The End of the Affair (Neil Jordan, 2000)

Por Enrique Pérez

El salto al escenario internacional del cineasta irlandés Neil Jordan (Sligo, 1950) se produjo en 1992 gracias a Juego de lágrimas (The crying game; Reino Unido-Japón), aquel filme en el que el trasfondo de la problemática terrorista irlandesa tan sólo encuadraba una cruda y muy reveladora historia de amor, en la que el inopinado descubrimiento de la transexualidad de la protagonista suponía un terremoto narrativo y emocional. Las valoraciones sobre el cineasta fueron aparcando progresivamente la atención a esas características en beneficio de unos supuestos valores sociales o ideológicos de los que la interesante pero irregular Michael Collins (Michael Collins; Reino Unido-Irlanda-EE.UU., 1996) supondría la sustanciación. Pero aquellas cualidades olvidadas por parte de la crítica adquieren en El fin del romance cotas especialmente altas, tanto en lo narrativo como en lo estético, y convierten al filme no sólo en el mejor de los realizados por el irlandés sino, indudablemente, en el más injustamente tratado.

La película, que parte de un texto de Graham Greene y que tiene ya un precedente cinematográfico (Vivir un gran amor, The end of the affair; Reino Unido, Edward Dmytryk, 1955), narra una historia de amor romántico, de pasión desbordante, de afecto por la fuerza de la costumbre, de infidelidades y deslealtades dentro del marco determinante de la Segunda Guerra Mundial. Indudablemente, el hecho de que se trate de una adaptación literaria del legendario Greene, que hubiese una primera película del mitificado Dmytryk y que el filme orille las cuestiones sociales y políticas en favor de los sentimientos de los personajes, no podía tener como consecuencia nada más que la indiferencia o el desprecio, como en su día les ocurrió a algunas de las mejores obras de cineastas eminentes como El fin de la inocencia (The age of innocence, Martin Scorsese; EE.UU., 1993), Barry Lyndon (Barry Lyndon, Stanley Kubrick; Reino Unido, 1975) o Tess (Tess, Roman Polanski; Francia-Reino Unido, 1979).

El filme comienza con un antológico plano descriptivo de detalle que nos descubre el contexto desde el que el protagonista (que es, además, uno de los dos narradores de la historia) nos relata su angustiosa experiencia romántica. Ese primer plano de la película, que dura algo más de un minuto, se presenta con la brillante partitura obsesiva de Michael Nyman (quizá uno de sus mejores trabajos, si no el mejor), con un tono eminentemente trágico propio del puro relato romántico donde se entremezclan el amor y la muerte, con el admirable trabajo de Ralph Fiennes (aunque quede algo ensombrecido por la sobresaliente Julianne Moore) y con el ambiente opresivo y angustioso que recorre toda la narración y que nos es transmitido siempre con maestría por la puesta en escena; desde este último punto de vista, Neil Jordan es uno de los cineastas contemporáneos que más dominan todas las bisagras del lenguaje cinematográfico y eso le destaca del resto, por más que se pretendan buscar en él otro tipo de cualidades, relacionadas con los contenidos o las ideas de sus filmes.

La estructura de la película, que juega con la diversidad de los puntos de vista de ambos enamorados a la hora de hacernos llegar la realidad de los hechos y las emociones sentidas, es otro de los grandes aciertos del cineasta irlandés, guionista y adaptador de Greene, además de director. Más allá de ofrecernos la variedad de enfoques con que la pasión del amor obnubila a los amantes, el andamiaje lingüístico de la película permite al cineasta jugar honestamente con la sorpresa como instrumento narrativo de primer orden; además, entre los intersticios dejados por el acople de las diversas perspectivas, se cuela una interesante reflexión sobre conceptos como el destino, la determinación de nuestra vida a través de nuestras decisiones y la naturaleza etérea de la felicidad o la tragedia.

Si Jordan rodara ahora un filme sobre el conflicto irlandés, en el que nos mostrara la dureza de la vida a pie de calle y realizara algunas reflexiones políticas de cierta apariencia, probablemente escucharíamos rápidamente un coro de voces que, alto y claro, proclamaría su genialidad. Entre algunos intelectuales nunca han importado los sentimientos, sólo las ideas. Pero los artistas se han expresado siempre a través de las emociones, aunque en el dominio de su materialización hayan llegado a trasladarnos ideas geniales y reflexiones que se han hecho imprescindibles con el paso del tiempo. El fin del romance se convertirá, en el futuro, en uno de los filmes más considerados de Jordan, simplemente porque es uno de los más auténticos; aunque cierto tufillo religioso, que encaja mal en el tono pasional y resulta definitivamente prescindible en la coherencia interna del relato, lo aleje de ser una obra verdaderamente redonda.