Yo (Rafa Cortés, 2007)

Por Celina López Seco

La condición de extranjero es un lugar por el que se pasa de muchas maneras. Casi seguro es un sentimiento dialéctico entre el forastero y el local. Pero no es sólo una constatación que hacemos al estar fuera, cuando el entorno se desdibuja y todo se transforma en un paisaje ajeno. Quizás esta sea la forma más visible de su percepción. Pero muchas más veces, la dialéctica entre el de afuera y el de dentro es una doble ocupación de nuestro interior. Las coordenadas del acontecer varían de acuerdo a infinitas posibilidades, y la escisión del yo es tan impredecible como el hecho de un día, más allá de la edad, hacerse adulto.

Hans, Alex Brendemuhl, es un alemán que se traslada a la isla de Mallorca por trabajo. Solitario y ensimismado recorre el camino buscando su lugar. La isla sigue su curso habitual, una comunidad que básicamente vive del turismo y en invierno se recrea en sus costumbres. El derrotero de Hans no parece ser otro que la búsqueda de estabilidad lejos de alguna, quizás molesta, cercanía; y en un principio el tono amable y apacible con el que intenta vincularse se va cargando de una incomprensible apatía por parte del contexto. La película se tensa de miradas, pocos diálogos, un pasado irritante que los isleños nombran tácitamente y del cuál Hans parece ser sin saberlo, el heredero directo. Yo es una amenaza al mundo interior y frágil de los extranjeros, de los que por algún motivo se han escindido y saben que muchas veces el diálogo con nuestro otro yo es más cruel por invasivo e imposible que por lo que tenga realmente para decir. ¿Qué tiene el lado oscuro para mostrarnos? O mejor dicho ¿Quién se atreve a mirarlo?

Hans construye su propia culpa de un acontecimiento que no le pertenece. Poco a poco va montando una esclavitud hacia el pasado de la anterior persona que ocupaba su puesto, también alemán, y al igual que él también llamado Hans. Yo reconstruye las dudas y los fantasmas que atormentan a Hans en un doble juego social e individual. La isla, como condición geográfica, limitada por el mar y por tanto, aparentemente protegida de un afuera, es el escenario y la escena donde el protagonista se ve interpelado a sí mismo por sí mismo y por un extraño entorno aferrado celosamente a sus pertenencias. ¿Extranjeros también?

Como casi toda comunidad pequeña, donde los habitantes se conocen, el límite para estar de un lado o de otro es impreciso y depende de la buena voluntad de los presentes y de la fortaleza de los convidados. En esta química repara la película desgarrando y mimetizándose con el agresivo y el agresor, en tanto todos de una u otra manera, lo somos de nosotros mismos.

Algunas propuestas del cine español, como la de Rafa Cortés, parecen estar defendiéndose de costumbres grandilocuentes. Parecen querer evitar las frases sentenciosas y pararse del lado de una moral quebrada pero presente, disgregada pero existente, que late, que es personal porque intenta también ser social para definirse.

¿Nos hemos todos convertido en adultos? ¿Nos animaremos a mirar el pozo oscuro, aquél que quizás refleje un rostro que es otro yo?

Un otro yo. Tal vez el reconocimiento de ese otro extranjero, el nuestro, transforme la dialéctica no ya en una nueva síntesis, sino en una menos pacata y conservadora cultura de la tolerancia. A ver… ¿Se podrá algún día ser extranjero, asumir las dualidades, sin ocultarse?