El método (Marcelo Piñeyro, 2005)

Por Enrique Pérez

Sólo por la realización de Caballos salvajes (Argentina, 1995), Kamchatka (Argentina-España, 2002) y El método (Argentina-España-Italia), el cineasta bonaerense Marcelo Piñeyro debería estar considerado como uno de los más importantes de nuestro tiempo. La capacidad narrativa, sin más aditamentos, matices de autor o consideraciones ideológicas, no está de moda, y esa puede ser la razón fundamental por la que Piñeyro posee menor prestigio que muchos otros cineastas, a poder ser de nombres difícilmente pronunciables y que por lo general han realizado, a lo sumo, dos o tres películas.

El método es una de esas películas en las que difícilmente puede encontrarse un plano sobrante, una imagen sin sentido o un gesto prescindible. Su mejor virtud es un dominio absoluto del lenguaje cinematográfico, en todos sus matices. Las miradas de los intérpretes (todos magníficos, incluyendo a un Eduardo Noriega en su mejor trabajo para el cine) capturan desde el principio la mirada del espectador, seducido por el ritmo del montaje e impactado por el final de la trama.

Basada en El método Grönholm, la obra de teatro originalmente escrita en catalán por Jordi Galcerán, la película narra el proceso de selección para un puesto de alto ejecutivo al que se enfrentan siete candidatos de caracteres muy diferentes: Carlos (Eduardo Noriega), Nieves (Najwa Nimri), Fernando (Eduard Fernández), Ricardo (Pablo Echarri), Enrique (Ernesto Alterio), Ana (Adriana Ozores) y Julio (Carmelo Gómez). Según avanza el proceso, todos dudan sobre si están siendo observados por el departamento de RR.HH. a través de un circuito cerrado de cámaras y, además, se desvela que uno de los aspirantes es un evaluador de la empresa infiltrado. A medida que los candidatos van siendo eliminados del proceso, hasta que sólo quedan dos, van surgiendo también las miserias que cada uno utiliza para deshacerse de los demás.

Más allá de la forma (excelente dirección de actores, un montaje difícilmente más preciso y una puesta en escena planificada con la mayor habilidad posible para narrar durante dos horas una agilísima trama que transcurre mayoritariamente en una sola habitación), El método nos cuenta la historia de un grupo de personas que, discrepantes o no respecto al sistema de selección al que son sometidas, continúan hasta el final, hasta que cada una de ellas es expulsada; seis candidatos que son capaces de admitir incluso humillaciones que jamás aceptarían en otro contexto, pero que asumen casi sin pestañear con tal de conseguir el puesto de trabajo que desean. Cada uno de los solicitantes del puesto va siendo eliminado, como si se tratara de una carrera de fondo; y son excluidos, en cada caso, por algunas de sus características personales (ser una mujer madura o poseer un carácter reivindicativo, por ejemplo). Mientras, en la calle, dentro de una de las zonas madrileñas emblemáticas de nuestro mundo empresarial, se desarrolla una manifestación antiglobalización.

Al final del proceso, la elección se plantea en términos dramáticos: hay que preferir el trabajo o la vida personal; dicho de otro modo, el candidato escogido deberá renunciar a todo aquello que suponga un obstáculo para su desarrollo profesional. Sólo alguien que no haya trabajado nunca en el ámbito de la empresa privada podría despreciar abiertamente la certera crítica del filme de Piñeyro, porque resulta fácil juzgar el toreo desde la barrera, sin la inminencia del peligro de muerte. Bajo ese prisma, la conclusión del cineasta es que nadie gana, todos pierden; por eso uno de los candidatos finalistas se queda solo en el edificio, sabiendo que ha perdido a quien puede ser el amor de su vida, mientras que la otra sale a las calles de Madrid y camina desolada por entre los escombros dejados por los manifestantes, que son también las ruinas de una sociedad entre cuyas preocupaciones fundamentales no parece encontrarse ahora, desde luego, la felicidad de los individuos.