La meglio gioventù (Marco Tullio Giordana, 2003)

Por Nacho Cagiga

El cinema italiano siempre ha sobresalido por haber sabido mostrar mejor que ningún otro la crónica sentimental y generacional de sus conciudadanos. Prácticamente todos los grades maestros italianos, quizás con Valerio Zurlini a la cabeza, han practicado este género. Un género que hundiría sus raíces en el folletín y en la novela-río. La mejor juventud (La meglio gioventù, Marco Tullio Giordana, 2003) es un ejemplo más de esta tradición. Producida por la RAI para ser vista por la televisión antes que ser mostrada en los cines, constituye además un perfecto modelo de simbiosis entre los dos lenguajes, el televisivo y el cinematográfico, y de cómo la unión del cine con otras disciplinas no tiene porqué desvirtuar el caracter de los diferentes lenguajes empleados. La exquisitez con la que su director nos cuenta esta historia deja clara constancia de que una producción industrial, comercial, y aún televisiva, no tiene que renunciar a otros planteamientos más intimistas, poéticos o, simplemente, a saber contar una historia con las virtudes del buen narrador, un arte que parece que se está perdiendo en la medida en que la estética del vídeo-juego se va instalando, especialmente en las superproducciones.

Al igual que pasara con Los Thibault (1922-1940), saga-río del nobel francés Roger Martin du Gard, lo que nos cuenta La mejor juventud es la historia de una familia burguesa durante varias décadas, mostrando de paso la historia del país en la que se desarrollan los conflictos, con alguna que otra contextualización internacional. La estructura se basa principalmente en los dos vástagos masculinos de esta familia, que al igual que los personajes creados por Martin du Gard, Antoine y Jacques Thibault, intentan dar una explicación a sus existencias involucrándose en las tesituras históricas que les envuelven. También al igual que en Los Thibault, todo comenzará con la huida del hogar familiar y con la búsqueda de la identidad personal de los personajes protagonistas. Y, finalmente, también un hijo no esperado, no conocido siquiera en su existencia, dará continuidad y quién sabe si sentido a esa búsqueda dolorosa y ambivalente, trágica y dulce a un mismo tiempo, que nos habla del sabor agridulce de la vida.

De ahí emerge la importancia de una propuesta como la de La mejor juventud, lo que a mi juicio la convierte en un paradigma a seguir, esto es, precisamente, que la macrohistoria no ahoga a las diferentes micohistorias que componen el relato. Que los grandes temas tratados no sirven para eludir el intimismo y la profundidad psicológica necesaria para entender los personajes que se retratan. En ningún momento se cae en el error de mostrar cada década con un cúmulo de información que no nos deje ver su significado, oculto entre tanta banalización de la imagen, sino que bien al contrario lo que se nos muestra es un fragmento que en su mínima existencia consiga trascender lo que de anecdótico pudiera tener, para convertirse en la más ajustada y adecuada representación posible de un mundo que se nos presenta a todas luces incapaz de ser mostrado en su totalidad.

La mejor juventud no se aparta de la piel de sus personajes, y tan sólo contemplamos el trasfondo desenfocado de la realidad entre paneo y paneo de cámara, de una secuencia a otra, de una historia a las demás, en un recorrido que fluye lentamente para que nunca perdamos foco con lo realmente importante, a saber, los átomos narrativos, las particulas mínimas elementales que componen toda historia, y que siempre terminan por hablarnos de nuestro yo más profundo. Que esto se haya conseguido dentro de unos esquemas de gran producción, teniendo en cuenta la degradación de la actual industria cinematográfica europea, pero sin renunciar a nuestra tradición cultural literaria, es un gran motivo de júbilo que no deberíamos pasar por alto.