Choses Secrets / Les anges exterminateurs

Por Israel Paredes

Jean-Claude Brisseau rueda en el año 2002 Choses Secretes, película que sin quererlo le lleva en el 2006 a realizar Les anges exterminateurs. Ambas forman un extraño y estimulante díptico que nace de una manera tan extraña como estimulante, donde la realidad se confunde con la ficción sin que haya habido un intento previo y concebido de que así sea. Cuando Brisseau prepara Choses Secretes y realiza el casting buscando actrices para la película, parece ser que exigía que se masturbaran en su presencia, puesto que en la película las actrices tienen que hacerlo. Tras rodarla y estrenarla, será denunciado por varias de esas jóvenes, y de esa experiencia nace Les anges exterminateurs, película que recoge esos sucesos pero los llevaba más allá, sobre todo aportando una mirada que amplia la anterior película y dotando a todo de una cierta ironía que no deja lugar a dudas.

Si en Choses secretes Brisseau lanzaba una mirada hacia nuestra relación con las imágenes, mostrando hasta que punto la realidad se encuentra en la actualidad sometida al concepto cinematográfico que proyectamos en lo que nos rodea, los sucesos en que se vio envuelto no vinieron sino a reforzar esa idea, siendo el propio cineasta quien era engullido por su obra. La visión que lanzaba sobre la perversión se volvía hacia él, pero en vez de hacer un drama sobre lo acontecido en su persona, acometía Les anges exterminateurs, que no es sino una visualización de lo que le sucedió, es decir, daba la vuelta a todo: si Choses secretes hablaba sobre una idea generalizada sobre la recepción de la imagen y la perversión intrínsecamente adherida a ella, esa suerte de continuación venía a hablar sobre cómo la imagen puede volverse contra una y convertirse en algo perverso en realidad. Se daba en este sentido un caso insólito en la cine contemporáneo, donde una película tomaba de alguna manera realidad, más en su sentido interno que por aquello que narra, para dar forma a una nueva película surgida de sus más oscuros secretos.

Lo más llamativo de ambas es la estética desplegada por Brisseau. No hay en sus imágenes una mirada oscura, si no un consciente intento de hacer bella la perversión. El color, los planos, toda la puesta en escena, rehúsa la suciedad que desprende el interior de los personajes. Nace un claro contraste y todo se vuelve perversamente corpóreo. Las masturbaciones femeninas y las escenas sexuales adquieren por sí mismas un ritmo narrativo que adquieren forma cuando los personajes masculinos miran, que no son sino el contrapunto de la mirada del espectador, quien mira sorprendido aquello que sucede ante él en la pantalla. Brisseau sabe bien trazar una línea recta entre el personaje y quien desde su posición de espectador se somete a las imágenes. Para el cineasta galo la imagen es ya de por sí algo perverso, sea cual sea su contenido interno, pero en el momento en que la realidad se apodera de la ficción, esa perversidad asume una posición mucho mayor, porque cuando se rompe toda frontera de separación entre lo creado y lo vivido, tanto realidad como creación, sin dejar de ser lo que son, adquieren unos puntos de unión, cuando no de confusión entre ellas, que hacen que se tambalee tanto nuestra concepción del mundo como del cine, en caso de no ser ambos aspectos lo mismo. De ahí la importancia de dos obras que se alzan como el díptico más estimulante y perverso de los últimos años.