Haute Tension (Alexandre Aja, 2003)

Por Sergio Vargas

El giallo se torna rouge

El cine fantástico y de terror europeo ha atravesado diversos altibajos (siendo generosos) desde su nacimiento a comienzos de los años 20 con piezas cumbre del expresionismo alemán como El gabinete del Doctor Caligari (Das Cabinet des Doctor Caligari, Robert Wiene, 1920), El golem (Der Golem, wie er in die Welt kam, Carl Boese y Paul Wegener, 1920), o Nosferatu el vampiro (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens, F. W. Murnau, 1922). Salvo títulos espóradicos y en su mayoría poco reconocidos (con excepciones como Vampyr - Der Traum des Allan Grey, Carl Theodor Dreyer, 1932), el género en nuestro continente no tuvo una mayor repercusión hasta los años 60 con el feliz parto del giallo, merced al cual Mario Bava, y más tarde también gente como Dario Argento o Lucio Fulci (derivando incluso en el puro gore), ya en los 70, regalaron con litros y litros de sangre europea al hasta entonces prácticamente anémico celuloide continental. En los 80, la antológica Hellraiser (Clive Barker, 1987) y su secuela, junto a pequeñas muestras provenientes de nuevo de Italia quedan en segundo plano, robándoles todo el protagonismo el slasher americano —La noche de Halloween (Halloween, John Carpenter, 1978), Viernes 13 ( Friday the 13th, Sean S. Cunningham, 1980), Pesadilla en Elm Street (A Nightmare on Elm Street, Wes Craven, 1984)— y en los 90, aunque no sea un terror tan sanguinolento y ficticio (precisamente por eso dan mucho más miedo), tan de género (de nuevo de capa caída), perturbadoras obras de Michael Haneke como El video de Benny (Benny's Video, 1992), o Funny Games (1997) son tal vez las mejores muestras de cine de terror europeo.

Pero he aquí que de repente, a punto de entrar en el nuevo siglo, el género se revitaliza, en sus numerosas variantes, y lo hace desde nuestro país, surgiendo poco a poco interesantes títulos como Memorias del ángel caído (David Alonso y Fernando Cámara, 1997), 99.9 (Agustí Villaronga, 1997), Los sin nombre (Jaume Balagueró, 1999), Dagon - La secta del mar (Dagon, Stuart Gordon, 2001), El segundo nombre (Paco Plaza, 2002), Beyond Re-animator (Brian Yuzna, 2003), Romasanta, la caza de la bestia (Romasanta, Paco Plaza, 2004), o la reciente The Abandoned (Nacho Cerdá, 2006), puntuales muestras británicas como Dog Soldiers (Neil Marshall, 2002), 28 días después (Danny Boyle, 2002) o The Descent (Neil Marshall, 2005), pero sobre todo también en Francia, aunque con un arranque un poco más tardío, pero sin perder comba, dando buena prueba de ello obras como En lo profundo del bosque (Lionel Delplanque, 2000), El pacto de los lobos (Le pacte des loups, Christophe Gans, 2001), Maléfique (Eric Valette, 2002), Calvaire (Fabrice du Welz, 2004), Sheitan (Kim Chapiron, 2006) o Ils (David Moreau y Xavier Palud, 2006) Sobrevolándolas a todas, está la piedra angular del momento de esplendor que el género de terror está viviendo en Europa en este siglo XXI, y que supone esta Alta tensión, de Alexandre Aja.

Su tarjeta de visita, algún que otro desmembramiento, un asesino implacable que la toma con una familia sin motivo aparente (¿acaso algún asesino en masa lo ha necesitado alguna vez?), bastante hemoglobina encharcándonos la pantalla, siendo la parte más gore cortesía de los efectos de Gianetto de Rossi —autor también de los efectos de maquillaje de Zombi 2 (Lucio Fulci, 1979)—, y una puesta en escena precisa a la vez que apabullante (escenas como la de las escaleras de la casa o la secuencia de la gasolinera son buenos ejemplos). El terror, como ocurre en la primera hora de Jeepers Creepers, por ejemplo, o como en el brillante filme australiano Wolf Creek (id., 2005), inexplicablemente pendiente de estreno en España, se hace más profundo, más intenso para el espectador poco acostumbrado ya en los tiempos que corren a pasar miedo en el cine, al provenir de una amenaza que nada tiene de sobrenatural, que podría acecharnos a la vuelta de cualquier esquina, cobrando incluso mayor magnitud con el inesperado (por lo inesperable) giro en el desenlace. Pues como ocurre a veces en el giallo, el argumento presenta una trampa bastante flagrante, y difícilmente defendible, aunque siempre se puede uno escudar en fugas mentales de la protagonista, algo desquiciada, y visto el resultado final incluso revisitando la película, que es de lo que se trata (porque Alta tensión sigue siendo una excelente película de terror vista una, dos, y las veces que hagan falta), es algo que se perdona, viendo como Aja consigue meternos en el pellejo de esas dos chicas (la cámara subjetiva desde dentro del armario durante el asesinato de la madre es un momento mítico donde los haya —incluso permitiendo por un momento un receso para mostrar la sangre salpicando sobre el armario, evitándonos así la desagradable amputación de la mano, escuchada, eso sí, y comprobada después) y manteniendo al espectador en un continuo estado de tensión, de alta tensión.