El principal inconveniente de un filme como este quizá no sea intrínseco a la propia obra; puede que esté en la publicidad que se realiza de la propia película. Los intereses económicos del sector cinematográfico, ineludibles y fundamentales para el mantenimiento de la industria, conducen en ocasiones a situaciones de saturación propagandística que no favorecen a los filmes y, en algunos casos como este, hasta pueden llegar a perjudicarlos. Uno desea muchas veces, con mero voluntarismo, poder ver una película sin haber escuchado ni visto nada sobre ella, lo que resulta hoy día poco menos que imposible. Cuando se lanzó la campaña comercial para promocionar El pianista, se habló hasta la saciedad de una descripción minuciosa de la vida en la Polonia ocupada por los nazis y de una profundización en el horror de los campos de concentración. La película, en efecto, rodea esos temas y algunos otros relacionados con la Segunda Guerra Mundial y, muy especialmente, con el nazismo; pero su objetivo final es muy diferente: contar la peripecia individual de un desafortunado músico en cuya vida, dadas las terribles circunstancias que le toca experimentar, el azar juega un papel fundamental. Así, el centro conceptual de la película de Polanski, fuera esa su intención o no, resulta ser la azarosa peripecia de un individuo en un contexto histórico adverso, que bien podría haber sido, adaptando el guión, la de un indio durante la conquista del oeste o la de un trabajador de Sintel en el Madrid de finales del S. XX. Tanto la estructura narrativa de la película como las radicales inflexiones del guión, que pisan demasiado fuerte sobre el lábil terreno de la verosimilitud, nos tratan de hacer empatizar con las aventuras de un pianista en el universo nazi pero bajo ningún concepto se nos están narrando cuestiones generales sobre la época ni se está profundizando en ninguna de las cloacas del régimen de Hitler. No se trata, por tanto, de un relato colectivo, como se nos quiso vender, sino de una peripecia individual.
Por supuesto, esta cuestión no debe ser un apriorismo que influya decisivamente en el juicio del filme, pero no es menos cierto que resulta siempre decepcionante encontrarse con algo tan distinto a lo prometido y, por tanto, a lo esperado. Hecha esta salvedad y entrando en el análisis de la película sólo por lo que es y no por lo que se quería que fuera, El pianista resulta un filme notable con algunas fallas que le impiden alcanzar la excelencia. En primer lugar, resulta indiscutible el prurito realista de Polanski, como no podría ser de otro modo al proceder el material dramático de la obra, en parte, de vivencias personales; pero, en la otra cara de la moneda, nos encontramos con algunas situaciones excesiva y reiteradamente marcadas por la casualidad, que afectan directamente a la vida del músico protagonista y que, sobre todo al final del filme, rayan directamente en lo inverosímil. En segundo lugar, Polanski maneja con maestría la banda sonora distribuyendo los silencios, la música y la palabra con el rigor que caracteriza casi toda su obra. En tercer lugar, la interpretación de Brody resulta excepcional durante casi todo el metraje, si bien es cierto que en la última parte del filme lleva demasiado lejos algunas expresiones de dramatismo, casi extemporáneas dentro de la línea general del filme lo que, por otra parte, contrasta también con la prudencia en el uso efectista de otros elementos por parte de Polanski, como la música o la fotografía. En cuarto lugar, y como suele ser también habitual en el cine del autor de origen polaco, el rigor a la hora de componer los planos, de encuadrar y de acotar el tempo exacto de las escenas resulta ejemplar durante la mayoría del filme; sin embargo, y mirando de nuevo el reverso del mismo concepto, al final de la película se tiene la innegable sensación de que el relato podría haberse comprendido y disfrutado del mismo modo —o, quizá, más intensamente— con quince o veinte minutos menos de metraje, seguramente aquellos que se utilizan para tratar de metaforizar como colectiva la que es una experiencia fundamentalmente individual del pianista que protagoniza la historia.
Probablemente existan diez o más películas europeas del S. XXI mejores que El pianista. Sin embargo, el penúltimo filme de Polanski (hasta la fecha) resulta inigualablemente representativo: narra la aventura individual de un pobre hombre durante el tiempo del nazismo, evocando algunas de las experiencias personales del cineasta durante una época que, además, influyó decisivamente en su carácter; de otro lado, es un magnífico ejemplo de cómo el cine europeo puede cosechar grandes éxitos de público, dentro y fuera de la propia Europa, sin renunciar necesariamente ni a sus principios ni a sus constantes expresivas; en relación a lo que acabo de mencionar, el filme resulta también paradigmático en cuanto al modelo de producción hacia el que se dirige imparable el entorno europeo, como es la colaboración entre países fuertes (Francia y Reino Unido, sobre todo, en este caso) con otras cinematografías progresivamente recuperadas (Alemania) o todavía dubitantes (Polonia); y, para finalizar, El pianista es un magnífico ejemplo de la creatividad que conservan nuestros grandes autores (Polanski es un cineasta eminentemente europeo, por más que gran parte de su carrera la haya realizado en Estados Unidos), aunque tengan cumplidos ya, como es el caso, los setenta años.