Pavee Lackeen: The Traveller Girl (P. Ogden, 2005)

Por Alejandro Díaz

El cine y las herencias

Puede sorprender a algunos la inclusión en este dossier de un film como la producción irlandesa dirigida por el debutante Perry Ogden en 2005, ya que se trata de un largometraje que no contiene ninguna innovación estilística o temática aparente, no marca ningún hito en la historia audiovisual y se presenta como un trabajo modesto y poco ambicioso. Y, sin embargo, se trata de una película que podría constituir (y creo que ello sería algo deseable) un modelo a seguir por el llamado “cine de denuncia social” para evitar la tendenciosidad o los excesos discursivos y, particularmente, para un cine español en el que dicho “género”, salvo honrosas y muy escasas excepciones, suele deparar obras que acaban resultando falsas e incluso contraproducentes. ¿Y cuál es el método de trabajo que sigue el fotógrafo Ogden en esta película? Pues ni más ni menos que contribuir a la mixtura entre las formas propias del documental y la ficción con una pieza en la que se dedica a seguir a una serie de personajes con unas características vitales muy particulares (de quienes recopiló horas y horas de material grabado con cámara digital) procurando describir cómo es su vida con respeto, sin concesiones ternuristas y, sobre todo, con la mayor precisión posible. De ese modo, el director procura un relato sin corsés preconcebidos para perfilar a sus personajes de modo poliédrico.

Esta forma de abordar la confección de una película parte sin duda de algunos de los postulados heredados del neorrealismo italiano de los años cuarenta y cincuenta. Se trata de no dar la espalda a la realidad, de dejar que ésta contamine las imágenes, y de no forzar la belleza estética de las tomas o el montaje, que adquiere un sentido pragmático o didáctico. Seguir a un(os) personaje(s) con amor en todos sus descubrimientos, tal y como postulaba el imprescindible Roberto Rossellini, lo que tampoco supone limitarse a observar sólo lo que la realidad ofrece. La operación sería, más bien, una mezcla entre las circunstancias reales de los personajes y la construcción de una serie de situaciones o estampas fieles a lo que suele formar parte de su cotidianeidad, con la intención siempre de alcanzar algún tipo de revelación, de mostrar las cosas “por dentro”.

La protagonista femenina de esta película es Winnie, una niña que forma parte de uno de los últimos clanes de nómadas (travellers) irlandeses, personas que viven al margen de los “avances” de la sociedad occidental manteniendo una cultura y una lengua propios. Estamos, pues, ante una película sobre los últimos estertores previos a la desaparición de unas formas de vida que difícilmente logran sobrevivir en el seno de una sociedad cuyos valores preponderantes difieren diametralmente de los de estas personas. En ese sentido, y sin hacer mucho ruido, Pavee Lackeen podría adherirse a la corriente que representan algunas películas recientes, de  En construcción (2001. José Luis Guerin) a Juventude em marcha (2006. Pedro Costa), la cual tiene a su vez una innegable deuda con las películas de Jacques Tati, en las que las tradiciones y costumbres más típicamente humanas fueron sustituyéndose por frialdad y movimientos mecánicos, y las imperfecciones se trocaron en uniformidad. Y un personaje como Winnie, además, se convierte en un nuevo “mártir inconsciente de su tiempo” (en feliz expresión de Carlos Losilla), completamente a merced de los azotes de un mundo caótico, en la línea de las ya míticas heroínas de ciertos films de Mizoguchi, Ophüls, Godard o del propio Rossellini. Pero, más aún, Winnie es un ser que apenas es capaz de formarse una cierta idea racional del mundo, de interpretar la mayoría de signos que reciben sus sentidos, con lo que se podría hablarse, de algún modo, de un personaje gemelo de los protagonistas masculinos de La libertad (2001), Los muertos (2004) o Fantasma (2006), la magnífica trilogía de películas que conforma, por el momento, la filmografía de Lisandro Alonso. No es mal balance para una película que despliega sus virtudes sin llamar la atención innecesariamente, sin alzar nunca la voz.