Human Desire (Fritz Lang, 1954)

Por Quim Casas

A diferencia de su anterior remake de un film de Jean Renoir, Perversidad, que Lang, Walter Wanger y Dudley Nichols eligieron libremente para inaugurar su flamante Diana Productions, Deseos humanos, según La bête humaine, no fue un proyecto propio del director. Surgió de dos premisas básicas. En primer lugar, el productor Jerry Wald estaba entusiasmado con la película de Renoir, especialmente por sus planos de trenes entrando en túneles que él entendía como símbolos sexuales [1], y quería a toda costa producir una versión americana del tema urdido por Zola. En segundo lugar, la Columbia deseaba repetir el éxito de Los sobornados reuniendo una vez más a Glenn Ford, como el maquinista que vuelve de la guerra de Corea y cae en las redes de una mujer casada y cómplice forzada de un asesinato, y Gloria Grahame como la turbadora Vicki, papel para el que en un primer momento se había pensado en Rita Hayworth.

Pese a ser, posteriormente, una película preparada y rodada con relativa libertad, Deseos humanos sufrió algunas molestas injerencias que dificultaron por un lado, suavizaron por otro, el trabajo de Lang. Ninguna compañía de ferroviaria permitió que se filmara en sus trenes y dependencias porque, como en un momento del film dice el personaje de Ford, Jerry Warren, un asesinato en un vagón de tren no es buena publicidad para la compañía. Al final se tuvo que recurrir a un accionista de la Columbia que poseía una pequeña empresa de ferrocarriles, pero el rodaje tuvo sus limitaciones y se efectúo en plena época invernal.

Lang y su guionista Alfred Hayes, que, como Jerry Wald en la producción, ya había participado en Clash by Night, modificaron varias cosas respecto al film de Renoir y la novela de Zola; unas por decisión propia, otras por grotesca imposición. En cuanto a las segundas, Wald estaba convencido de que la bestia humana del título aludía tan sólo al personaje femenino. Langa y Hayes trataron de convencerle de que el discurso de Zola era determinante con todos y cada uno de los personajes importantes de la historia, pero no hubo forma, Tras unas cuantas sesiones de discusiones y pactos, eliminaron muchos de los rasgos originales de Jeff Warren y dibujaron las características de un triángulo amoroso aparentemente convencional. Algunos de los cambios básicos respecto a la película de Renoir: el compañero de Warren, Alec Simmons, no tiene ninguna amante y representa el orden tradicional; Warren no presencia el asesinato en el tren como si lo hacía en el Lantier incorporado por Jean Gabin; tampoco tiene ataques de epilepsia cada vez que mantiene un contacto íntimo con una mujer; Buckley no sabe nada de las relaciones de su esposa y Warren hasta el final del film; Warren no mata a Vicki y se suicida después arrojándose del tren en marcha.

Las modificaciones son obvias y cuantiosas, hasta el punto de que Lang y su guionista acabaron tomando más como pretexto que como inspiración el relato original. En este sentido, su remake se aleja con inspiración personal de la simple mimesis y el llano formulismo. La película de Renoir se desvanece en el recuerdo. Deseos humanos, sirviéndose de algunas ideas de Zola sobre el amor, la posesión y los celos, es una película característica del ideario languiano. Y poco importa que de los tres títulos que se barajaron, el productor impusiera el menos acertado (los otros resultaban más contundentes: Human Beast, igual que el original literario, o The End of the Line, título de reminiscencias conradianas). Deseos humanos, esbozando una vez más ese sentimiento de culpa que emparenta a Jeff Warren con los protagonistas de La mujer del cuadro y House of the River (como ellos, Warren debe callar un crimen por amor), traduce con sombría efectividad los pasajes más amargos de un Fritz Lang que corría con prisas hacia el fin de su trayecto americano.

