Mi Vida sin mí (Isabel Coixet, 2003)

Por Jose Antonio Planes Pedreño

El silencio como regalo

Te busco, perdida entre sueños
el ruido de la gente
te envuelven en un velo
te busco, volando en el cielo
el viento te eleva, como un pañuelo viejo
y no hago mas que rebuscar
paisajes conocidos
en lugares tan extraños,
que no puedo dar contigo

[ De la canción "Te busco", de Celia Cruz]

El cine es la actividad artística que mejor ha penetrado en la intimidad más recóndita del individuo. En una confidencia, no es suficiente escuchar las reflexiones que alguien comunica ante una alegría o una desgracia; los lazos emocionales se estrechan cuando sentimos muy cerca los retazos de unos ojos llorosos, de los que deducimos noches enteras sin dormir, el ritmo acompasado de las palabras, que se susurran entrecortadas, entre silencios; y el pelo revuelto, mojado por la lluvia, de la misma forma que la ropa, con cuya humedad se transparenta el cuerpo. Y sin embargo, más allá del paisaje humano está el paisaje que rodea a nuestro confidente; la revelación se funde con el lugar en donde se está produciendo el encuentro, con los rasgos que lo definen: a veces es una habitación vacía, con paredes sin pintar, con las huellas de unos muebles que ya no están, pertenecientes a una persona que ya no está; y hay libros, pilas de libros, sobre el suelo desnudo. Muy cerca del personaje, casi abrazándolo, la cámara ha conseguido que escuchemos de verdad a alguien a quien el tiempo se le ha empezado a agotar. En muchas ocasiones, el espectador/a se convierte en el único confidente al que se aferra un personaje. Algo parecido es lo que le sucede a Ann (Sarah Polley), protagonista de Mi vida sin mí, película de la directora catalana Isabel Coixet.

Hoy día, nuestro mundo nos ofrece a cada paso innumerables posibilidades, innumerables ofertas: ofertas para visitar exóticos países, ofertas para comprar móviles, ofertas para decorar nuestro salón con muebles de todo tipo, ofertas de utensilios con los que cortar trozos de fruta en ingeniosas figuras, ofertas, incluso, para conocer gente y entablar amistades… Sin embargo, a la hora de la verdad, nuestra existencia se acaba comprimiendo, reduciendo a unos cuantos espacios, a unas cuantas personas. En Mi vida sin mí, Anne trabaja en un turno de noche limpiando las dependencias de una universidad. Al finalizar, pasa a recoger a su madre, que tiene un horario laboral parecido al suyo, trabajando en un hotel como pastelera. De regreso a sus respectivos hogares, no hablan demasiado durante el trayecto en coche. No se llevan bien. En la caravana donde vive Anne le esperan sus dos hijas y Don, su marido, un buen hombre, un buen marido, pero “un desastre completo”,según sus propias palabras. Sin mucho tiempo para más experiencias, Ann tuvo que asentar su vida cuando a los diecisiete años se quedó embarazada. Nunca se ha quejado, nunca ha dado resquicio a la infelicidad, pero un cáncer terminal frena su existencia en seco. ¿Cómo encarar, a partir de ahora, ante la falta de futuro, las escasas parcelas de su vida?

Obviamente, Anne adopta una actitud mucho más reflexiva y empieza a preparar su ausencia en los pocos meses que le restan; elabora una lista con pequeñas ilusiones que le gustaría satisfacer y decide preservar la normalidad, esto es, no revelar la enfermedad a su entorno familiar. Los espectadores de Mi vida sin mí siguen a Ann en su nueva y lúcida percepción de su esfera personal; vive con mayor intensidad el momento, saborea sensaciones de situaciones muy cotidianas en las que antes no había reparado, advierte la insignificancia del envoltorio consumista que le asalta a cada paso, de los mensajes triunfalistas que los anuncios publicitarios intentan vender; y es más consciente, finalmente, de las obsesiones que dominan a los personajes que le rodean: la camarera que anhela transformarse en Cher, el influjo de las dietas en su compañera de trabajo, la inclinación de su madre por las historias desgraciadas, el complejo de su médico para sentarse frente a sus pacientes y revelarles la enfermedad que padecen, la peluquera enfrascada en sus trencitas, el trauma del pasado que sacudió a su vecina o la extraña disposición de su padre que, encarcelado desde hace muchos años, llena su tiempo fabricando zapatillas. Parece normal que, para alguien a quien el tiempo se le agota, estas aristas le resulten, cuando menos, incomprensibles. Sin embargo, Ann, y también los espectadores, que la acompañan en su periplo, no hacen juicios de valor; su mirada está llena de comprensión, llena de ternura: “Nadie es normal”, concluirá.

Lógicamente, el ritmo narrativo se sucede de forma pausada, a través de una puesta en escena en dónde predomina una amplia gama cromática, que embellece el humilde escenario en el que se ubica la historia, situado en el extrarradio de Vancouver, Canadá; en este sentido, encontramos un diseño de producción cercano al de las películas más recientes de Pedro Almodóvar, no por casualidad productor, junto a su hermano Agustín, de Mi vida sin mí. Pero además de este colorido, fundamental para doblegar el dramatismo, Coixet cuida al detalle las localizaciones en las que se desenvuelve Ann: la caravana dónde vive, la universidad, la lavandería, la sala de espera del hospital, la casa de Lee… de todos estos lugares se pueden extraer connotaciones simbólicas, significados que van más allá de su ligazón al itinerario emocional de la película, algo que también inferimos en las restantes películas de su directora, sobre todo en Cosas que nunca te dije, previamente, y en La vida secreta de las palabras, rodada tres años después de Mi vida sin mí. En el cine de Coixet siempre vislumbramos interesantes comentarios sobre las relaciones humanas, sobre los encuentros y desencuentros de las personas, sobre las razones del aislamiento, de la infelicidad…

Al mismo tiempo, la realizadora catalana se vale de otros recursos expresivos para hacer visible la mirada de Anne: además de aceleraciones y ralentizaciones de la imagen, texturas muy elaboradas y secuencias de montaje —herramientas propias del universo publicitario del que procede— Coixet se permite salidas surrealistas introducidas en el curso de los acontecimientos con muchísima elegancia; en este sentido, resulta muy ilustrativa la pequeña escena musical que tiene lugar en el supermercado bajo los compases de la canción Sensa Fine, de Gino Paoli. Sin embargo, a este despliegue de elementos formales hay que sumar, sobre todo, las penetrantes miradas que desfilan a lo largo de la película, en parte gracias a un magnífico elenco de actores y actrices, todos sabiamente dirigidos: desde la soberbia Sarah Polley —que ya conocíamos de El dulce porvenir, de Atom Egoyan— hasta Leonor Watling, pasando por Mark Ruffalo, Deborah Harry, Amanda Plumer, Maria de Madeiros y Scott Speeman.

Queda así una historia de personajes inseguros, melancólicos y solitarios que buscan encontrarse a sí mismos; que añoran el amor, el contacto humano, los vínculos afectivos, la realización personal… una búsqueda que, indudablemente, juzgarán un poco más factible después de conocer el conmovedor silencio de la persona que los unió, una vez que ésta ya no esté entre ellos, cuando solamente queden sus palabras de aliento en las cintas que laboriosamente grabó durante el transcurso de su enfermedad. Y es que, a pesar de su tono crepuscular, Mi vida sin mí no es una película sombría; es una lección de coraje, de vitalidad, de romanticismo, y sobre todo, una lección de cine con mayúsculas.