Buongiorno, notte (Marco Bellocchio, 2003)

Por Hilario J. Rodríguez

A veces aceptamos una mordida si creemos que gracias a ella vamos a aprender algo importante, imposible de asimilar de otra manera. Pero cuando nos muerden sin darnos nada a cambio, nuestro enfado puede alcanzar grandes proporciones. Digo esto porque Marco Bellocchio nos ha mordido durante mucho tiempo, a veces con más razón que otras y en ocasiones sin ningún motivo que le justificase. Eso nos ha obligado a amar y odiar sus películas con la misma intensidad. Sus ataques contra la familia, el Estado, la burguesía o la religión han sido pertinentes e injustificados por igual, por culpa de su actitud, siempre demasiado variable. Él mismo, no obstante, es consciente de lo anterior. Muchas de las transformaciones que ha sufrido su obra se deben a los cuestionamientos que el realizador italiano ha hecho de sus propias ideas. Buenos días, noche, sin ir más lejos, es una revisión de algunas de sus anteriores posturas, aunque no para llegar a conclusiones diferentes sino más bien para presentar ciertas cosas de un modo distinto. Todo lo que se dice con absoluta seguridad en películas como Las manos en los bolsillos (I pugni in tasca, 1965), China está cerca (La China e vicina, 1968), el episodio Discutiamo, discutiamo, de Amor y rabia (Amore e rabbia, 1969), o En el nombre del padre (Nel nome del padre, 1972), ahora se susurra. Da la sensación de que el tiempo ha destruido casi todas las seguridades de Marco Bellocchio.

Su última película narra el secuestro de Aldo Moro (Roberto Herlitzka) por parte de un comando de las Brigadas Rojas, compuesto por una mujer (Maya Sansa) y tres hombres (Luigi Lo Cascio, Giovanni Calcagno y Pier Giorgio Bellocchio). Los cuatro terroristas son jóvenes de ideas extremas, que desean provocar una auténtica revolución proletaria con su acto, sin conseguirlo. Ninguno de ellos entiende que, después de anunciarse el secuestro, no suceda nada. “¿Por qué no se rebelan?”, se preguntan todos al comprobar en la televisión la repulsa del pueblo italiano, su deseo de mantenerse unido cuando la persona que estaba a punto de lograr una coalición entre la Democracia Cristiana y el Partido Comunista ha sido capturado por un grupo radical. En adelante, y hasta la ejecución de Aldo Moro, sólo la joven sale del apartamento donde secuestradores y secuestrado están confinados. Eso le proporciona a ella una perspectiva de la realidad distinta de la de sus compañeros, por eso pone en duda la decisión final de estos últimos.

Marco Bellocchio no parece interesado en contextualizar la situación. Prefiere abstraerse, concentrándose en la atmósfera claustrofóbica en el piso, como si en realidad cualquier forma de terrorismo pudiera adecuarse a una imagen parecida y como si ciertas ideologías se formasen como lo hace la de los protagonistas de la película, a quienes sólo se ve delante del televisor, siguiendo programas de Raffaella Carrá o haciendo peregrinas argumentaciones, sin que en ningún momento duden de sus ideas o de sus objetivos. Al final, el absurdo asesinato de Aldo Moro parece una pulsión provocada por una misteriosa fuerza que, a medio camino entre Sigmund Freud y Karl Marx, quiere recordar la necesidad que tiene todo hijo de matar a su padre si de verdad quiere ser algo, aunque sólo sea un patético asesino.