Demostrando que las entrevistas sobre cine aún pueden ser algo más que mera retórica promocional, el director y el protagonista de La joven de la perla (2003) desvelaban en su momento algunas de las claves significativas de su película con respecto a buena parte de la producción de filmes históricos de hoy.
Colin Firth, el actor encargado de incorporar al pintor holandés Johannes Vermeer, reconocía haberle parecido en verdad refrescante rodar un filme que se tomaba a sí mismo en serio al cien por cien y se arriesgaba a ir con el corazón en la mano, algo no muy popular en los dramas actuales, donde casi siempre hay un cierto sesgo de ironía. Por su parte, el director Peter Webber, ex documentalista de la BBC, confesaba no haber pensado nunca en hacer una película de época, simple y llanamente porque las odia.
En efecto, La joven de la perla se desmarca de la molesta grandilocuencia “cultista” de ese estirado cine anglosajón “de gente con ropa blanca”, representado por el James Ivory más cursi o la peor versión de Jane Campion. De la misma manera que se aleja de la tentación de la “qualité” a la francesa, pródiga en esteticistas y pretenciosas reconstrucciones históricas, fílmicamente inanes desde su hueco academicismo, en la línea de Régis Wargnier, el Claude Berri de Germinal y similares. Como también se aparta de esos irónicos distanciamientos posmodernos tan dados a “desmitificar” a cuanta figura eminente se ponga por delante, ya sea Mozart, ya sea Picasso.
El largometraje de Peter Webber, basado en el best-seller de Tracy Chevalier que la da título, y cuyo disparadero argumental descansa en formular una hipótesis acerca de quién pudo haber sido la modelo del famoso cuadro de Vermeer (la ficticia criada Griet encarnada por Scarlett Johansson), es mucho más que la captación esencial de la iluminación y la atmósfera de la Holanda del Barroco a través de la reproducción de las calidades de su pintura costumbrista. No es ya que se trate de un espléndido trabajo de recreación histórica, donde el director de fotografía portugués Eduardo Serra “ha conseguido reproducir con una fidelidad escalofriante los tonos y matices vermerianos” [1], sino que el pictoricismo que lo preside aporta, de modo orgánico, aliento vital más allá de su arquitectura verista y verosimilizadora.
La joven de la perla pugna por rozar el secreto de la enorme fascinación emanada por la pintura de Vermeer. A su estela, participa del tratamiento de escenas aparentemente ingenuas tomadas del natural para transformarlas en misteriosos “instantes suspensos de vida”, elevando a sus personajes a retratos reveladores de una sociedad y una época. El filme se aproxima con rigor histórico a la vida cotidiana de la Holanda de mediados del XVII, al rol de la mujer en aquella coyuntura social, al ambiente familiar y artístico de Jan Vermeer, a su situación financiera, a sus preocupaciones laborales, a su relación con el patrono, a su técnica pictórica, a su obsesión perfeccionista…
Desde su sutil y detallista narrativa queda –hecha de miradas y silencios—, este melodrama histórico con vocación de thriller sentimental, que reflexiona en torno a la pulsión erótica del acto creativo y delinea un amor platónico emergido de la complicidad estética, acaba resultando un filme tan enigmático como el propio arte y la vida misma del pintor de Delft.
[1] José Enrique Monterde, “Cine y pintura”, Dirigido por…, nº 331, febrero de 2004.