Allison: «Ud. lleva su cruz y yo mi esfera y mi ancla. Otros tipos más normales que yo tienen casa, familia. Yo tengo el Ejército. Como usted la Iglesia. Creo que ambas cosas tienen mucho en común»
Angela: «Sí, desde luego».
(De los diálogos del film)
Aunque sólo fuera por el hecho de haber realizado dos films tan diferentes como Sólo Dios lo sabe, tras la finalización de Moby Dick, sin tener en cuenta la otra media docena de obras maestras que filmó Huston, habría motivo suficiente para defender con absoluta justicia que Huston debe ocupar por derecho propio un lugar extraordinariamente importante en la historia del cine. La existencia de registros absolutamente diferentes en ambas películas y el hecho de que sean sucesivas bastaría para acabar de una vez por todas con la ingente cantidad de majaderías y sandeces que se han dicho sobre él y su cine.
En efecto, tras una película en la que Huston tenía que condensar una novela excelente pero muy voluminosa y en la que fue capaz de mantener lo esencial del libro sin caer en la simplicidad, después de una película que es toda una declaración de principios, y sin duda la más importantes de todas para conocer los puntos básicos del pensamiento hustoniano, hace un film de dos personajes, enormemente sutil, extraordinariamente delicado, adaptando esta vez —o más bien tomando como excusa— una novela espantosa, que para mayor dificultad transcurre entera en una isla del Pacífico en 1944 donde coinciden una monja y un soldado, ambos aislados de sus respectivas organizaciones y por lo tanto mucho más vulnerables a cualquier “amenaza” exterior.
La hermana Angela y el cabo Allison de la Infantería de Marina —nunca conoceremos su nombre a través de todo el relato— se ven obligados a una forzada convivencia que les obliga a replantearse enteramente su vida. Las consecuencias de esa convivencia y el progresivo acercamiento que supone para dos seres desvalidos, carentes de afectos, pero protegidos del mundo exterior por dos instituciones que les impermeabilizan contra cualquier influencia externa, están descritas en el film con tal precisión y maestría que seguimos paso a paso la evolución de estos dos personajes insolidarios, a los que la presencia obligada de otra persona fuerza a poner en cuestión todas sus certidumbres. Al principio cada uno obra como si estuviera solo en el mundo. Ella enciende velas para rezar sin preocuparse de que pueden ser vistas por los japoneses, lo que significaría su muerte. Él llega hambriento y se como toda la comida, sin reparar que Angela también tiene que sobrevivir. La conciencia de que sus actos pueden tener repercusión en otras personas supone la primera llamada de atención de esta convivencia forzosa. Huston es extraordinariamente inteligente a la hora de mostrar lo ridículo de los planteamientos de ambos. Tanto el soldado como la monja responden estrictamente a una disciplina —que si a uno le lleva a levantarse a las 5.30, a la otra le obliga a que lo haga a las 5, en cualquier circunstancia, aunque haya momentos en que esto no tenga utilidad alguna—. Pero se trata de dos disciplinas diferentes y por lo tanto, para cada uno de ellos, la del otro bordea el absurdo. Allison no entiende cómo una chica guapa se ha metido a monja y Angela replica que quizás haya gente que no entienda que alguien quiera ser soldado. Allison hace un peine para Angela sin saber que las novicias se cortan el pelo casi al cero y por lo tanto a ella le resulta inservible. Más tarde, cuando la llegada de los japoneses les obliga a compartir la misma cueva, empiezan a entender las mutuas dependencias que eso supone [1]. Allison arriesga su vida dos veces entrando en las dependencias japonesas y en ambas es para conseguir algo para Angela. La primera porque ella no es capaz de comer pescado crudo y va a robar víveres. La segunda cuando tras la borrachera ella huye y enferma. Tiene frío y su ropa está mojada. Allison roba mantas y, al ser sorprendido, se ve obligado a matar a un japonés, lo que supone descubrir su presencia. Por su lado ella llega a rezar por él, y cuando cree que le han capturado los japoneses se dispone a entregarse, abrazada a su crucifijo. Cuando Allison vuelve con la comida se hacen mutuos reproches y como ambos temen la desaparición del otro, prometen, ella que nunca se entregará, y él que no volverá a buscar comida.
