Uno de los temas esenciales desde siempre en la filmografía de Jacques Rivette ha sido la representación, y sus diferentes interpretaciones-dimensiones, y ha utilizado en muchas ocasiones para hablar de ésta el medio teatral. Encontramos en prácticamente toda su obra que esta búsqueda y el diálogo que se establece con el teatro es constante, ya sea de forma más o menos soterrada, o en primera persona como en films tan poco conocidos para el espectador español como L´amour fou (1969), Out one (1971), o L´amour par terre (1984). Vete a saber (Va savoir, 2001), sigue esta estela pero lo hace desde un punto de vista eminentemente cómico, burlesco, casi contagiado por los dos dramaturgos que gravitan a lo largo de todo el metraje, Luigi Pirandello, y Carlo Goldoni, cuya obra perdida, Il destino veneziano se convierte en uno de los particulares Mcguffin de la película. Las desventuras de Camille (Una maravillosa Jeanne Balibar), y el conflicto que le supone el regreso a París y el reencuentro con su ex, así como las investigaciones de su pareja (Brillantemente interpretado por Sergio Castellito) de biblioteca en biblioteca a la búsqueda de la obra extraviada, son sólo el punto de partida de la propuesta de Rivette. El cineasta continúa absolutamente fiel a sus constantes, y a su particular forma de trabajo, es actualmente uno de los pocos que construye a partir de la improvisación, y que además logra que cada uno de sus nuevas propuestas transmita esta sensación de frescura, libertad. Vete a saber, es uno de esas raras películas que el espectador puede paladear, dejar que le atrape en su particular tempo, y detenerse junto a los protagonistas en la narración, para pasear, como en los tiempos de René Clair, por los tejados de París. El visionado para el espectador español resulta doblemente sugestivo, es partícipe de esta deliciosa reflexión sobre las relaciones humanas, y la mínima frontera que separa realidad y ficción, y se reencuentra, por no decir que descubre a uno de los grandes desconocidos de la Nouvelle vague, uno de los autores europeos más sugestivos que peor distribución ha tenido desde siempre entre nosotros, ya bien sea por la “incomoda duración” de sus obras, por lo general superan las dos horas y media, metraje que parece sólo reservado a espectaculares productos hollywoodienses, por ceguera, o sencillamente por desidia. Jacques Rivette es otro superviviente, y su cine a día de hoy parece interesar tan sólo a unos pocos; sin embargo, su mirada, afín a la de compañeros de generación como el desaparecido François Truffaut, sigue siendo la de un incorregible amante del cine, la de uno de esos directores que aprendió a hacer cine no en escuelas si no paseando por las calles de París junto a Raymond Cordy y Henri Marchand, o viendo a Jean Gabin fugándose de la prisión durante la Primera Guerra Mundial, la de uno de esos ingenuos que a día de hoy todavía cree que las películas deben parecerse a su autor. Si realizar un film es un acto de amor, Vete a saber es la obra de un enamorado.