Para ser Lars von Trier hace falta algo más que nacer en Dinamarca y dirigir cine. Es necesario, asimismo, haber tenido problemas con tu madre durante toda tu vida, descubrir a los cuarenta años quién fue tu padre realmente, tener miedo a volar en avión, acudir a los rodajes desnudo para solidarizarte con tus actores (que también están desnudos), evitar los ascensores, vestir el esmoquin de Carl Theodor Dreyer para recoger la Palma de Oro del festival de Cannes, llevarse a matar con la cantante islandesa Björk, reinventar el cine con cada nueva película y muchas otras cosas. Salta a la vista que no es una tarea sencilla. No. Ser Lars von Trier implica, por si fuera poco, la admiración y el odio de mucha gente; tiene tantos fans como detractores. Una guerra se libra en torno a él. Con víctimas. Y heridos. Cuando una de sus obras la celebran en Francia, en Estados Unidos la prohíben directamente, como sucedió hasta hace apenas unos días con Dogville (2003), y como suele suceder con casi cualquier película suya. La censura, de hecho, le persigue en bastantes sitios, por mostrar penes erectos, tetas y culos, o por pronunciar el nombre de Estados Unidos en vano. La crítica y el público aclaman y atacan su obra en el mundo entero, sin que haya un patrón que aclare cuáles son los motivos que producen esta división de opiniones. Resulta difícil aclararse entre posturas tan encontradas como las que suscitan sus trabajos, sus opiniones y su persona. Se habla de un genio y de un impostor por igual, de obras maestras y de auténticas películas basura, de inteligencia y de estupidez, de modernidad y de postmodernidad, de renovación y de degradación... A él, no obstante, todo eso parece traerle sin cuidado, al menos en apariencia. Sólo así se explican los riesgos continuos con los que se enfrenta antes de comenzar un proyecto, en busca una y otra vez de la obra total, de la revelación. Él mismo parece el primer interesado en hacer caer la máscara que oculta la verdad de las cosas, para que todo el mundo pueda descubrir finalmente qué se esconde detrás de las imágenes de sus películas y quién es Lars von Trier, para que de esa manera sea más fácil entender su cine.
Las cinco obstrucciones (De fem benspænd, 2003), su última película, no será una excepción con respecto a su carrera. Suscitará la misma admiración y los mismos recelos, porque los hábitos mentales y la pereza son siempre más fáciles de sobrellevar que los ajustes y las reevaluaciones. Quienes ya le odian, seguirán odiándole; y quienes le admiran, seguirán admirándole. Sin embargo, a mí me parece una ocasión de oro para comprobar cuál es la materia de la que están hechas las películas de Lars von Trier, para saber si dentro está algún tipo de verdad o está la nada. Vaya por delante, lo más llamativo en esta ocasión es que el director danés acuda a un colega llamado Jørgen Leth y que le pida que sea él quien haga una película dividida en varios episodios (u obstrucciones), para que luego la firmen juntos. Parece la pretensión de un caradura, al menos de buenas a primeras. Que alguien se beneficie del trabajo de los demás, sin mover un dedo mientras ellos trabajan, es el colmo, pero es todavía peor registrarlo con una cámara y posteriormente venderlo como si fuera una película.
En 1967, Jørgen Leth dirigió un cortometraje titulado Det perfekte menneske (El ser humano perfecto). Tuvo un enorme impacto en los espectadores daneses, convirtiéndose en un clásico, aunque casi nadie lo conociese en el resto de Europa. Cuando Lars von Trier estudiaba cine, varios años más tarde, vio el trabajo de Jørgen Leth y quedó fascinado. A partir de entonces ya nunca pudo olvidarlo. Según aseguró hace poco, lo ha visto más de cien veces a lo largo de su vida. Le obsesiona tanto que no puede quitárselo de la cabeza. Det perfekte menneske. El ser humano perfecto. Cuando en el año 2000, Lars von Trier y Peter Aalbæk Jensen decidieron crear la división Zentropa Real, dedicada por entero a producir cine documental, uno de los primeros proyectos en los que pensó el director danés fue un experimento en el que él le ofreciese a Jørgen Leth la posibilidad de reelaborar Det perfekte menneske hasta cinco veces, con la condición de que en cada ocasión obedeciese una serie de restricciones (las obstrucciones del título) sugeridas por Lars von Trier. Rodar en Cuba, en India o en Bélgica; utilizar planos de no más de tres segundos, animación o no rodar nada en absoluto y dejar que la última reelaboración la hiciese Lars von Trier con el material descartado en las otras cuatro, más algún plano extraído de los encuentros que ambos tenían antes de fijar cuáles serían las restricciones en cada uno de los rodajes...
Obstrucción tras obstrucción, al final Jørgen Leth sólo demuestra que sigue siendo el mismo de antaño, el de los años sesenta, el de cuando rodó Det perfekte menneske, porque sus reelaboraciones siguen siendo trabajos visualmente fascinantes, aunque su significado se le escape a los espectadores. Quién es Jørgen Leth, nos preguntamos mientras sus obstrucciones atraviesan una a una la pantalla, mezclándose con el corto originario en el que todas se basan. La pregunta, no obstante, jamás llega a responderse a lo largo de toda de la película. Es Lars von Trier el que al final acaba retratado como un pobre ingenuo. Ha pretendido humanizar la mirada de otro director de cine y lo único que ha conseguido es humanizarse él, al aceptar en la última obstrucción que uno inventa reglas para trazar a partir de ellas los límites del mundo y finalmente está trazando sus propios límites. Entonces todo se vuelve grande, inmenso, y uno se vuelve pequeño, insignificante. Quizás ese descubrimiento de lo pequeño e insignificante que puede llegar a ser uno es lo que de verdad hace enorme a alguien como Lars von Trier. O no.