Vento di terra (Vincenzo Marra, 2004)

Por Hilario J. Rodríguez

La última década de la historia del cine italiano ha estado marcada por el colapso industrial del país y por las profundas divisiones que ha puesto de relieve. Más allá del eterno contraste entre el norte y el sur, ahora mismo se pueden registrar diferencias en una misma región, incluso en una misma ciudad. El aislamiento ya no sólo es cosa de los núcleos rurales; en las grandes urbes, hay barrios de donde sus habitantes rara vez llegan a salir. Por eso han aparecido una serie de cineastas dispersos por la geografía italiana, cada uno dando cuenta de unas circunstancias concretas. Vincenzo Marra es uno de ellos. Su película Viento de tierra se centra en una familia obrera que vive en un barrio periférico de Nápoles. Cuando el padre muere, el hijo se ve obligado a dejar a su novia, para poder hacerse cargo de la suerte de su madre y de su hermana. Pero por más que trabaja, el nuevo cabeza de familia no ve buenas perspectivas en el horizonte. Por eso decide intervenir en un atraco. La experiencia, no obstante, le resulta traumática y le demuestra que no está hecho para ese tipo de vida. A continuación, ingresa en el ejército a pesar de no gustarle la disciplina castrense, porque su madre necesita atención después de haber sufrido un colapso mental. Una tras otra, las desgracias se suceden sin que ninguno de los miembros pueda hacer nada para cambiar la precaria situación familiar, hasta que las cosas se arreglan por sí solas.

¿Nuevo cine o nuevo neorrealismo?

Resulta muy aventurado decir que películas como Viento de tierra pretenden confrontar a los espectadores con la realidad, para salvarles de la apatía y la infantilización que produce el cine comercial más abiertamente capitalista (el de gran presupuesto). Su director, eso sí, tiene muy claro que quiere devolver ciertos conceptos a quienes de verdad le corresponden, como el de la política, que para él tiene que ver con “nuestra manera de vivir y elegir, no con los enfrentamientos de miembros de diferentes partidos en la televisión”. Siguiendo a los maestros del neorrealismo, aunque con una conciencia más universalista que vernácula, Vincenzo Marra no se conforma con entretener a los espectadores, quiere confrontarlos con una realidad que, pese a ser muy precisa, puede tener puntos en común con las de otras ciudades u otros países.

Muchas de las cosas que nos diferencian desde un punto de vista estético pueden servir para unirnos desde un punto de vista emocional. Las imágenes de Viento de tierra ayudan a crear una conciencia transnacional que nos hace reparar en los profundos lazos que hay entre culturas muy distantes entre sí. El cineasta italiano, de hecho, encontró la inspiración para su película en Nueva York, donde vio a un pobre con una herida en la pierna que no podía recibir asistencia médica porque no tenía una tarjeta de crédito. A pesar de todo, él no pretende hacer una denuncia del capitalismo o de la deshumanización que ha producido en bastantes sectores de la sociedad, sólo quiere ejemplificar las duras condiciones de vida de una familia obrera y mostrar cómo sus principales causas son al mismo tiempo la precariedad laboral y el ambiente culturalmente opresivo en el que viven muchos trabajadores (todavía atados a viejas tradiciones y formas de comportamiento).

Como sucedía antaño con el cine neorrealista, la existencia de Viento de tierra y otras películas similares depende en gran medida del número de espectadores que las apoyen en el mundo entero, por mucho que se trate de producciones de bajo presupuesto. Es importante recordar que, mientras el cine hollywoodiense sólo pretende gratificarnos dejando que el mundo siga tal cual, hay pequeñas propuestas como Rosetta (2000, Luc y Jean-Pierre Dardenne) que ayudan a cambiar leyes injustas en ciertos países (en Bélgica, a consecuencia del estreno de esta última película, se modificó el sueldo mínimo de los menores de edad). Ahora está en nuestras manos decidir si queremos que algo cambie con Viento de tierra.