilla de los once. En ellos está el futuro de la defensa del cine como medio de evasi)
Y como no, Next es un claro ejemplo de todas estas simbiosis. Por una parte tenemos una idea curiosa e interesante que podría dar de si un buen thriller de intriga, que se va difuminando en una sucesión de secuencias cada vez más ridículas y pretendidamente complejas que acentúen y hagan progresar la idea inicial, pero el resultado es todo lo contrario. La premisa de la capacidad sensorial de Chris Jonson (Un perdido Nicolas Cage, que, a pesar de lo buen actor que es, está en todos estos saraos sin haber perdido aún la vergüenza) de poder ver el futuro 2 minutos antes de que ocurra, pero sólo si él está involucrado, se ve reemplazada como una excusa para ir empalmando una secuencia de acción con otra, perdiendo toda la originalidad y credibilidad que le damos al principio cuando súbitamente, la arbitrariedad de sus adivinaciones aparecen cuando los personajes más lo necesitan, cuando se ven en peligro, y no como al principio de la historia cuando él no tiene ninguna explicación lógica a ese don.

El ya flojo planteamiento, provoca que las secuencias de acción no sean más que un pegote que se engancha como un ancla colgante y que va dando tumbos hasta golpear la quilla del barco, impidiendo avanzar la trama en vez de ayudarla. A diferencia de excelentes recientes casos de thrillers con un par de secuencias de acción logradas, como las entregas del espía Bourne, en Next, toda la pirotecnia no es más que un lastre que aburre y rompe con toda la historia que se nos está intentando explicar, más aún cuando detalles tan básicos en la historia como la aparición del personaje de Jessica Biel, que es la persona que hace desestabilizar el don de Jonson, se queda solucionado en un polvo, más el manido secuestro por parte de los malos y el consabido y posterior rescate por parte del héroe… Ah sí, y al final no sabemos por que ella es la causante de esa imperfección en el don de él. En resumen, todo para nada. Las ideas interesantes quedan en el aire o apuntadas al principio como una excusa para enganchar pero de la cual nos olvidaremos gracias al ritmo incesante de las persecuciones y tiros dispendiados a lo largo de sus 93 minutos.
No hay que olvidar tampoco los más que evidentes paralelismos y semejanzas entre la película de Tamahori y la última realización de Tony Scott, Deja Vu. Ambas mezclan thriller, acción y ciencia ficción. Ambas tienen que ver con la capacidad de “viajar” y utilizar el tiempo como modo de detener actos terroristas, y ambos comparten la idea que la explicación reside en una mujer de la que se acaban enamorando los protagonistas. Pero donde Tamahori tiene a Nicolas Cage poniendo cara de sufridor y esquivando policías, coches y rusos, Scott tiene a Denzel Washington, un actor entregado que levanta la película y cuyo argumento, no por menos manido, se sigue con más interés ya que la gran diferencia entre Deja Vu y Next, es que en la película de Scott, se denota un esfuerzo considerable por mantener todas las ideas expuestas en el primer acto e intentar desarrollarlas a lo largo del metraje provocando que en el desenlace, todo tenga un sentido.
Ante fiascos de este calibre, esperemos que la gente que sí sabe hacer este tipo de cine, continúe por ese camino, y que aparquen de una vez estas baratas tomaduras de pelo maquilladas en millones y en una factura impecable, porque si no… ¿Qué será lo próximo? (What´s Next?)