Los filmes colectivos poseen una fama injustamente negativa, seguramente basada en una aseveración que, aunque superflua por obvia, acaba convirtiéndose en dogma por el efecto de la repetición: que dichas películas son irregulares. Claro. Se trata de un conjunto de cortometrajes, y no de un largometraje como unidad narrativa propia, de modo que la globalidad no tiene más remedio que ser, por la heterogeneidad de sus elementos, irregular: son filmes que albergan obritas magníficas junto a otras prescindibles. Sin embargo, frente a esa tópica y banal afirmación, nos encontramos con obras colectivas de una riqueza extraordinaria, heterogéneas en sus puntos de vista y, normalmente, plagadas de talentos creativos que tratan de sintetizar en unos pocos minutos su potencia narrativa. La película que nos ocupa es uno de estos casos y, además, se erige, por varias razones, en una de las propuestas imprescindibles del cine europeo contemporáneo.
La primera es que, como decíamos, nos ofrece el talento de once cineastas singulares y, por cuestiones diferentes, fundamentales en el cambio de siglo: Youssef Chahine, Amos Gitai, Alejandro González Iñárritu, Shohei Imamura, Claude Lelouch, Ken Loach, Samira Makhmalbaf, Mira Nair, Idrissa Ouedraogo, Sean Penn y Danis Tanovic. En segundo lugar, porque el filme representa mejor que ningún otro el potente futuro que posee Europa en el ámbito de la coproducción, al contrario de lo que ocurrirá si las cinematografías nacionales pretenden encastillarse en sus únicos recursos; en el filme que nos ocupa no sólo colaboran Reino Unido y Francia (país patrocinador de la idea mediante Alain Brigand) sino que además logran involucrar a países de cuatro continentes e, incluso, consiguen que zarpen en el mismo barco Estados Unidos e Irán, algo aparentemente imposible en otros ámbitos. Y, en tercer lugar, porque ofrece un sugestivo fresco (compuesto por once cortometrajes que duran exacta y simbólicamente once minutos, nueve segundos y un fotograma) sobre la destrucción de las Torres Gemelas por el terrorismo islámico en lo que es, sin ningún género de dudas, el acontecimiento más importante de este siglo y, seguramente, uno de los más influyentes de la Historia.
Esos tres vértices serían suficientes para que el filme se convirtiera en un centro de interés ineludible al repasar el cine europeo moderno. Pero además contiene una pequeña joya del cine actual y, como mínimo, otros dos excelentes cortometrajes; por añadidura, los restantes ocho trabajos en ningún caso carecen de interés.
Que la mejor de todas las pequeñas películas sea la de Sean Penn no deja de resultar especialmente significativo en este arranque de siglo en el que la cultura, también el cine, está cambiando ineludiblemente; Penn no sólo es mucho más un actor que un cineasta sino que bien podríamos decir que es antes un ser político que cinematográfico, habiéndose constituido durante los últimos años en uno de los arietes públicos de la animadversión hacia el gobierno de George W. Bush. Los tres largometrajes que ha dirigido o sus dos documentales (en torno a Bruce Springsteen y Peter Gabriel) son menos importantes que su activismo ideológico. El cortometraje que aporta al filme es demoledor: un anciano viudo y trastornado (trasunto alegórico de todo un país) se marchita alrededor de sus recuerdos, del mismo modo que las flores muertas en el alféizar de la ventana, hasta el día en que caen las Torres Gemelas; esa jornada vuelve a entrar la luz en su casa porque los rascacielos ya no lo impiden, y sólo entonces las flores renacen y él se da por fin cuenta de que su mujer no volverá. Un puñetazo en la boca del estómago a cierto autismo ideológico norteamericano y una abierta invectiva a la reacción estadounidense ante el atentado, carente de toda autocrítica. Penn viene a decirles a sus conciudadanos que quizá la caída de las torres sea una oportunidad para salir de un ensimismamiento que ha impedido evitar lo ocurrido y, por tanto, quizá sea también una ocasión para lanzarse hacia el futuro más que para anclarse en el pasado.
