Zwartboek (Paul Verhoeven, 2006)

Por Ramón Monedero

El hijo pródigo regresa a casa

Holywood puede ser algo muy traumatizante, y Paul Verhoeven lo sabe muy bien. El director de Delicias turcas nunca sería el mismo después de películas como Robocop, Desafío total o Instinto básico. El éxito pasa factura y probablemente Paul Verhoeven lo sepa ahora con suma claridad. Como es bien sabido El libro negro es el regreso del director de Los señores del acero a su Holanda natal tras el hartazgo (al menos momentáneo) que supuso su etapa hollywoodiense con fracasos como Showgirl y Starship Troopers y el insípido interés personal del propio cineasta por los últimos proyectos que los ejecutivos de Hollywood le ponían sobre la mesa, tipo El hombre sin sombra.

Sin embargo, ni la Holanda de Eric oficial de la reina es la de El libro negro ni por su puesto, el director de El tercer hombre es el miso que el del film que nos ocupa. Todo ha cambiado, el contenido y el continente. Los intereses de Verhoeven han variado sensiblemente y las ofertas de Holanda ya no son las mismas. Hoy, el país que vio nacer a Verhoeven y el cine europeo en general goza de una mayor distribución y un mayor eco internacional. Aunque sigue siendo limitado, ya no es un cine minoritario de festivales que jamás llegan al gran público. De igual modo, su paso por Hollywood ha dejado huella en Paul Verhoeven, que ya no es un hombre obsesionado por la sangre y el sexo y si por exponer un relato y unos personajes que aunque pueda estar salpicado de sexo y sangre, no resulte el elemento diferenciador de su película.

En cierto modo, una de las cosas que más llaman la atención de El libro negro es precisamente eso, su voluntaria contención, el escaso tiempo que Verhoeven le dedica al sexo, importante pero menos obsesivo, y sobre todo a la violencia, casi inexistente a lo largo de todo el film, más sugerida que nunca en el cine de Verhoeven. También llama la atención el relajado tempo con el que Paul Verhoeven cuanta la historia de la resistencia holandesa en los años del nazismo, y también como sus personajes, aunque brutales y a veces excesivos, no descartan hipotéticos cambios de rumbo, como sucede con el general nazi Ludwig Müntze (Sebastian Koch), e incluso con la propia protagonista del relato, que jamás hubiera pensado que podría terminar algún día enamorada de un oficial alemán.

El conjunto es en todo sumamente verhoeveniano, también en lo que a la puesta en escena se refiere y por su puesto, en cuanto a la propia opinión que el director tiene del ser humano. En un entorno tan hostil como el nazismo el heroísmo destaca por contraste pero en El libro negro, Verhoeven no retrata los actos de rebeldía desde una óptica heroica, y si lo hace, pronto sus responsables caen abatidos a tiros. No, Verhoeven prefiere hablarnos de la necesidad vital que el hombre tiene por la insurgencia, por liberarse de los candados, aunque sea para cometer otro error mayor o igual. A El libro negro, en mi opinión, solo le falla el final, compuesto por un entramado de situaciones encaminadas a atar todos los cabos que no se han ido atando a lo largo del metraje. De este modo el final de El libro negro se compone de varios clímax encadenados que más que pulir el resultado final del film lo hacen en su tramo final confuso y ligeramente agónico.