Las equivalencias entre ambas situaciones dan lugar a curiosos momentos con frecuencia aderezados por el humor. Allison quiere saber qué ocurre si una monja no cumple sus votos, y pregunta si sería como desertar. Angela afirma que sería peor. Allison, preocupado, inquiere si la fusilarían, pero ella, sin inmutarse, asegura que perdería su alma inmortal. Como es muy frecuente en Huston solamente cuando el cabo está borracho, tras haberse negado ella a la petición de matrimonio del soldado, es lo suficientemente lúcido como para analizar con precisión la situación. Angela entonces no huye de Allison, sino de sus palabras, porque «había mucho de verdad en todo eso». Es sus pesadillas la monja repite obsesivamente, «no he hecho nada, no he hecho nada».
La película está repleta de observaciones inteligentes, sutiles y maliciosas. Cuando Allison está intentando escapar rodeado de japoneses, aprovecha que se ponen firmes, con la mirada al frente, con motivo de la izada de la bandera para escapar por su espalda sin que le descubran. Cuando, después que Angela se cure, Allison pregunta qué ocurrirá ahora, y la monja responde «el cielo lo sabe, Mr. Allison» [2]. Cuando replica si lo dirá, ella contesta con un evasivo «tal vez». Entonces Allison tiene una gran idea. Para evitar que sus compatriotas sufran bajas, Dios le dice a Allison lo que tiene que hacer: tirar todos los obturadores japoneses.
El final —como con frecuencia en Huston (El tesoro de Sierra Madre, La jungla de asfalto, Moby Dick, Fat City, Reflejos de un ojo dorado, Sangre sabia, Dublineses, etc.)— es extraordinario. Sucesivos travellings nos muestran cómo es trasladado Allison en la camilla con un gotero. A su lado una orgullosa Angela —que atraviesa impávida entre centenares de soldados— le coloca y le retira alternativamente un cigarrillo de la boca. Su brazo izquierdo sujeta dos objetos: son el crucifijo —que Allison rescató de para ella después del bombardeo, pero tuvo que hacerlo con un cuchillo porque se quemó la mano— y el peine. ¿Ambos objetos serán un día compatibles? ¿A cuál de ellos debe renunciar Angela para conseguir avanzar como ser humano? ¿Triunfara la institución o el ser humano? Lo que le gustaría a Huston está claro: «lo lógico es que no vuelvan verse. La disciplina de las instituciones, de lo que ellos han elegido como sustitutivo del hogar, les dejan muy pocas opciones, pero siempre hay un resquicio a la esperanza». Lo que finalmente resuelve Angela no lo está tanto. Quizá tenga una inspiración semejante a la de Allison con los obturadores japoneses. No es probable, pero tampoco es del todo descartable.
[1] Por supuesto no me estoy refiriendo para nada a relaciones sexuales, que en la película no aparecen en ningún momento, como es lógico dadas las características de los personajes descritos. Pero al parecer los responsables del estudio —la Fox— no estaban tan seguros de ello y como medida de precaución solicitaron la presencia del rodaje de un censor. Semejante personaje era al parecer un pelma de tal categoría que Huston decidió gastarle una broma. Se inventó una escena en la que el cabo manoseaba a la monja y esta se defendía con arañazos y patadas. El censor de turno se puso histérico y sólo cuando le demostraron que no había película en la cámara recobró la compostura.
[2] Título original de la película.
© Antonio Castro. Publicado originalmente en Dirigido por... nº 344, pp. 72-73 (Barcelona, abril 2005).