Hundstage (Ulrich Siedl , 2001)

Por Alejandro Díaz

Un soleado escalofrío (o el misterio Seidl)

La única vez que vi en persona a Ulrich Seidl fue a finales de 2003. El cineasta austriaco se personó en el Festival Internacional de Cine de Gijón para presentar la retrospectiva que dicho certamen había decidido dedicarle en aquella edición. Recuerdo que tuve la oportunidad de asistir a la rueda de prensa de presentación del libro de Carlos Losilla dedicado al cineasta, titulado “En busca de Ulrich Seidl”, y allí escuché cada una de las breves declaraciones que Seidl iba realizando sobre su cine. Cuando salí de la sala, me di cuenta de que nada de lo expresado por el realizador ofrecía clave alguna para interpretar sus películas, para encontrarles un mínimo marco teórico. En su lugar, el impertérrito Seidl se limitó a comentar aspectos un tanto accesorios, evitando siempre acercarse al meollo de sus películas, como quien camina en círculos alrededor de un pozo sin fondo.

El cine de Seidl resulta, en efecto, muy difícil de abordar, y quienes lo encontramos interesante tenemos auténticos problemas para encontrar argumentos que lo justifiquen ante los airados ataques que suele sufrir por parte de espectadores a quienes les contrarían o enfurecen algunos elementos de sus películas, que consideran extremos o innecesarios. Una obra como Hundstage, llena de secuencias feas y desagradables como pocas, ha sido acusada de ser gratuita, pornográfica, inmoral… En este punto nos consideramos obligados a romper una lanza a favor de Seidl y matizar un poco las cosas. Es cierto que su película incluye escenas incómodas, pero no lo es menos que su tratamiento formal dista mucho de poder considerarse vulgar o convencional, y es en gran parte responsable de la incomodidad de determinadas situaciones... Dicho de otra manera, Hundstage (como muchas otras películas suyas) contiene auténtica basura, sí, pero ¿podemos definir alegremente a la propia película como “basura”? ¿No sería más bien un intento de “revelar la basura” que debería ser considerado en ese sentido y no en arreglo a nuestro aguante ante lo que muestra?

Es lógico, pues, que Seidl dé rodeos a la hora de hablar de su cine, en el que se produce la repetición de bucles sin sentido que se multiplican para no llegar a ninguna conclusión o revelación. La figura del autor cinematográfico se sitúa en películas como Hundstage en un plano muy secundario, observando con neutralidad/apatía a una serie de personajes que resultan grotescos o bizarros cuando no insoportablemente vacíos o vulgares, aunque muchas veces se trata de personas perfectamente encajadas en estructuras sociales vigentes. El autor “desaparece” tras las imágenes de su obra, al menos en apariencia, y la elección de las secuencias que decide montar no permite adivinar en ella ningún viso de historia al uso, ningún hilo conductor ni mucho menos un discurso. Y, sin embargo, ese deliberado silencio discursivo deviene provocador en el sentido más elevado del término.

Pero si hay un tema que puede subyacer (subrayo el carácter de posibilidad que debe acompañar a cualquier consideración sobre este cineasta) en Hundstage (u otra obra de Seidl) es la constatación de la muerte del espíritu y el fracaso de las transformaciones históricas del pensamiento humano, que parecen haber perdido cualquier razón de ser en un mundo en el que la gente se entrega a sus aficiones o creencias más íntimas de un modo desconectado de todo el legado cultural precedente, del cual sólo permanecen escasos retazos inconexos. Un panorama devastado en el que Seidl se mueve sin adoptar un posicionamiento crítico y sin asomo de nostalgia. Las (luminosas hasta lo agobiante) imágenes de Hundstage transmiten la sensación de una asfixia espiritual, de que hoy en día cualquier actitud vital tiene la misma importancia que otra (o lo que es lo mismo, de que ninguna tiene importancia alguna), de que la moral ya no tiene sentido y la búsqueda de algún tipo de trascendencia es inútil. Todo movimiento se revela entonces como mecánico, paródico, desalmado. Y la propia película se postula como un producto propio de la era que retrata: Inexplicable, arbitraria, desazonadora.