Autor prácticamente ignorado allén de las fronteras galas, Jean-Baptiste Rossi, en arte Sébastien Japrisot (1931-2003), para aquellos advertidos, cuanto menos de su existencia, lo relacionarían con su quehacer como novelista. Los menos le sitúan en sus labores en calidad de guionista, en especial desde finales de los años sesenta hasta mediados los años setenta. Suyos son los scripts para El pasajero de la lluvia (1969, Le passager de la pluje), La dama del coche con gafas y un fusil (1970, La dame dans l'auto avec des lunettes et un fusil) —que partía de una novela propia—e Historia de O. (1975, Histoire d’O.), films enmarcados en una etapa del cine francés dominada, a los ojos de la crítica, por las propuestas de los integrantes de la nouvelle vague. Entre éstos destacaría sobremanera el nombre de François Truffaut, un referente inexcusable al valorar el contenido y el «continente» de Largo domingo de noviazgo.
Jean-Pierre Jeunet se interesó por la novela de Japrisot antes de su muerte acaecida a los setenta años en Vichy, una localidad clave para la historia referida a la Segunda Guerra Mundial en territorio galo. Quizás Japrisot podría haber optado por ubicar Largo domingo de noviazgo en aquel espacio geográfico y alrededores al albur de un conflicto bélico que se cobraría millones de muertos en poco más de un lustro. Similar espacio temporal ocuparía la Gran Guerra, el marco bélico que escogería Japrisot para una de sus últimas obras publicadas y que, a la postre, merced al film de Jeunet, se convertiría, a título póstumo, en uno de sus grandes éxitos literarios.
Prescindiendo de arbitrar un juego comparativo entre novela y film, sí que en un principio puede sorprender la elección de semejante material por parte de Jean-Jierre Jeunet. Conociendo la metodología de trabajo de Jeunet, más que perseguir una fidelidad al texto de partida, respetar el «espíritu» o la esencia del mismo, el cineasta natural del Loira preserva el sentido humorístico que recorre las páginas de la novela de Japrisot. Un humor que nunca traspasa los límites de lo grotesco y de lo zafio y que siempre se equilibra, al otro lado de la balanza, con un aliento nostálgico y melancólico suministrado en proporciones similares (algo que potencia la excelente partitura de Angelo Badalamenti) que es lo que, al fin y al cabo, define el cine de Jean-Pierre Jeunet. Pocos realizadores que trabajan en el cine actual saben armonizar un universo visual propio como el que crea Jean-Pierre Jeunet sobre escenarios reales —ayudados, para la reconstrucción de la época, con técnicas infográficas y digitales— con una historia que, para la ocasión, se sirve de una fuente literaria que relata una historia de amor fou durante la Primera Guerra Mundial. Es la combinación de la imaginería visual —próxima, por sus tonalidades ocres y doradas, a Delicatessen (1991)—, el romanticismo teñido de melancolía que compete a la relación entre Mathilde (Audrey Tautou) y el soldado Manech (Gaspard Ulliel), de la contundencia de unas imágenes que muestran los efectos de la batalla, lo que sitúa a Largo domingo de noviazgo entre los ejercicios más notables de los albores del siglo XXI. En relación a su valoración por parte de la crítica, aquellos que saludaron su ópera prima con todos los elogios posibles y que, a posteriori, vieron en La ciudad de los niños perdidos (1994, La cité des enfants perdus) una propuesta casi mimética, han seguido idéntico procedimiento a la hora de evaluar Largo domingo de noviazgo (2004) como una continuación de las andanzas de Amélie Poulain, cuyo primer capítulo había sido el título precedente de Jeunet, la exitosa Amélie (1991, La fabuleux destin d’Amélie Poulain). Advertido de que esta situación podría darse, Jeunet eliminó algunas escenas que merecieran equipararse con su anterior film, más aún si cabe cuando la protagonista femenina era la misma (Audrey Tautou), dejando un metraje final de unas dos horas de duración que remiten a un universo de una gran plasticidad visual y que, a menudo, resuelve las situaciones narrativas planteadas valiéndose de recursos que ya había empleado Truffaut en algunos de sus films, como El pequeño salvaje (1969, L’enfant sauvage) o Las dos inglesas y el continente (1972, Les deux anglaises et le continent) en relación al ojo de cámara —recurso técnico propio de la época silente— que abre y cierra algunas escenas, o la imagen superpuesta de Mathilde, a modo de narradora, a un lado del encuadre, respectivamente. Asimismo, Truffaut homenajearía en Vivamente el domingo (1983, Vivement en dimanche), su postrero film, a Senderos de gloria (1957, Paths of Glory), algo a lo que Jeunet no ha podido resistirse, ya sea por su filiación hacia el mundo del cómic —en este caso, a Jacques Tardi y su álbum Trincheras—o, a través de una de las producciones más alabadas sobre la dialéctica del uso y el abuso del poder en el marco de la Primera Guerra Mundial. Como el film de Stanley Kubrick, el reconocimiento de Largo domingo de noviazgo probablemente sea tardío, no por efectos de la censura, sino por una falta de perspectiva en torno a la obra de un cineasta con letras maýusculas que define con la precisión de quien se sabe un artista completo cada plano, encuadre o secuencia en cada uno de sus films. Y Largo domingo de noviazgo, lejos de resultar una excepción, es el refinamiento de un estilo visual y narrativo que difícilmente admite parangón entre los trabajos de sus colegas europeos en activo.