Billy Elliot no es, desde luego, una gran película. Ni siquiera es una buena película, pero al menos tal vez sea una película útil como excusa para acercarnos a cierto cine británico aparentemente comprometido pero que en realidad desvela tras el más mínimo análisis su carácter esencialmente falaz. La opera prima de Stephen Daldry se inscribe, aunque sólo sea superficialmente, en la tradición de un cine británico —o, mutatis mutandi, de otras nacionalidades— comprometido socialmente, atento a las condiciones de vida de la clase trabajadora, desde las primeras obras del free cinema, hasta llegar más recientemente a realizadores como Ken Loach, Terence Davies o algunos largometrajes de Stephen Frears, pero trivializando enormemente sus postulados sociales e ideológicos —que son también formales—, incluso desarmándolos hasta la inanidad. No dejan de resultar muy significativos, en este sentido, los paralelismos entre Billy Elliot y Full Monty (Peter Cattaneo.1997), el último gran sleeper del cine británico, revelando claramente la actitud mimética, el deseo de repetir el clamoroso impacto comercial del filme de Cattaneo, que movió a los responsables de Billy Elliot: ambos son filmes bastante tramposos que narran la superación de unas duras condiciones de vida a través de un espectáculo musical de escaso prestigio social en la comunidad, la danza y un espectáculo de streaptease, respectivamente.
Por supuesto, la elección narrativa de Daldry, el relacionar una iniciática historia individual con un conflictivo contexto social —en este caso, una huelga de mineros—, si bien es poco original, es plenamente válida, y de hecho el filme extrae de aquí algunos de sus mejores momentos. Billy Elliot narra la historia de una conquista —personal— pero también de una derrota —colectiva—. Doble movimiento antagónico que va a estar reforzado en el film de forma visual: los saltos de Billy (Jamie Bell) que abren y cierran el filme, la sensación de volar que siente cuando danza, van a estar contrastados por el descenso de los obreros a la mina después de que el sindicato haya cedido en sus reivindicaciones. Las dos historias, pues, van a estar narradas en paralelo durante buena parte del film pero en un determinado momento ya no van a poder andar por separado: la posibilidad de continuidad de la carrera de Billy va a pasar por la claudicación de su padre (Gary Lewis), incluso por la humillación, situación que va a originar una de las escenas de más fuerza de la película —la de su regreso al trabajo como esquirol, a pesar del profundo rechazo que esto le genera, necesitado de dinero para que su hijo pueda presentarse a un examen de ingreso a una escuela de danza—, vigor proveniente del mutuo enriquecimiento de las dos historias, del conflicto que se produce cuando ambas se encuentran, a salvo la película, al menos en momentos como éste, de posturas maniqueas, simplistas.
Sin embargo, es en esta integración de una historia individual en un trasfondo social donde Billy Elliot desvela también la debilidad, incluso la primordial deshonestidad, de sus planteamientos ideológicos y la verdadera naturaleza insustancial del filme. Durante toda la película la música y el baile han servido a Billy para amortiguar el ruido procedente del exterior, para olvidar todo, como él mismo dice (no en vano la única persona de su familia que alberga desde el principio esperanzas en la carrera de Billy como bailarín es alguien que también ha olvidado, que permanece ajena al entorno: su abuela, enferma de Alzheimer). En este sentido, Billy Elliot recuerda al cine musical clásico citado en el film a través de los musicales de Fred Astaire y Ginger Rogers: en ambos la música expresa la alegría de vivir, un consustancial optimismo, que aquí deviene meramente en conformismo ideológico, en un ejercicio evasivo y de desmemoria. Así, la película concluye con un epílogo —que además resulta muy artificioso, un forzado pegote narrativo— en el que asistimos, años después, a una representación de Billy, ya convertido en un reconocido bailarín. En la doble dinámica, apuntada unas líneas más arriba, de ascenso y descenso que vertebra el relato, éste se decanta finalmente por el proceso de ascensión de Billy. Nada sabemos ya de la situación de los mineros, ya no interesa; la película también los ha olvidado.