Viajar al París de las Maravillas (Wonderland) es como viajar a Oz, introducirse en el mundo de los sueños para que éstos acaben escupiéndonos a la realidad. Una realidad que, además, es siempre bastante mejor a lo que se ha visto; más segura al menos. O así lo plantean, o quieren plantearlo, tanto Alicia en el país de las maravillas (Alice in Wonderland, Clyde Geronimi, Wilfred Jackson, Hamilton Luske, 1952)como El mago de Oz (The Wizard of Oz, Victor Fleming, 1939), dos películas que poseen muchos elementos en común. El primero de ellos, y que personalmente, por obvio, me interesa menos, es la mirada conservadora que transmiten ambas obras al final, cuando las dos jóvenes protagonistas despiertan de sus sueños para encontrarse con una realidad que las protege, pues, como dice Dorothy al finalizar la película de Fleming, "no hay nada como regresar al hogar". Mirada que tampoco se puede, hoy en día, atacar demasiado; se debe tener en cuenta el momento en que fueron realizadas ambas y situarlas entonces. El segundo punto de interés, más personal, es como en verdad, lo anterior, acaba naufragando y el mensaje que intentan transmitir, y transmiten de hecho, no termina de cuajar, porque al final la fantasía en ambos casos acaba ganando la partida.
Es posible que ambas obras se encuentren entre las películas más influyentes de la historia del cine; desde luego, creo que desde su estreno han ido creando a su alrededor una gran mitología y no pocos creadores se han acercado, de manera directa o indirecta, a ellas. A pesar de su aparente tono ligero, son sendas obras que encubren algo siniestro, casi macabro. Dos viajes al mundo de los sueños infantiles que obedecen, desde dos perspectivas bien diferentes, a un intento de mostrar hasta donde un niño puede viajar con su imaginación, de lo conveniente incluso de que lo haga, eso sí, siempre sin ir demasiado lejos, porque los sueños, sueños son. Basta con leer las novelas de Lewis Carroll que sirvieron de base a Alicia en el país de las maravillas para darse cuenta de lo anterior, porque para nada se tratan de novelas amables, aunque la gran obra de Disney haya dado esa idea. Algo parecido le sucede a Los viajes de Gulliver, cuya historia se ha ido infantilizando y dejado de lado la perversión y la mirada misántropa que Jonathan Swift imprime a su narración. Tomando a David Lynch, quizá el director que de manera más clara se ha acercado a ambas obras, sobre todo a Alicia en el país de las maravillas, se puede apreciar como un creador con una mirada concreta ante la realidad descubre en ella lo oscuro de toda la historia. Lynch ha ido generando a lo largo de su obra películas donde la realidad y los sueños se confunden para crear un todo sin demasiadas líneas divisorias, mostrando con ello la peligrosidad que existe en la actualidad, donde cada vez menos se sabe qué es real y qué no lo es.

Resulta curioso como el mensaje conservador que desprende una película como Alicia en el país de las maravillas acaba convirtiéndose en aquello que con el paso del tiempo le ha dotado de pervivencia y fuerza. El despliegue de imaginación en situaciones y personajes (que ya estaban en Carroll, todo hay que decirlo), adquiere mucha fuerza hoy en día, a pesar de que la animación haya alcanzado un nivel técnico, es obvio, muy superior. Quizá sea porque los personajes alcanzan una presencia poco infantilizada y bastante grotesca, primero asomándose en el itinerario de Alicia como seres curiosos para, después, alzarse como presencias bizarras a pesar de que su aspecto sea amable. Alicia se introduce en el mundo de los sueños para encontrar un mundo mucho más estimulante que aquel que le rodea y que viene mostrado, sucintamente, a través de su hermana, quien le lee unas lecciones de Historia que a ella poco parecen importar; sin embargo, ese mundo de fantasía, poco a poco, va trasportándola a un mundo de pesadilla del que no ve la manera de salir, queriendo regresar a la realidad cuanto antes. Si Dorothy en El mago de Oz quiere regresar a casa desde el comienzo, Alicia no, porque su interés en el conejo que corre con un reloj en la mano y dice siempre tener prisa es mucho más importante; su curiosidad le hace olvidarse de todo, pero finalmente acaba encontrándose con unas situaciones que poseen el mismo sentido grotesco que lo vivido anteriormente, pero la gracia desaparece cuando su vida incluso parece correr peligro. Alrededor suyo todo enloquece, y aunque sea una película de animación para niños (al menos así se presenta) y la violencia de las situaciones se minimicen, queda el resquicio constante de algo inquietante.
Alicia en el país de las maravillas establece un interesante juego alrededor de la peligrosidad de que los sueños se hagan realidad, porque, como todo, tienen dos caras. Lo que en principio puede ser maravilloso, puede acabar siendo terrorífico. Excederse en soñar puede desvirtuar la realidad, porque se termina sin saber bien qué es una cosa y qué es otra. Para un niño es bueno soñar, para un adulto también. Pero hay que dejar claro que nunca se puede estar soñando y creando mundos imaginarios, porque la realidad es al fin y al cabo el lugar donde nos movemos. O eso creían los artífices de Alicia en el país de las maravillas. Sin embargo, lo que consiguieron es que pasado más de medio siglo su película sigue erigiéndose como todo un catálogo de hasta donde la imaginación puede llegar, no sólo la de Alicia y sus sueños, sino también la del propio cine, mundo de anomalías y seres extraordinarios. Una película que fascina en su despliegue visual, en el misterio que esconde cada episodio que la compone.