En su juventud, el cine americano empezó colonizando, como los pioneros del ferrocarril, unas tierras vírgenes en las que edificó los grandes estudios. Ése es el mundo de Inland Empire, de David Lynch. Una civilización que encontró en el cine el arte que formaría su esplendor. La juventud del cine europeo fue de otra clase: las tierras estaban aradas, cualquier historia arrastraba sus antiguas leyendas, las ciudades modernas se construían sobre los cimientos de los viejos barrios. La juventud del cine europeo se labró a partir de esos vestigios y ruinas (es la Europa de Rossellini, la Europa de Pedro Costa).
Hace algún tiempo, Costa abandonó los pesados y costosos equipos de producción para instalarse, con una pequeña cámara digital, en un barrio muy pobre de Lisboa, Fontainhas, donde ha rodado en soledad dos hermosas películas, “En el cuarto de Vanda” y Juventud en marcha. En ese barrio ya demolido instaló su estudio, el más moderno de Europa. Para cada película ha pasado allí largas temporadas, dos o tres años rodando a diario, “como un zapatero”, demostrando que hacer cine puede ser muy barato.
Obrero cinematográfico, Pedro Costa aplica el máximo ahorro para obtener las máximas ganancias en el campo estético. En Fontainhas, las paredes están desconchadas y la débil luz alumbra en ellas líneas rayadas, colores vencidos y cálidas sombras. Esas paredes desgastadas son un paisaje vibrante en los planos de Pedro Costa. En Juventud en marcha, los personajes abandonan el barrio antes de su demolición y se instalan en nuevos apartamentos de protección oficial, con las paredes blancas (un blanco tristístimo: ¿quién dijo que en las sombras está lo siniestro?). Tan sólo filmando los rostros en claroscuro y las paredes de un mundo y otro, Costa despliega una profunda gama de matices sobre la orgullosa supervivencia de esos hombres, entre los desgastes del tiempo y los relatos traídos de Guinea y el pasado.
En Juventud en marcha, aparece una Europa que ningún cineasta filma ni nadie hace visible. Un continente condensado en el arte del retrato, tal como hicieron los pintores en siglos pasados. Lo que nos conmociona en “Juventud en marcha” no sólo es que, desde el principio, la película nos abrume por la solidez inquebrantable y el coraje de su estilo. Lo que nos conmociona es que ese coraje no la remonta únicamente a los planos de Murnau, sino que la engarza con Rembrandt: es decir, que nos muestra que el cine es el único arte capaz de retomar hoy, en el mismo punto, la fuerza figurativa que tuvo la pintura occidental -en tiempos de Rembrandt o Velázquez- cuando la similitud de trazos democratizó el retrato de monarcas equiparándolo con el de los marginados.
Tras años de trabajo paciente y meticuloso, Pedro Costa posee una visión que le permite “pintar” los planos y confiar en los rostros. Una visión que conforma un film elegante y lleno de gente elegante. Nunca olvidaremos la presencia del fordiano Ventura, rocosa y con una lejana y vulnerable tristeza (¿mantendrá su fuerza fuera de su barrio?). Un héroe europeo.