La obra del magnífico escritor suizo Robert Walser no ha suscitado demasiado interés entre los creadores cinematográficos y en las escasas ocasiones en que lo ha hecho el film resultante no ha estado a la altura del punto de partida. El complejo mundo del escritor en realidad parece no haber encontrado nunca a un cineasta capaz de comprenderlo, y la notable dificultad de muchos de sus escritos parecen haber justificado la ausencia de adaptaciones. Por eso, independientemente de su valor fílmico, la interpretación por parte de João César Monteiro de una pieza del escritor resulta un hecho extraordinario. Monteiro al igual que Walser es otro artista marginal, un autor de sobria sintaxis, mirada austera, precisa, y con una obra cargada de interrogantes, enigmas, belleza. Los días de Walser terminan tendido sobre la nieve, a poca distancia del manicomio que durante años había sido su hogar. Monteiro, uno de los más sobresalientes cineastas portugueses, junto a Oliveira y Costa, y uno de los mejores autores europeos, abandona el anonimato, paradojas del destino, gracias a su necrológica, y durante los famosos quince minutos de Warhol, se convierte para diferentes medios más o menos elitistas en un director fundamental. El cuarto de hora sin embargo parece haber transcurrido, y ya nadie se acuerda, después de líneas y líneas rimbombantes, de las excelencias de su obra. El ciclo de las pícaras desventuras de João de Deus, todo un sosias del propio Monteiro, es quizá la parte más recordada a día de hoy dentro de su filmografía, en prejuicio de títulos mucho más experimentales, o radicales, como Veredas (1978) o Le bassin de JW (1997); la adaptación de Blancanieves, un drama en verso que reinterpreta el cuento de los Hermanos Grimm, pertenece indiscutiblemente a este camino mucho más hermético. La Blancanieves de Monteiro es un film único en la cinematografía contemporánea, en que la imagen literalmente desaparece, durante prácticamente todo el metraje contemplamos una pantalla negra, y los verdaderos protagonistas que envuelven al espectador, que construyen una atmósfera tan mágica como inolvidable, son las voces de los actores y los diversos sonidos. Los tiempos en que el espectador podía estar más o menos receptivo a este tipo de propuesta ya forman parte del pasado, y la distribución de un film como este parece ser el estar condenado a deambular por determinados festivales y filmotecas. Una película de estas características resulta tan sorprendente como necesaria; se puede entrar con mayor o menor dificultad, aceptar o rechazar, pero lo que es innegable es que encontrarnos ahora mismo en cualquier cinematografía con una apuesta eminentemente experimental, apartada de cánones, y con la voluntad de un artista de profundizar, investigar, transgredir las diferentes posibilidades del medio en el que trabaja, es única, y por tanto todo un privilegio. Branca de Neve es un film extraño, cerrado, cargado de poesía, que consigue un maravilloso diálogo entre el escritor de origen y el director de cine que recoge y hace propio las palabras de éste. João César Monteiro caminando tras la huellas dejadas en la nieve por Robert Walser, por fin lo ha encontrado, y es para unos pocos una suerte haber asistido a la conversación entre los dos poetas.