Demonlover (Olivier Assayas, 2002)

Por Hilario J. Rodríguez

Durante el Festival de Gijón de 2003, al ver Demonlover pude comprobar la empanada mental que tiene una buena parte de la crítica, especialmente la que necesita darle sentido a todas las imágenes, como si siempre fuese necesario entender algo a lo largo de una película. Las teorías y lecturas que provocó la obra de Olivier Assayas me recordaron los tiempos de las sesiones de cine forum donde se analizaba Arrebato (1979, Iván Zulueta) durante horas sin llegar a ninguna conclusión (negándose los participantes a escucharse entre sí). También me recordaron la desorientación de quienes pretenden seguir paso a paso, sin perder el hilo en ningún momento, películas como Videodrome (1983, David Cronenberg), Astenicheskiy sindrom (1989, Kira Muratova), Calendar (1993, Atom Egoyan), Fast, Cheap & Out of Control (1997, Errol Morris), New Rose Hotel (1998, Abel Ferrara), El viento nos llevará (Bad ma ra khahad, 1999, Abbas Kiarostami), Dokfa nai merman (2000, Apichatpong Weerasethakul) o Mullholland Drive (2001, David Lynch), por ceñirme sólo a obras que hablan sobre el mundo del cine o sobre la fiabilidad de las imágenes, insistiendo en muchos casos en las profundas transformaciones que estas últimas sufren desde hace unas décadas.

Demonlover es un apasionante thriller que, como cualquier otro, va introduciéndose poco a poco en un laberinto, hasta perder el sentido de la orientación. Diane de Monx (Connie Nielsen), su protagonista, es una mujer de múltiples identidades, cuyos trabajos como ejecutiva y espía industrial introducen la historia en un mundo de corporaciones dominadas por mujeres (Chloe Sevigny, Gina Gershon, Dominique Reymond). Cuanto más se adentra en los círculos de poder de aquellos a quienes pretende traicionar, menos consistencia tiene el argumento de la película. La ambigüedad narrativa y el aire de conspiración, además, comienzan a extenderse al mismo tiempo. París, Hong Kong y Texas son algunas de las localizaciones. Europeos, estadounidenses y asiáticos son algunas de las nacionalidades de los personajes. El tráfico de porno manga en 3-D aparece en el centro del relato. “Nadie ve nada. Ven pero no entienden”, dice en un momento Diane. A medida que la historia se enrosca, abrazando a su paso la herencia de Franz Kafka o de Raymond Chandler, y también la de Phil Karlson, Howard Hawks o Fritz Lang, el naturalismo del principio va dando paso al surrealismo, hasta que finalmente las imágenes se convierten en una especie de videojuego, cuando la protagonista tiene que luchar contra una enemiga. Para entonces ya no resulta posible decir qué sucede, a quién, por qué, cuándo o dónde; el sentido, como en un videojuego y en un thriller que se precie, es lo de menos.

Olivier Assayas quiere proponer con Irma Vep (1996) y Demonlover un díptico sobre la metamorfosis que está teniendo lugar en el séptimo arte. El realizador francés sitúa la acción en un contexto transnacional, aunque no puede evitar hacer chistes a costa de los estadounidenses más que a costa de los franceses, mostrando la preocupación occidental sobre el devenir de la imagen en el siglo XXI: ¿qué será del cine culto cuando los libros dejen de ocupar un lugar central en el mundo cultural? ¿Sobrevivirá el cine francés? ¿Y el cine europeo? ¿Veremos todos el mismo porno manga en 3-D?