A la hora de adaptar las aventuras del bravo capitán creado por Arturo Pérez-Reverte, lo más fácil, según la costumbre, hubiese sido centrarse en el esqueleto argumental de una de las —por entonces— cinco novelas publicadas, enriqueciéndolo luego con algunos aspectos entresacados de los otros libros de la serie. Agustín Díaz Yanes, director y guionista, optó, en cambio, por incluir en su filme peripecias de todas las novelas. Su solución no fue la de acomodarse a una narración canónica de argumento fuerte, cerrado, compacto, con pocos episodios, si bien muy trabados y conectados entre sí. Se decantó por un relato de estructura episódica donde poder encabalgar unas aventuras con otras como partes de un proceso vital (los últimos años de la vida del protagonista, de 1622 a 1643), y no abordarlas como eslabones al servicio de una aglutinadora acción central.
En ese sentido, Alatriste se emparenta con la narrativa del Siglo de Oro español en que se localiza (a su vez heredera de hitos como El asno de oro de Apuleyo), utilizando el sistema de enfilage o técnica estructural de los episodios en sarta, al estilo del Lazarillo de Tormes o El Buscón, más proclive a la (re)creación de situaciones, cuadros, escenas, tipos. Esa misma clase de relatos aventureros tan amados por Pío Baroja, donde todo era puro suceso: obras de “argumento disperso” con una “narración que marcha al azar, que se hace y deshace a cada paso”, según ocurre en la novela española antigua, pero también en la inglesa y en la rusa. Un tipo de narración en el que pasan muchas cosas de manera fortuita, produciéndonos una misteriosa sensación de vértigo emocional ante ese implacable discurrir de los sucesos, a los cuales deberá dar sentido último el lector. Un género de relato que sólo precisa de dos ingredientes: el personaje y el destino. En nuestro caso, Diego Alatriste, por una parte, y el ocaso de unos seres y de un imperio, por otra. Así que uno de los diversos méritos de Alatriste radica en formular un discurso desmarcado de los ritmos naturales del cine comercial al uso. Su dicción elíptica y fracturada juega sus bazas con audacia y sin complejos: prescinde de la socorrida voz en off explicativa y respeta la inteligencia del espectador, al confiar en su cultura y no imponerle un puntero sobre el renglón a seguir.
Claro que esa dicción entraña sus riesgos. No es tanto que, a ojos del espectador medio, la atípica urdimbre narrativa del largometraje dote a su enunciado de un aura extraña, a tono con esa otra extrañeza irradiada por el susurrante español introspectivo del actor Viggo Mortensen (¡soberbio Alatriste!). Hablo de que a veces chirría, dando lugar a sartas de muy desigual valor, en su afán por acumular el mayor número posible de episodios extraídos de los diferentes libros. Ello acarrea cierta dislocación expositiva, sobremanera durante la segunda mitad de su primer cuarto. Determinados pasajes resultan confusos, por atropellados, como pasa con los lances relativos al atentado contra el príncipe de Gales. Aunque se acoja a la “linealidad deshilachada” de la narrativa áurea española, es cierto que Alatriste, tan paradójica y llena de contrastes como la España que retrata, no logra imponer del todo su ritmo y energía intrínsecos. Con todo, Alatriste tiene huella dactilar: ha preferido construirse desde dentro, buscando su propia voz conforme a la tradición cultural hispánica. A ratos cojitranca, como el propio Quevedo, esta suerte de superproducción de arte y ensayo sabe, no obstante, desgranar secuencias de poderosa resolución. Pienso en la nocturna ‘encamisada’ contra los flamencos (ajena a efectismos pseudoépicos, como la batalla final de Rocroi), o en la visita de Alatriste al hospital de sifilíticas de ese Madrid imperial podrido de miseria, donde agoniza su amor, uno de los más intensos momentos del cine español en años.