Irréversible (Gaspar Noé, 2002)

Por José David Cáceres

Sin solución

Vivimos tiempos profundamente contradictorios en relación a las manifestaciones de violencia, a su significado y a las consecuencias que pueden tener. Los sucesos cotidianos (violencia en el colegio o en la convivencia en pareja, peleas callejeras, ajustes de cuentas, condenas del estado, ataques terroristas, guerras, etcétera) nos alertan de una situación preocupante. Los medios de comunicación, en especial las televisiones, no dudan en informarnos puntualmente, aunque para ello tampoco tienen reparos en hacerlo a su conveniencia, soslayando demasiadas veces el rigor y seriedad requeridos. En el ámbito del cine la utilización y mostración de la violencia, siempre causa de debate, adquiere connotaciones específicas al ser representada: no es lo mismo el denso tratamiento dado al tema en Saraband (Ingmar Bergman, 2003) que la frivolidad desplegada al respecto en Casino Royale (Martin Cambell, 2006). Sin embargo, hay diversas maneras de escenificar la violencia, ya sea el objetivo estudiar sus mecanismos o construir un espectáculo estético, y no son todas válidas o dicho de otra manera las que son válidas según un criterio, o la visión de una persona concreta, pueden no serlo en base a otro. En este escenario un film de las características de Irréversible no sorprende que sea cuestionable acorde a unas ideas particulares, más aún si se tiene en cuenta que sus formas resultan aparentemente rimbombantes y el contenido es abiertamente atroz: una sucesión de doce planos-secuencia montados en orden inverso a su cronología temporal, que narran la violación de la que es víctima una mujer (Monica Belucci) y la venganza que emprenden su novio (Vincent Cassel) y un amigo (Albert Dupontel), antiguo compañero sentimental de ella.

Irréversible es el segundo largometraje del realizador franco-argentino Gaspar Noé, cuyos trabajos previos y posteriores abundan en su interés por el sexo, la violencia y la muerte: Carne (1991), Sodomites (1998), Seul contre tous (1998), We Fuck Alone (segmento del film colectivo Destricted, 2006). La breve obra de Noé es incómoda dada su naturaleza desagradable, hostil y perturbadora, en la que se ponen de manifiesto una parte, tal vez la peor, de la sociedad, el deseo, y la existencia, sin ambages, eufemismos o medias tintas (y con ánimo indudablemente provocador y díscolo). Empero, no estamos ante un moralista de nuevo cuño que pretende sermonear con los males actuales poniéndolos en primer término para escarnio de los pecadores y regocijo de los inquisidores. En absoluto. Gaspar Noé es un cineasta obsesionado con el estilo y delimitado por la realidad, al que habría de considerar un hiperrealista. Sus películas surgen de un estado de cosas para acabar siendo la traslación de un estado de ánimo, el de sus protagonistas y el de los actos que llevan a cabo. Irréversible es la quintaesencia de este sentido de entender la vida y el cine, un film que molesta, duele, aterroriza porque expone con vehemencia el fracaso de la sociedad y la vileza de los hombres, dejando entrever que ya no hay solución posible. Se trata de una propuesta que no emite juicios, ni busca explicaciones o causas, tampoco se detiene en estudiar las consecuencias, siquiera revela todas. Solamente mira a la realidad y muestra tal cual lo que esta refleja. Para lograr el objetivo impuesto Noé construye el film como un marcado ejercicio de estilo, primero invirtiendo el orden lógico de la historia (el final de la misma es el principio de la película), luego componiendo las escena a modo de largos planos-secuencia, y finalmente planificando cada uno de ellos en función de la narración. Esta formulación, exacerbada en buena lógica de acuerdo a los planteamientos, rigurosa en la metodología y brillante en el empleo de los códigos del lenguaje del cine, configura la densidad y dimensión completa del film: el movimiento continuo e irritante de la cámara en las escenas iniciales, en la que los hombres buscan venganza y terminan asesinando brutalmente a un hombre que creen es el autor de la violación; el hiriente y tortuoso plano fijo de nueve minutos de duración en el que Alex, la protagonista, es insultada, golpeada, vejada y forzada en un inhóspito paseo subterráneo; la parsimonia expositiva con la que se describe la cotidianeidad de la pareja horas antes del cruel suceso; el travelling circular cenital repetido al principio y al final, constatando que el tiempo no se detiene y que, como reza el letrero con el que concluye la película, lo destruye todo.