Jeux d'enfants (Yann Samuell, 2003)

Por Sergio Vargas

Y sin embargo, se mueve

El debut tras la cámara del francés Yann Samuell no es una película de medias tintas. Puede ser muchas cosas, pero lo que es, sin duda alguna, es excesiva. Como todo exceso, hay a quien le sienta mal, y a quien le sienta estupendamente. La música original empalagosa, algún que otro zoom acompañado del correspondiente y molesto sonido de velocidad, narración a ratos repetitiva, con una voz en off tal vez innecesaria… y sin embargo, se mueve.

Samuell parte del “juego de niños” que da título al filme (en su versión original, trastocado en castellano por un también coherente ¡Quiéreme si te atreves!) para mostrarnos una historia de amor y desamor a lo largo de la vida y hasta el punto de la muerte de sus dos protagonistas, una historia que, como el tiovivo que genera el juego, da vueltas en torno a éste hasta el mismo final que engancha con el principio, con ese largo y bonitamente preparado plano en el que la cámara vuela por encima de la obra, de los obreros, y del propio tiovivo que reposa sobre el cemento que cubre la zanja que cubre a su vez a los amantes.

La película es básicamente una comedia, a ratos muy divertida, pero con toques melodramáticos que irrumpen constantemente en la narración. Samuell rueda con gran habilidad, moviendo la cámara de un lado para otro continuamente, con aparente nerviosismo, pero en realidad todo responde a una gran precisión que a pesar de la velocidad de los movimientos puede observarse en la ubicación de cada encuadre. Sin miedo a los planos largos deja la cámara volar, avanzar, retroceder, buscando siempre nuevos ángulos desde los que mostrar la acción, o la ausencia de esta. Hay también lugar para la imaginería visual (empleando incluso técnicas infográficas) en los sueños del protagonista, sus recuerdos, y la fotografía es muy vívida, colorida, variada, y sí, tal vez exagerada, como todo. Pero, ¿se mueve la película solo porque la cámara lo hace? ¿Tal vez la que se mueve es la cámara para disimular que la película permanece inmóvil? Pues en realidad no. La película se mueve, funciona, no solo por su puesta en escena y su bonito envoltorio. La idea del juego es auténticamente efectiva al principio, y a pesar de que parece que se puede agotar pronto, el endurecimiento de los “atrevimientos” da bastante más cancha de la que pueda parecer a priori, pero en cualquier caso, la película, como los buenos platos, entra primero por los ojos, y después se va ganando al espectador por el estómago. Efectivamente, tiene excesos incómodos, molestos, pero se perdonan porque nos atrapa, nos lleva de la mano de un par de niños inocentes a lo largo de un “sueño de amor eterno” donde veremos lo bonitos que son los besos bajo la lluvia y los juegos sin final, lo dura que puede ser la vida cuando llega la muerte o la separación (que no es sino otra pequeña muerte, que no la Petite Morte), lo odiosas que pueden llegar a ser ciertas bromas pesadas y algunas estrellas del fútbol y nos mantendrá durante hora y media atentos a las desventuras de los dos enamorados-desenamorados, tarareando primero mentalmente La vie en rose, para descubrir que la mejor versión de todas es la que cantamos nosotros mismos en la cómoda intimidad de la ducha, ya a pleno pulmón.