Mar adentro (Alejandro Amenábar, 2004)

Por Enrique Pérez

En los últimos tiempos, las actitudes intelectuales se encuentran por encima de los juicios fundados; no están a la orden del día los razonamientos rigurosos basados en el detalle, sino los prejuicios apresurados; el analista, pues, no parece interesarse tanto por el texto como por el contexto y, respecto a él, a veces da la sensación de que le importa más su yo que sus circunstancias, parafraseando a Ortega. Si el firmante de estas líneas se hubiera dejado arrastrar por el impulso de un yo ciego, por lo ajeno al texto fílmico antes que por su literalidad o por los prejuicios frente al juicio, no sólo no podría haber considerado este filme como una de las obras europeas más importantes del S. XXI sino que, probablemente, ni siquiera lo hubiera visto. Efectivamente, poco entusiasmo fue el que despertó en mí la filmografía de Alejandro Amenábar hasta el estreno de Mar adentro.

Tesis (España, 1996) fue un primer largometraje relativamente original en el contexto español pero no pasaba de constituir un thriller tópico, interpretado con un amateurismo en ocasiones irritante; una película narrativamente naufragante en medio de una música omnipresente pero escasamente expresiva y de un ineficaz empeño por epatar. Abre los ojos (España-Francia-Italia, 1998) era un paso hacia adelante desde el punto de vista técnico, en la dirección de los actores, en la consecución de algunas imágenes brillantes y en el atrevimiento narrativo; aunque fue en este punto precisamente donde se forzó tanto la máquina que su inacabable (y a ratos incomprensible) juego de muñecas rusas resultó ser más una tomadura de pelo al espectador que un planteamiento del relato verdaderamente serio. Los otros (España-Francia-EE.UU., 2000) no sólo consolida los avances de la película anterior en lo técnico, lo escenográfico, lo interpretativo, lo estético y lo narrativo, sino que además se produce ya un claro dominio de los tiempos y los ritmos, así como un afán de significar con la cámara, algo prácticamente ausente hasta ese momento; era el instante de reconocer abiertamente que Amenábar estaba experimentando una evolución clara e inequívocamente positiva, a pesar de que el efecto sorpresa del final, en el que se basa todo el filme, sepa a poco, no sólo porque se provoca demasiada expectación hacia él sino, sobre todo, porque estaba ya trabajado en El sexto sentido (The sixth sense, Manoj Nelliyattu (M. Night) Shyamalan; EE.UU., 1999).

El hecho de que entre cada una de las películas citadas hubiese dos años de diferencia daba qué pensar sobre la metodología del autor hispano-chileno, y para bien. Los cuatro años que pasaron hasta el estreno de Mar adentro presagiaban lo mejor o lo peor. Y el resultado fue ciertamente sorprendente. La arriesgada elección de los intérpretes era un obstáculo que desaparecía casi por completo en los primeros cinco minutos del filme, aunque la omnipresencia de Javier Bardem en la pantalla haga más difícil de lo deseable la credibilidad de su acento gallego. Los trabajos de los actores son, en general, excelentes y, muy especialmente, en el caso de los secundarios. El silencio, la música y las palabras no estuvieron medidos con tanta precisión en ninguna de las películas anteriores de Amenábar; aquí el silencio habla más que las palabras, el sonido del mar impresiona más que el silencio y los diálogos de los personajes afirman con precisión sus sentimientos y sus ideas. Por otro lado, el filme no sólo no está vacío de contenido ni de discurso sino que, por el contrario, resulta una clara apología de la eutanasia, en un momento histórico en el que supone (ni los prejuicios más ciegos pueden hacernos negarlo) un acto evidente de valentía y coraje expresivos e ideológicos. Si el espacio nos lo permitiera, podríamos extendernos en las virtudes técnicas de una película llena de magníficas transiciones entre escenas, primeros planos inolvidables y una extraña sensibilidad para el empleo de la luz, por poner sólo algunos ejemplos.

Pero no podemos obviar dos escenas redondas. Aquella en que, por una parte, Julia (Belén Rueda) observa las fotografías de la antigua vida de un Ramón Sampedro sano, y las observa  sonriendo y recreándose en la mucha vida que expresan las instantáneas; paralelamente, Ramón recuerda con angustia (y en acción real) aquellas mismas escenas, volviendo así a todo lo que ya no puede tener, razón por la cual prefiere morir que vivir; las lágrimas finales de Julia, al terminar de ver las fotos, contrastan con la sequedad de Ramón, que probablemente ha llorado ya todo lo posible. El otro momento inolvidable es aquel en el que vemos cómo Ramón se levanta de la cama, sabiendo ya nosotros que se trata sólo de una ensoñación suya y, retirando el lecho para poder saltar por la ventana, pensamos que sueña con el suicidio pero…, no, en realidad su mayor deseo sería poder volar y volver a disfrutar de sus montañas y valles gallegos, de la playa y de su mar querido, del amor por Julia y de la luz atlántica, que se funden en ese beso final entre ambos, sólo imaginado pero tan real para él como la propia música que envuelve inmejorablemente la escena, el aria Nessun Dorma (de la ópera Turandot;  Giacomo Puccini y Franco Alfano, 1926); cuando la melodía cesa, se acaba el sueño, y el rostro serio de Sampedro reposa encerrado de nuevo en esa particular prisión que es su cama. Amenábar ha manifestado en alguna ocasión su admiración por Stanley Kubrick y por Steven Spielberg. Pero, claro, la distancia entre ambos es insalvable: el primero es uno de los mayores innovadores del cine, un maestro de los géneros y un artista cuya personalidad ha trascendido todo aquello que ha tocado; el segundo es un artesano de lujo que, banalizando las imágenes y dominando la técnica, ha logrado ser el director más popular de la historia del cine. No sabemos qué elegiría Alejandro Amenábar si pudiera; si sus primeras películas presagiaban un esforzado deseo de acercarse al cine de Spielberg, Mar adentro nos redescubre un extraordinario afán por trascender la belleza de las imágenes y el deseo epatante de la técnica, una clara intención de construir un discurso que supere las propias imágenes y que, además, contenga un cierto interés social. Sin duda, su próxima película es su examen más difícil y quizá por eso hayan pasado ya más de tres años desde que estrenó Mar adentro. Quizá también aprendió que la sobrexposición mediática a la que estuvo sometido su filme, y él mismo con su película, no le favorecen en absoluto (ya sabemos cómo somos en España: envidia, desprecio al éxito ajeno, críticas más allá de lo cinematográfico). O quizá es que realmente está preparando concienzudamente su siguiente película, al detalle, con rigor, más como lo hubiera hecho el autor de Barry Lyndon que el de La guerra de los mundos. Ojalá.