Miguel Marías escribió certeramente: «Como ese tren no puede salirse de la vía, los personajes languianos no pueden huir del destino implacable que rige y guía sus vidas» [2]. No en vano Deseos humanos se abre y se cierra con unos febriles travellings sobre las vías del tren que nos adentran y nos alejan del destino de sus protagonistas. Pero si esos travellings son trazos rectos, sin fisuras, que avanzan inexorablemente sobre las vías cruzándose con otros trenes o entrando animosamente en oscuros túneles, el resto de la película es tortuosa, de reacciones torcidas, de miradas descompuestas, de sombras angustiantes. Carl asesina dos veces, Vicki muere a manos de su marido, Jeff puede albergar alguna esperanza en los brazos de la casi adolescente hija de su compañero Simmons. Sin embargo, su destino no es mucho más limpio que el que ha atenazado a la triste pareja Buckley: Jeff Warren se convierte en amante de la esposa de un hombre por el que siente un cierto respecto, enmudece ante un asesinato, piensa por un momento en matar a Carla cuando este camina sin rumbo por entre vagones y cobertizos tras ser definitivamente despedido, no quiere entender ni perdonar las reacciones de una Vicki atormentada desde que a los dieciséis años de edad se convirtió en amante de un hombre poderoso, y provoca con su decisión la partida de Vicki en un vagón, espacio sinuoso de toda la película que se convertirá en su féretro en movimiento. ¿Quién es la bestia humana en este arrebatado y trágico melodrama de desesperaciones, traiciones emotivas y fracasos? Pese a los deseos del más bien despistado Jerry Wald, Langa supo trascender las imposiciones, arrojar a la pantalla con respeto el universo degradado de Zola y volcar con sencillez y efectividad su visión del mundo, comprimida aquí en habitaciones sin vida (cuando Warren le dice a Vicki que no quiere seguir viéndola a escondidas en apartamentos prestados, el propio decorado y la planificación languiana hacen más que evidentes la opresión y la infelicidad que rodea a los personajes) y personajes sin esperanzas.

Deseos humanos, poderosa como esos planos iniciales en los que la cámara de Burnett Guffrey parece mimar y comprender cada fragmento, cada simetría y cada ángulo de los trenes en frenético movimiento, está plagada de grandes soluciones visuales y epidérmicos diálogos sobre la relación más bien funesta entre los hombres y mujeres que pueblan el film. Hacia el comienzo, un amiga de Vicki le dice a Carl que vale más estar guapa que ser inteligente, ya que todos los hombres que conocen tienen ojos, pero ninguno cerebro, para apostillar segundos después que todas las mujeres son iguales, sólo tienen diferente la cara para que los hombres puedan reconocerlas. Semejantes trallazos no dejan de corresponderse con las relaciones que experimentan los tres personajes principales: sólo hay necesidad económica y conformismo sentimental en la vida de Vicki y Carl; nunca hay el brillo del deseo amoroso entre la mujer y Warren, como sí lo hubo en la obra de Lang cando Joan Bennete se despedía de Walter Pigdeon en El hombre atrapado / Man Hunt o cuando Michael Redgrave vencía esquivamente sus temores y abrazaba a la misma Bennet en Secreto tras la puerta. La planificación de Langa es determinante en este sentido: les dedica a Warren y Vicki  un plano medio mientras se abrazan por vez primera y, cuando inician un beso, acerca la cámara en corto y casi imperceptible travelling como si quisiera vulnerar ese aparentemente feliz encuentro amoroso; más tarde, cuando la pareja se esconde en un cobertizo cercano a la estación, Lang los muestra abrazados en la penumbra, como casi siempre lo estarán, y hace aparecer gradualmente la luz de un tren que se acerca y que termina iluminándoles la cara cuando se besan, como si el cineasta quisiera romper su furtivo secreto; cuando Vicki sugiere el asesinato de Carl, ella está fuertemente iluminada mientras que Warren se desliza una vez más hacia la penumbra. Film de luces y sombras interiores, Deseos humanos se cierra, pese a la renovada ilusión que refleja el rostro de Jeff Warren, como un perpetuo y desolador misterio.

[1] Lang le comentó a Bogdanovich: «Dudo que Renoir en 1938 pensara nunca en símbolos sexuales, pero de cualquier forma, Jerry lo creyó y se enamoró de los trenes»; “Fritz Lang en América”, Fundamentos, 1972.

[2] Nuestro Cine, número 90, octubre 1969.

© Quim Casas. Texto publicado originalmente en el libro "Fritz Lang" (Cátedra, colección Signo e Imágen/Cineastas nº 7, pp. 206-211. Madrid, 1991).