«El cine es tan doloroso como despertar de un sueño»
(Philippe Garrel, 1991)
Los tópicos que acompañan a los revolucionarios los quieren impulsivos, decididos y convencidos, tan locuaces como activos. Sin embargo, la primera frase que se pronuncia en Les amants réguliers es una pregunta medida y ajustada a su angustia. En este interrogante referido a la validez de unos poemas anida la retórica que ya desde el mismo comienzo caracteriza esa cicatrice intérieure de casi todos los personajes de esta remansada película en la que predominan más los susurros, los silencios, las miradas y las noches, que los gritos, las palabras, las acciones y los días, y donde sus jóvenes protagonistas están más en continua espera que esperanzados. Un Mayo del 68 heredado de los suicidios de Jean Seberg y Jean Eustache y de la muerte de Nico (a la que se oye en la escena en que François y Lilie se encuentran).
Aunque Philippe Garrel dijera en una entrevista de septiembre de 1968 que no había que filmar las barricadas «para no hacer el juego al sistema» [1], treinta y cinco años más tarde hace precisamente lo contrario para poder decir con Stendhal —cuya Chartreuse de Parme es la fuente literaria de la historia de amor principal— «he visto todo lo que se puede ver de una batalla, es decir, nada» [2], mostrándolas en consecuencia de manera casi espectral, para mostrar así todas las barricadas, en una visión que recuerda las escenas bélicas de Skammen (“La vergüenza”, 1967), y “Les carabiniers” (1963), donde Ingmar Bergman y Jean-Luc Godard querían retratar todas las guerras.
A pesar de sus casi tres horas, “Les amants réguliers” no tiene ninguna vocación de fresco histórico. No recapitula, ni resume, ni informa de una manera convencional los acontecimientos que conformaron y sucedieron a Mayo del 68. No hace falta llegar al último de los cuatro capítulos con que Garrel y sus guionistas dividen la película, titulado El sueño de los justos, para darse cuenta que este time to love, time to dream es la reconstrucción de un imaginario [3] personal y colectivo, una revisión necesariamente poética donde lo abstracto y lo concreto se mezclan armoniosamente para producir ese efecto acumulativo que la memoria suele imponer: la paradoja.
[1] Rodeado por el vacío. Entrevista con Philippe Garrel. Jean-Louis Comolli, Jean Narboni y Jacques Rivette. Cahieres du cinéma, nº 204, septiembre de 1968.
[2] Carta a Domenico Fiore.
[3] El responsable de la fotografía es el gran operador William Lubtchansky, fiel cómplice de Jacques Rivette en sus laberínticos juegos urbanos desde hace más de dos décadas.