Otro puñetazo sin piedad es el de Ken Loach, siempre magnífico y de una transparencia casi suicida; mediante una carta escrita por un chileno afincado en Londres, Loach se solidariza con las víctimas de la tragedia de Nueva York, esperando al mismo tiempo que ellas no se hayan olvidado de las víctimas del golpe de estado contra Salvador Allende, ocurrido otro día once de septiembre y que fue auspiciado por el gobierno de Estados Unidos; la contundencia del mensaje se revela incontestable con las imágenes de archivo en las que Bush define el ataque islamista como un vil atentado contra una democracia legítima, unas palabras que serían aplicables al cien por cien al golpe de estado en Chile. Excelente resulta también el cortometraje dirigido por Claude Lelouch, en un tono completamente diferente, de narración realista pero fuertemente ficcionado y esencialmente emocional; la propuesta formal es arriesgada y eficacísima, puesto que en medio del ruido y la furia del atentado, Lelouch nos coloca ante una mujer y un hombre sordos que se encuentran en una grave crisis sentimental; el corto, completamente mudo para el espectador, se basa en la comunicación entre ambos mediante el lenguaje de signos; él sale a realizar su trabajo como guía en una de las torres y, sin que ella se haya enterado de nada de lo ocurrido, llega a casa completamente cubierto por el fango y las cenizas pero vivo, en lo que parece ser una segunda oportunidad para ambos; Lelouch viene a decirnos que el fin del mundo para una parte del mundo puede ser el comienzo de algo bellísimo para otra parte, aunque sea en el ámbito de la intimidad.
El resto de películas breves resultan notables (las de Makhmalbaf, Ouedraogo, Iñárritu, Gitai y Nair) o interesantes (las de Chahine y Tanovic), a excepción quizá de la propuesta de Imamura que, en su alegorismo críptico, cae a partes iguales en un innecesario hermetismo y en una cierta ingenuidad demagógica (No hay guerra que sea sagrada). El corto iraní nos traslada el miedo en el que viven los afganos ante la posible represalia estadounidense; Ouedraogo nos cuenta la historia de unos niños africanos que se hacen a la idea de haber visto a Osama Bin Laden y pretenden la recompensa por su captura, de modo que cuando creen haberle visto marcharse gritan ¡Bin Laden, vuelve, por favor! La radical propuesta mexicana nos desvela varias cosas de Alejandro González Iñárritu: su capacidad de riesgo, su exploración de los vericuetos creativos y su innegable talento comunicativo; termina con una pregunta retórica encaminada a la reflexión: La luz de Dios, ¿Nos guía o nos ciega? Amos Gitai realiza un ejercicio formal extraordinario, con un único plano secuencia en el que se nos traslada el paralelismo entre el atentado de Nueva York y otro atentado suicida en Jerusalén donde, por desgracia, eso sucede casi a diario, recordándonos también otros onces de septiembre trágicos que no son tan conmemorados. Mira Nair nos cuenta en su corto hindú una escalofriante historia real: la de un ciudadano indio que fue considerado como uno de los terroristas sospechosos hasta que fue descubierto su cadáver y se supo que en realidad había muerto bajo las torres por tratar de salvar vidas ajenas. Las tragedias de Beirut y Srebrenica son los lugares simbólicos a los que acuden Chahine y Tanovic (en sendos trabajos demasiado distantes y algo desaseados) para reflexionar sobre el discutible papel estadounidense en el panorama internacional.
Y, aparte de las cualidades de cada una de las propuestas, sobre este fuerte oleaje provocado por once trabajos de gran calado intelectual y moral, el rumor de una pregunta inquietante e insoslayable, al terminar de ver el filme: ¿Por qué once cineastas de cuatro continentes diferentes, al reflexionar sobre una matanza sufrida por la población de Estados Unidos a manos de fanáticos islamistas, coinciden casi unánimemente en una crítica, más o menos feroz, al país que ha sido víctima de los atentados?