La segunda película de Pawel Pawliskowski, My Summer of Love, es una de las obras más misteriosas y enigmáticas surgidas en los últimos años. Si el concepto de cine poético tuviera consistencia, bien podría hablarse de tal, si no fuera porque es algo más. La historia de Mona (Natalie Press) y Tamsin (Emily Blunt), dos jóvenes de diferente clase social, cultural y temperamento que unen durante un verano sus vidas acaba siendo una muestra de la posibilidad de trazar sobre una narración sencilla un sinfín de propuestas que subyacen bajo la misma pero sin forzarlo, es decir, prima la historia antes que nada pero dejando que otros elementos se vayan desarrollando de manera paralela sin olvidar en momento alguno qué es aquello que en verdad importa. Desarrollada en un espacio concreto, una localidad inglesa del interior, y en un tiempo presente que bien podría ser un tiempo pasado, la música, por ejemplo, así lo sugiere, algo que le da un carácter etéreo a las imágenes, la relación de las jóvenes, quienes van conociéndose entre sí para, de ese modo, conocerse también mejor a ellas mismas y transmitir la confusión de la adolescencia y el descubrimiento de la vida en sus diferentes facetas, está rodeada además de una visión de la realidad de diferentes aspectos, como el religioso (ejemplificado en el hermano de Mona, quien tras una vida criminal abraza la religión en ese pequeño pueblo junto a otros habitantes del mismo llegando a rozar el fanatismo), el social (la diferencia de clases entre ellas), el cultural, e, incluso, políticamente, en caso de quererse apreciar en el desenlace final una visión de clase, y, por tanto, directamente relacionado con la política.
Sin embargo, Pawliskowski decide mostrar esa realidad a través de unas imágenes marcadamente bellas, cuidando la fotografía, resaltando los colores, como si las imágenes tuvieran que ser todo lo contrario al oscuro sentido que Mona y Tamsin encuentran en su interior; también en su exterior. Pawliskowski parece crear un contraste entre aquello que sienten y aquello que les rodea, resaltando las secuencias donde ambas se introducen en la naturaleza para dar rienda suelta a su libertad; cuando Mona debe de regresar al pub donde vive con su hermano y que se ha convertido en lugar de reunión religiosa, entonces, el contraste asume otras maneras mucho más concretas, del mismo modo que los interiores de la casa de Tamsin, en una extraña penumbra constante, dejan patente como los espacios donde se desarrollan las historias acaban siendo de gran relevancia para conocer a los personajes, sus inquietudes y miedos, sus deseos, para convertirse parte de ellos y viceversa. Pawliskowski realiza un gran trabajo en la ambientación, quizá incluso no premeditado, dejando que cada elemento tenga validez por sí mismo pero que acabe formando parte de un todo.
Porque al final, cuando Mona descubre que todo ha sido una especie de juego de Tamsin, siendo víctima del desamor (Tamsin), de su hermano (familia y religión), de su clase social (porque Tamsin no deja de ser una niña rica), entonces, todo debería en principio que asumir un tono más gris, pero no es así, porque Pawliskowski permite a Mona, al final, alzarse como el único personaje de la película que concibe la realidad circundante desde una mirada de esplendor, quizá, la que produce la inocencia de quien se enfrenta al mundo sin las suficientes armas para defenderse, armas que, poco a poco, con la experiencia, irá adquiriendo para, mucho después, mirar hacia atrás y recordar ese verano de amor que viviera y retrotraerlo desde el tiempo con las bellas imágenes que Pawliskowski imprime a una magnífica película.