Las voces de la noche (S. García Ruiz , 2003)

Por José David Cáceres

¿Por qué lo hemos estropeado todo?

Son varias las escenas de este tercer largometraje de Salvador García Ruiz construidas de igual manera: dos personajes andan por una calle mientras la cámara les sigue en travelling componiendo un plano-secuencia. Los más relevantes son aquellos que muestran a Elisa (Laia Marull) paseando con Jorge (Tristán Ulloa), o a la chica acompañando a su madre: al empleo lógico de este recurso, que acompaña el movimiento de los actores en el plano, se le une la búsqueda del contraste entre la palabra y las acciones (vid. como Elisa apenas dice nada y es su interlocutor quien habla, siendo a través de sus gestos y la modulación de su rostro como ella se expresa en su totalidad), o entre lo que sucede en el plano y su formulación. Cuando los amantes discuten durante uno de sus encuentros en la ciudad, las palabras que Jorge modifican la expresión de la muchacha progresivamente hasta que se reconcilian. Más depurado al respecto es el tratamiento dado a la última escena del film, en la que Elisa y su madre se dirigen a la iglesia a una boda, tiempo después de que ella y Jorge hayan roto su compromiso; la madre no para de hablar de cuestiones intrascendentes para su hija; de repente se dibuja una sonrisa en la cara de la joven y pronto comprobamos por qué: se han cruzado con Jorge; la cámara se detiene, la madre abandona el encuadre, los ex–novios hablan cordialmente unos segundos, Elisa sonríe con fruición, se despiden con un beso protocolario, doloroso para ella; madre e hija reinician el camino, la cámara las sigue, Jorge queda al fondo y desaparece del encuadre, la madre habla pero Elisa no escucha, su rostro muestra una insondable tristeza, hace amago de mirar hacia atrás… La noche anterior de la ruptura del compromiso, Jorge le espeta a Elisa que han claudicado a lo que se esperaba de ellos, que  han dejado de ser ellos mismos y han perdido toda la libertad que tenían en ese cuarto de la ciudad donde se encontraban miércoles y sábado: aquí no es tan importante la respuesta emocional de Elisa, como la planificación de la escena, su iluminación (vid. el instante en el que los rostros de ambos quedan inundados por la negrura de la noche) y el movimiento sutil pero nervioso de la cámara (vid. cuando él propone ir a la habitación y ella rechaza la idea). Los personajes de Las voces de la noche en su búsqueda de la felicidad se estrellan contra sus propias limitaciones y contra las reglas de una comunidad cerrada sobre sí misma. Al final siempre se repite el momento de la lamentación: “¿por qué lo hemos estropeado todo?” se preguntan unos y otros amargamente. Elisa y Jorge incluso cuando se ven a escondidas en una habitación de la ciudad, donde indudablemente son más felices, parecen perdidos o a la expectativa, incompletos pues anhelan otra cosa aunque no sepan bien de qué se trata. Y si para ellos dos pesa sobremanera el futuro, para la familia de Jorge, contrapunto a la trama central sobre la joven pareja, el pasado aun pervive en su presente de manera muy dolorosa: las historias de las relaciones frustradas de Bárbara (Ana Wagener) y Germán (Ramón Madaula) que cada uno cuenta a Elisa y Jorge, respectivamente, ponen de relieve las barreras que la vida interpone para alcanzar la felicidad y sobretodo el sombrío resultado de todo ello.

Las voces de la noche es una adaptación de una hermosa y pequeña novela de la italiana Natalia Ginzburg, “Las palabras de la noche” (“Le voci della sera”, 1961) editado en español por Pre-textos (1994), a la que sublima puntualmente gracias a la escritura cinematográfica desplegada capaz de construir un melodrama conmovedor aun en la distancia. Y es que se trata de un relato visto desde la lejanía del narrador, en el que además de los planos-secuencia comentados existe una predilección por los planos medios y de conjunto, en un sugerente y fluido proceso de apropiación del original. García Ruiz, también responsable del libreto, es fiel a los sucesos relatados por Ginzburg sirviéndose hábilmente de sus estupendos diálogos y adoptando por comodidad el punto de vista en tercera persona, para a partir de este armazón imponer su visión fílmica a través del trabajo con los actores (aunque todos están muy bien, destacan Vicky Peña, Emma Vilarasau, Guillermo Toledo y una sorprendente Laia Marull), el tono delicado de la narración (vid. las transiciones entre escenas, la inclusión de flashbacks con los personajes integrados en las imágenes —procedimiento ya utilizado por el director en El otro barrio, su film anterior—, el empleo de la música) y la estudiada planificación (vid. las escenas mencionadas anteriormente, los planos concisos y breves en la casa de Elisa, el vínculo íntimo entre escenas como aquella en la que la música enlaza el pensamiento de ella con el de Jorge, cada uno en su casa, y la ausencia de aquella dibuja el momento de la ruptura construido de manera muy similar).