Vera Drake (Mike Leigh, 2004)

Por Enrique Pérez

Hay algunos cineastas que tienen la suerte o la desgracia de ser rápidamente encasillados por la crítica, de modo que desde un cierto momento, todo su cine es visto bajo un único prisma. Quizá el ejemplo paradigmático de ello haya sido, en los últimos años, Ken Loach; pero tampoco el británico de Salford, Mike Leigh, se ha salvado de ello. Encumbrado internacionalmente sobre todo a partir de Secretos y mentiras (Secrets & lies; Francia-Reino Unido, 1996), su cine ha ido mereciendo menor atención progresivamente a medida que, según la opinión general, se ha ido distanciando de un supuesto purismo social y realista.

Parece, en general, que el realismo social y los sentimientos fuesen conceptos contradictorios e irreconciliables. Quizá por eso, cuando Leigh ha logrado una obra en la que combina ambos matices de un modo magistral, quizá su mejor película, ha sido cuando menor repercusión ha tenido.

  El filme, escrito por el propio director, nos cuenta la historia de una amable y encantadora mujer madura que vive felizmente con su familia, aunque con los medios justos. Pero hace años que desarrolla una vida paralela, de la que podría haber sacado mucho dinero y que, sin embargo, ha estado basada en lo que ella cree puro altruismo: ayudar a abortar a jóvenes embarazadas que no deseaban tener su hijo. El día en que la verdad sale a la luz, se precipita el derrumbe de la felicidad familiar; la mujer asume las razones de su encarcelamiento, aunque sigue firme en la creencia de que sólo hizo el bien a los demás.

A El secreto de Vera Drake no le sobra un solo plano. El clasicismo de Leigh en la composición y el encuadre de sus imágenes contrasta violentamente con el impacto que recibe el espectador cuando descubre que la tierna y dulce protagonista dedica algunas de sus horas libres a practicar abortos. Cada una de las cuatro fases narrativas del filme (presentación de los personajes incluyendo a la encantadora Vera, descripción de la actividad abortiva, descubrimiento del delito, resolución) contiene los elementos suficientes y necesarios para construir un relato sólido sobre dos cuestiones fundamentales: el contraste entre una firme ética individual y una discutible moral socio-religiosa y, en estrecha relación, la fisura que se produce en una familia unida cuando se descubre que, más allá de los límites de ese grupo, uno de los individuos lleva a cabo una vida diferente e inesperada. Y, por supuesto, el absurdo de la prohibición del aborto, como hilo conductor y telón de fondo.

Leigh no emplea un realismo necesariamente sucio, aunque tampoco renuncia a ofrecernos la sordidez de los barrios marginados y la pobreza de los ambientes en los que se mueve Vera, incluidos los de su propia familia. Por el contrario, lo hace perfectamente compatible con un preciosismo compositivo y hasta fotográfico que nos recuerda algunas de las mejores imágenes del free-cinema inglés que, para muchos, ha pasado a la historia como un movimiento exclusivamente ideológico y no formal, lo cual no tiene absolutamente nada que ver con la realidad.

El excelente trabajo de Imelda Staunton, que pasa de una aparente candidez empalagosa al principio del filme a una firme y seria responsabilidad sobre sus actos al final, es sólo la guinda de un magnífico conjunto interpretativo, en lo que es una de las constantes más regulares del cine de Mike Leigh. Probablemente, la mejor cinta británica del recién comenzado S. XXI, que postula una fusión entre el interés social y los sentimientos individuales, no sólo no despreciable, sino muy necesaria y directamente entroncada con los intereses de los espectadores.