Caché (Michael Haneke, 2005)

Por Esther García Llovet

El 17 de octubre de 1961, en París, durante una manifestación pacífica del FLN por la independencia de Argel, más de trescientos argelinos fueron reprimidos por la policía a las órdenes de Maurice Papon y los cadáveres de doscientos de ellos fueron arrojados al Sena donde la corriente los arrastró hasta el mar. En 1981, año de su jubilación, Papon aún seguía ejerciendo cargos públicos sin restricciones y no fue hasta 1998 cuando fue juzgado y condenado.

Cuarenta años después.

En  2005, en una entrevista concedida a Serge Toubiana, Haneke se referirá a este acontecimiento histórico como el detonante de Caché, la película que entonces acababa de rodar. Explica cómo no había tenido noticia de la masacre (recordemos que Haneke es alemán) hasta unos meses antes, y la forma en que le impactaron las imágenes de los cuerpos en la corriente del río y el hecho de que un suceso de esta magnitud quedara sepulto, escondido, durante cuarenta años, sin que nadie se responsabilizara del mismo. Esto es  lo que Haneke nos descubre en Caché:la responsabilidad del silencio. Lo que permanece oculto en el imaginario colectivo, la culpa y lo que hacemos con la culpa. Aunque Haneke no se refiera tanto al hecho concreto de la masacre de 1961 (que está tratada de forma casi anecdótica en la película) como  a cualquiera de los horrores cotidianos de los que somos testigos en los medios de comunicación, un ámbito al  que Haneke se refiere con frecuencia. Hay en su cine una permanente dislocación de la mirada, sea a través  del punto de vista de un niño o a través del objetivo de una cámara, que remiten a una dimensión diferente de la del plano de  realidad de la película. Tanto es así que la muerte (mueren muchos animales en sus películas, Haneke pasó su infancia en una granja) resulta a menudo de una brutalidad que parece falsa, falsificada, una invención. Un producto mediático. Esto es lo que, según Haneke, procuran los “media”: reinterpretar el temor.

En Caché nos preguntamos, como Georges (el protagonista) quién es el responsable de lo que estamos viendo, quién graba los vídeos, quién es el culpable, quién está mirando (¿será Georges?,¿o el mismo Haneke? ¿Seremos nosotros, los espectadores, los que grabamos las imágenes?).Pareciera que la intención de Haneke no es otra que hacernos responsables de lo que vemos, no sólo del contenido, del objeto de lo que nos muestran los medios de comunicación, sino también de lo que elegimos ver. Se puede ser, o no, culpable de lo que nos informan, pero sí se es responsable de lo que se evita mirar. La responsabilidad también puede ser un arma ejecutiva.

En la entrevista de Toubiana, Haneke se refiere a su cine como “desestabilizador” en el sentido de que no hay violencia más inquietante ni más incómoda que la que no encuentra explicación (contrariamente al cine americano, que busca cerrar sus historias con una conclusión razonable). Creo que Caché desestabiliza además por la extrema frialdad de sus personajes (tanto que  parecen provenir de historias, incluso de películas diferentes) y que tanto Caché como Michael Haneke, resultan indispensables por eso mismo: porque acudimos a la literatura y al cine y a los medios de comunicación buscando una explicación a la realidad, cuando la realidad es por sí inexplicable.