Jean-Luc Godard siempre ha sido un provocador y una persona contradictoria, cuyas ideas han sugerido más rechazo que admiración, más oscuridad que luz. Incluso en plena década de los sesenta, en mitad de su período más rico, las contradicciones en las que incurrió fueron notorias. Su búsqueda de un cine europeo en oposición al ya por entonces omnipresente cine estadounidense, sin ir más lejos, no le impedía citar a Nicholas Ray, a Samuel Fuller, a John Cassavetes o a los maestros de la serie B, como si ellos no formasen parte de las huestes enemigas. Lo que me interesa dejar claro en este momento es mi desacuerdo con ciertas ideas de Jean-Luc Godard, aunque también quiero expresar mi admiración por su extraordinaria capacidad de búsqueda de lenguajes donde sus inquietudes encajen mejor, sin caer nunca en la comodidad o en la autoindulgencia. Cualquier película suya, por fallida o decepcionante que sea, tiene algo que ofrecer; en todas hay una consideración, una intuición o una emoción para justificarlas.
En Nuestra música, Jean-Luc Godard nos lleva con él a Sarajevo. Allí, a pesar de que la guerra ha terminado, la cámara quiere presentar el escenario como si se tratase de un campo de batalla. Bastantes edificios, por ejemplo, continúan exhibiendo sus heridas. Descritas a la manera de los círculos de Dante en “La Divina Comedia”, las tres partes de la película quieren dibujar el pasado, el presente y el futuro a través de diferentes metodologías. Para entrar en materia, Jean-Luc Godard hace uso del collage durante los diez minutos iniciales, sin sonido ni narración en off, con un acompañamiento de piano, mientras en la pantalla se suceden imágenes de archivo mezcladas con fragmentos de viejos clásicos. No se establece ninguna diferencia entre la realidad y la ficción, como si el paso del tiempo hubiese convertido las películas en documentos igual de significativos sobre la guerra que los documentales rodados cuando tenían lugar los conflictos bélicos que salpicaron el siglo XX.
Sarajevo, durante la parte intermedia de la película, se transforma en un paisaje donde se mezclan la realidad y la ficción. Aparece el propio cineasta dando una conferencia, y junto a él se mueven otros intelectuales, como Juan Goytisolo, al tiempo que dos reporteras judías (interpretadas por Sarah Adler y Nade Dieu), que son personajes de ficción, esbozan diferentes posiciones frente al conflicto árabe-israelí. Pero no hay una posición detrás de la cámara. Cada persona tiene sus razones, parece querer decirnos Jean-Luc Godard, que aquí habla con tono de lamento, con tristeza.
Antes de llegar a la parte final, sabemos que una de las reporteras ha muerto. La seguimos a continuación por el Paraíso, que es un recinto vallado, donde unos marines estadounidenses mantienen la vigilancia. Hay una profunda tranquilidad, aunque algo resulte preocupante. ¿Quizás las armas? ¿O serán los colores de la bandera estadounidense? No podemos saberlo, aunque tampoco nos interesa. Hemos atravesado a lo largo de la película varios períodos en la carrera de Jean-Luc Godard: la etapa de los collage o de los ensayos fílmicos; los últimos años de la década de los sesenta, cuando ya no cree en los géneros cinematográficos y ni siquiera cree en la sinceridad del cine de ficción; y su etapa más radical (y discutible), con el grupo Dziga Vertov. Materiales tan diversos dejan claro que estamos ante un cineasta versátil, cuyas obras podemos querer más o menos, sin dejar de admirar la audacia incontestable de casi todas, y esta una de ellas.