Le filmeur (Alain Cavalier, 2005)

Por Nacho Cagiga

La vida tal cual es

Alain Cavalier es para mí un descubrimiento muy personal. Desde que vi primero Combate en la isla (Le combat dans l´île, 1962), y, sobre todo, desde que vi Carta de Alain Cavalier (Lettre d'Alain Cavalier, 1982). Su importancia es casi similar a la de Chris Marker. Los dos me son muy queridos por haber sido los más decididos exponentes de un cinema del "yo", un cinema mostrado en primera persona. Marker y Cavalier se han decidido por un cine muy íntimo, ligado básicamente al lenguaje de diario personal, de contarse a ellos mismos, y a su entorno más cercano, sin renunciar a la inteligencia, el humor y la ternura. La diferencia fundamental está en el enfoque último de cada uno de ellos. En Marker, a través de su vinculación al fantástico, nos encontramos con él en un juego de máscaras tras las cuales continuamente se esconde, afectado por una especie de pudor vital. Así ha preferido más intentar al retrato de sus amigos y la búsqueda de una cierta utopía cultural y humanística, detrás de la cual podemos contemplar fugazmente su sonrisa irónica y la sombra de una gato.

Al contrario, en Cavalier, el tono es decididamente naturalista, contándose él mismo en primer lugar y a continuación a sus seres más cercanos, pero no para esconderse, sino para vincularse a la realidad. Si en Marker su imagen se vislumbra cuando se cuela por entre la madeja de imágenes y sonidos, en Cavalier su autoretrato está siempre presente, y a partir de él, podemos contemplar a fragmentos el mundo, "su" mundo. ¿Por qué hasta ahora casi no ha existido un cine en primera persona? La narrativa oficial ha excluido de forma totalitaria al cine subjetivo. Y sólo en los márgenes de la industria se ha podido hacer un cine que, más allá del documental y la ficción, contara, como soñó en su día Truffaut, la vida personal del autor cinematográfico. ¿Por qué un cine en primera persona, y en qué consiste en el supuesto que aceptemos su existencia? Hablar de un cine en primera persona tiene que ver con el sujeto que filma y con el punto de vista que la cámara adopta, es decir, con la identificación que se establece entre cámara y sujeto (autor). La cámara se convierte en la mirada del autor, tanto si se emplea o no la gramática subjetiva, aunque en la opción afirmativa la propuesta es aún más directa y decisiva. Porque en ese caso también confluye con la propia mirada del espectador que en ese momento se ve obligado a usurpar los ojos del cineasta, a través del uso de la cámara.

Pero además el cine en primera persona no se realiza del todo, no llega hasta su límite, si no convierte al propio autor, al sujeto, en su mismo predicado. No para construir una tautología, peligro de este tipo de cine, sino para mostrar las diferentes formas del "yo". El solipsismo derivado de este planteamiento, mientras no caiga en su vertiente más extremista y se mantenga en la hipótesis más moderada, lejos de ser un defecto se convierte en su principal virtud. Porque todo autor es un mundo. Y es ese mundo que se quiere transmitir lo que nos jugamos. El cine en primera persona implica la concepción de que el film ideal es el que no necesita ya de ningún ropaje externo, de ninguna ficción, pero sin devenir por ello en un documental. Es el cine en estado puro, el cine donde el filmador se expresa a sí mismo, desde la representación más física de su cuerpo hasta el recóndito y más íntimo recoveco de su alma. Sin olvidar todo aquello que le puede ayudar a explicarse, ya sea su habitat más inmediato, ya sea su pasado perdido.

Y es Alain Cavalier quien de forma más clara ha frecuentado este cinema, sin ser su creador, pero sí quien mejor lo ha definido junto a Marcel Hanoum, contándonos su vida tal cual es (por cierto, se acuerda alguien del serial naturalista de Feuillade), aunque claro, desde su perspectiva, desde su postura vital y existencial. En Le filmeur (2005) parece que Cavalier ha dejado de lado todo pudor, para hacer de este autoretrato un relato coherente y significativo. A veces incluso de manera incómoda y poco respetuosa, sin tener en cuenta el pudor ajeno, en un planteamiento que no deja de ser discutible. Sin embargo, todo eso acaba siendo secundario ante lo esencial de la propuesta. El cinematógrafo al servicio del propio autor, la herramienta que el vídeo —los cinemas digitales—, ha puesto en sus manos para dejar atrás las historias contadas en tercera persona y poder desarrollar por fin el potencial creativo máximo, narrarse a uno mismo y a aquello y aquellos que nos rodean, permitiéndonos ser lo que somos. Ahora que el cine es cada vez más evasivo de la realidad, que cada vez nos falseamos más, que no parecemos contentarnos con nada en la búsqueda absurda de temas que nos otorguen un estatus en vez de dejarnos ser como somos, lo que nos propone Le filmeur es encontrarnos a nosotros mismos a través del cinematógrafo. O dicho con otras palabras, contar nuestras propias historias, nuestra vida como la sentimos, una vez ha sido registrada por el objetivo de la cámara y la hemos reconstruido durante el proceso de edición. Sin reglas, sin mandamientos, para realizarlo de tal manera que no sea una moda, o una secta, y por eso mismo compuesto con el corazón, con "nuestro" corazón.

Creo que de alguna manera la historia del cine lo ha estado haciendo anteriormente, muchas veces de manera inconsciente. Ahora se trata de ser conscientes de ello, y de no perder la confianza ante la imagen que nos propone nuestra cotidianeidad, así como sobre la lectura que podemos hacer sobre ella. En cierto sentido me parece lógico haber llegado hasta este punto de partida. De igual forma que el cine ha tardado 110 años en llegar a producir una obra como Le filmeur.