code 46 (Michael Winterbottom, 2003)

Por Antoni Peris i Grao

Kingdom Come

Es curioso observar de dónde provienen las miradas que el cine ha dedicado al fin del mundo en los inicios del siglo XXI. Tenemos, por una parte, las miradas de directores que se plantean un lugar bajo del sol de la industria como el veterano Spielberg y su Guerra de los mundos y la de Cuarón, con su inquietante versión de Children of men, una Europa demonizada por fascismo y anarquía a partes iguales, una Europa que agoniza sin herederos. Hay, también, la mirada amarga de dos veteranos. La desesperanza de Hanneke que planteaba en Le temps du loup, la caída de la civilización. Y, por otra parte, Una historia hablada, fábula ilustrada de Oliveira (tan detestado como amado) que plasmaba como la civilización europea mediterránea se hundía mientras se contemplaba el ombligo, perdiendo simultáneamente la memoria histórica y el futuro.

Hay una desesperanza más  propia de estos tiempos en todas las imágenes de Winterbottom. No es tanto un nihilismo, como una aceptación tácita del “pues esto es lo que hay”. Sus personajes lamentan la situación sin expresarlo y tratan de mantener a flote sus ánimos y simular que aun pueden albergar esperanzas, desde el Londres de las clases sociales deprimidas de Wonderland a los pueblos mineros de The claim o a las ensoñaciones melancólicas que flotan sobre las  heladas estepas polares de 9 songs. Hay, en coincidencia con el nonagenario Oliveira, el apunte de que, pese a su pobreza, son los orientales quienes mantienen la fuerza y la energía necesarias para sobrevivir, cómo indica tanto en In this land como en Road to Guantanamo. Aun con dos miradas distintas, el punto de vista del joven nonagenario y del veterano del nuevo siglo vienen a ser el mismo. El mundo ha cambiado bajo nuestros pies y deberíamos, como mínimo, ser conscientes de ello.

Me doy ahora cuenta que el nombre del pueblo de The claim era Kingdom come. El Reino por venir, el Nuevo Reino, Nuevo Mundo. Este nuevo mundo ya ha llegado y todos los personajes de Winterbottom pugnan por estar en él.

Código 46, curiosamente, muestra los avatares de un par de personajes a quienes no les importaría estar fuera de él. En el mundo de Código 46 no hay Apocalipsis posible. No hay, tan siquiera, la posibilidad de que los personajes de Oliveira inicien su viaje por el Mediterráneo. El Apocalipsis ya se produjo y la consecuencia es un mundo global, aséptico, controlado por compañías aseguradoras  que rigen los destinos de la humanidad, manteniendo una parte de la misma en la zona restringida.. Los análisis genéticos determinan “a priori” quién puede nacer y quien no y determinan también quién puede viajar a determinadas áreas geográficas sin sufrir enfermedades. Como si dispusieran de una carta astral o de una bola de cristal, empresas y administraciones otorgan o niegan visados de salida en función de las posibilidades de contraer enfermedades o sufrir accidentes. Y, si es preciso, intervienen los ciudadanos que no cumplen la ley forzándoles a abortar, alterando sus memorias e, incluso, a autodelatarse mediante la activación de genes implantados.

Es cierto que sigue habiendo una parte de la  población deseosa de acceder a lo que sería el Primer Mundo. No obstante, la vida fuera del mismo no se caracteriza necesariamente por una precariedad o por la miseria. Winterbottom no le niega ciertas comodidades y una proximidad (aun dentro del exotismo) a nuestra vida actual que no está presente en la frialdad del Nuevo Mundo. Un mundo, una sociedad, que puede incluso crear mecanismos biológicos que permiten crear emociones o empalizar con la gente pero que, por su misma artificialidad, impide que estos avances puedan disfrutarse como extraordinarios, como mágicos, como agradables. De este modo, contrapone la certeza al riesgo; pero también la falta de libertades a la libertad de movimientos. Y sobretodo, contrapone un mundo dónde el amor es obligado, dirigido, impuesto incluso mediante manipulaciones de la memoria, a una zona libre de normativas, dónde el amor todavía deja lugar a las sorpresas y a las amarguras. La sociedad creada por Winterbottom llega a ser más desagradable, más repugnante, que la equivalente de Gattaca de Andrew Nichol, con la que tiene puntos en común. Un nuevo mundo en el que privan los deberes por encima de los derechos, las fronteras por delante de los caminos y los intereses sobre los réditos. Un Nuevo Mundo que, más allá de reprimir la libertad, reprime las ganas de ser libre, limita el libre albedrío.

Destacar, a otro nivel, que Winterbottom efectuó una pirueta rodando en espacios naturales. Consigue así, rehusando efectos digitales, maquetas o decorados, hacernos caer en la  cuenta de que el Nuevo Mundo ya ha llegado. Pasillos, aeropuertos, bares y ciudades recogidas por su cámara ya existen. Los diversos aparatos electrodomésticos también están aquí. Sólo quedan por llegar las tecnologías que permitan analizar los códigos genéticos hasta el punto de identificar futuras irregularidades…. Las ganas de utilizar estas técnicas, las ansias de control, también están aquí.

Hay evidentemente en este Código 46 la esencia de Winterbottom en cuanto a viajes. Los personajes de sus obras se desplazan siempre. Físicamente y moralmente. Precisamente por ello, la represión de los cambios, la limitación del nomadismo, es lo peor que alguien como Winterbottom podría concebir como castigo. Así, William (Tim Robbins) integrado (¿felizmente?) en el sistema, y cuyo trabajo le requiere desplazamientos continuos, no podrá ya escapar de él. Su breve infidelidad lo es más con el propio sistema que para con su esposa. Y el Nuevo Mundo no le perdonará su inocente subversión. Aunque pierde a su amante, María (Samantha Morton), su condena real es olvidar lo que puede ser la libertad, lo que puede ser el deseo. Y, posiblemente, la limitación de desplazamientos para evitar nuevos deslices.

María, rebelde al sistema, será desterrada. Sin embargo, no es lo peor. Hay en el final de Código 46 resonancias de otro amargo final. En La invasión de los ultracuerpos de Philip Kauffman (ahora abducido por la industria), el personaje encarnado por Donald Sutherland, impertérrito, inexpresivo (como William), efectúa su habitual rutina aun después de haber sido poseído por los alienígenas. La última superviviente comprueba con horror no sólo que ha desaparecido su mundo sino también que nadie queda para recordarlo .En Código 46,  Samantha Morton, libre en el desierto, lamenta, más que el destierro, más que haber perdido a su amor, que éste no pueda, nunca más, recordarla, recordar  la posibilidad de otra vida o recordar otro mundo, más libre.