Es por medio del mundo de la música como Olivier Assayas despliega con Clean toda una subterránea alegoría sobre la actual coyuntura del cine. En una larga conversación con Ángel Quintana, Olivier Assayas reconocía que la música ocupaba un lugar destacado en Clean (2004), de manera parecida al que ocupaba en su primer largometraje Désordre (1986), dado que «mi relación con la música siempre ha sido determinante, sobre todo cuando quiero establecer mis relaciones con el cine. Mientras la mayoría de cineastas mantienen una relación privilegiada con el propio cine, a partir de su experiencia cinéfila, mi relación privilegiada ha sido siempre con la música» [1].
Désordre (1986) era ya un filme sobre la pérdida de la inocencia del rock, de la música; un filme que históricamente corresponde a la disolución del punk y en donde vemos llegar a una generación más calculadora cuyas convicciones y fe ya no son suficientes, produciendo esa pérdida una profunda nostalgia.
Clean hace regresar a estos mismos temas para la época de los últimos vestigios de una época clausurada: la de la escena rock independiente de los años 80, donde el protagonista Lee Hauser (James Johnston, el músico de Nick Cave y los Bad Seeds) es una acabada estrella de rock canadiense que no quiere entrar en una nueva generación musical basada únicamente en la industrialización de la música.
Una fama mal asumida en su día y la drogodependencia han arruinado tanto la vida de Lee como la de su mujer Emily Wang (Maggie Cheung), también cantante y heroinómana, quienes son incapaces de cuidar de su pequeño hijo Jay (James Dennis), el cual vive en Canadá con sus abuelos paternos. Para colmo, Lee muere de una sobredosis a causa de la droga comprada por Emily, quien debe cumplir seis meses de condena en la cárcel, sufre que el gremio musical le dé la espalda y ve cómo pierde la custodia de su hijo. A partir de entonces, Emily encara una lucha diaria por encontrar un lugar en un mundo que no la acepta y por recuperar a su hijo.
Bajo el impulso de los fantasmas —el de su marido muerto, pero también el de una época mítica ya finiquitada—, Emily se desintoxica y su suegro Albrecht (Nick Nolte), custodio de Jay, se acerca a ella para compensar la pérdida de su hijo Lee. Y es que en Clean la idea de la desaparición y su dolorosa aceptación como camino para la auto-reinvención son el centro de gravedad de la película. La purificación que Emily debe efectuar no es sólo médica: constituye una curiosa metáfora sobre encontrar —o evitar— un camino plausible entre todos los que se le presentan. Se trata decir adiós al pasado para reconstruirse y alumbrar así el futuro propio: las personas pueden cambiar si verdaderamente lo necesitan, dice a Emily el personaje interpretado por Nick Nolte. Y el cine, también.
Al igual que Albrecht, Assayas opta por la confianza. Por eso firma una obra acerca del adiós a una dependencia mediante el traumático encuentro de una mitología caduca con la verdadera realidad de un mundo en transformación. Como Lee Hauser, el cine ha perdido el marco de referencia. En su caso la cinefilia clásica, antaño útil pero hoy obsoleta en su apreciación del cine actual, tan en proceso de mutación como necesitado de criterios acordes con su presente. El posible cine del futuro propuesto por Clean —el filme más optimista de su autor— persigue idéntico objetivo al de sus protagonistas: asentarse y despojarse de lo innecesario, estabilizarse y encontrar su equilibrio intrínseco, llegar a estar limpio. Olivier Assayas expresa a través de Emily la fe en la posibilidad de reinvención, fiel a su idea de que “debemos pensar el cine desde su presente observándolo sobre todo como un arte de la percepción contemporánea”.
[1] Ángel Quintana, Olivier Assayas. Líneas de fuga, Festival Internacional de Cine de Gijón, 2003.