El trabajo más significativo realizado por Ken Loach en lo que llevamos de S. XXI comienza con unas imágenes nocturnas de tono claramente realista (luz semejante a la natural, cámara ligeramente oscilante, diálogos solapados, espontaneidad en la interpretación) en las que dos adolescentes ganan dinero cobrando a un grupo de chavales más jóvenes por mirar hacia las estrellas a través de un telescopio; los niños no tienen suficiente dinero para pagarlo todo, pero los mayores les permiten mirar de todos modos y, mientras escuchamos una suave melodía extradiegética de tono evocador, las palabras de los jóvenes y la actitud de los niños nos hacen percibir que están ávidos, todos ellos, de encontrar otros mundos. Probablemente sea esta una de las escenas menos trascendentes del filme y, desde luego, no es tampoco una de las más brillantes de Loach pero, sin embargo: define a la perfección el tono estético del filme, nos introduce en la situación social de los personajes, nos deja intuir brevemente sus sentimientos y nos contrasta la realidad vivida con la lejana soñada de los planetas desconocidos. Esto es lo que ocurre con el cine de Loach, que ninguna imagen, ningún plano, nada, es gratuito ni, mucho menos, banal; nada es azaroso y sí, por el contrario, largamente meditado y planificado con una precisión y una coherencia ausentes de la mayor parte del cine contemporáneo.
Quienes critican hoy a Loach no lo hacen tanto por sus textos fílmicos como a partir de pre-actitudes intelectuales. Quizá preferirían que la dureza con que nos traslada la realidad de la adolescencia en un entorno familiar y social complejo no se matizara, de repente, como si nada, con un plano del arco iris; pero, ¡ay!, la vida es así de cruel y en aquel día en que uno quisiera morir, aparece de repente en el horizonte el arco iris más bello nunca visto. Quizá Loach gustara más si rodara en planos doblemente largos o mucho más crípticos, en los que el autor no se mojara en la concreción de lo real sino que dejara que el deseo del espectador rellenase los vacíos, pero, ¡ay!, la realidad fluye imparable, cada segundo ocurre algo a nuestro alrededor que nos determina, cada palabra aparentemente banal tiene un significado y todo aquello que vemos y oímos, importa: exactamente como ocurre en ese momento de Felices dieciséis en que el protagonista y un amigo intercambian tres breves palabras sobre comer pizzas mientras beber cerveza y pescar por la noche acompañados de dos tías, o sea, su concepto de felicidad; algo tan banal y tan importante que Loach lo soluciona con dos breves planos y tres sencillos diálogos. Seguro que el cineasta británico sería más respetado si, en finales como el de este filme, realizara una escena elíptica en la que el adolescente protagonista deambulara, totalmente perdido, por una playa desconocida; pero eso sería para Loach una simple pose estética, casi esteticista; él necesita que oigamos la voz angustiada de la madre tras el teléfono, que la escuchemos declarando a su hijo la angustia casi desesperada porque de nuevo le busca la policía, y que veamos las lágrimas del chico que, no, efectivamente, no se encuentra a sí mismo. Ken Loach, a diferencia de muchos cineastas de actitud intelectual supuestamente elevada, cree en la comunicación y en los sentimientos. La mayoría de los festivales importantes del mundo y gran parte de los públicos europeos le han premiado ya por ello con su éxito, pero todavía hay quien prefiere el hermetismo y la distancia antes que la honesta conexión con la emoción del espectador al descubrir realidades que no son las suyas pero, terriblemente, se le parecen mucho.